Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

sábado, 21 de abril de 2018

"¿Pagar por publicar? No, gracias". La autoedición encubierta

El sapo que quería volar es el título de un cuento infantil que escribí hace algún tiempo y que he recuperado ahora animada por un amigo que está explotando activamente su talento como ilustrador. Como somos un poco inocentes y estamos algo locos los dos, nos hemos lanzado a la aventura de crear este librito para pequeñajos con la ilusión de que alguna editorial se atreva a publicarlo. Y aquí es donde empieza la fascinante historia que quiero contaros hoy.


Una vez seleccionado un puñado de editoriales especializadas en libros infantiles con cuyos productos no desentona nuestro cuento, les remitimos el material con el ruego de que nos indicaran si podían estar interesadas o no en incorporarlo a su catálogo. Sabemos que este mercado es complicado, que das una patada a una piedra y salen cientos de aspirantes a escritor, así que estábamos preparados para que no fuera un paseo. Nos dábamos unos meses de margen para recibir alguna respuesta, ya fuera negativa o positiva. Si durante ese tiempo nada ocurría, planeábamos volver a la carga con otros sellos del mismo sector. Así que cuando a los escasos quince días una de estas editoriales respondió al correo electrónico que le habíamos remitido, no podíamos creerlo. Una euforia contenida nos embargó al comenzar a leer el mensaje que decía:

“Tras la recepción de tu obra y tras la primera evaluación por parte de nuestro Dto. de Lecturas, y dado el posible potencial que vemos en ella y su adecuación a nuestra línea editorial, nos complace comunicarte que estaríamos interesados en publicarla dentro de nuestra colección XXXXXX para, posteriormente, promocionarla y distribuirla en nuestros canales (tradicionales y plataformas online)”.

Alguien ajeno a nuestro círculo vital se tomaba la molestia de echarle un vistazo a nuestro cuentito y parecía que le gustaba. ¡Qué subidón! El mensaje continuaba así:

Los contenidos y diseños de estas colecciones infantiles están especialmente creados para primeros lectores, ya que sus cuidadas ilustraciones, realizadas con técnicas diferentes, representan fielmente el texto de cada página, favoreciendo la iniciación a la lectura de los más pequeños. Disponibles en dos formatos: rústica y tapa dura”.

Vaya, consideraban nuestra obra al nivel de otros libros de su colección. Ya estaba viendo a nuestro pequeño en sus distintas versiones. Y distribuido por muchos colegios porque, como indicaba el mensaje, varios de los libros de estas colecciones han sido considerados como Material Curricular homologado por la Consejería de Educación de xxxx, en base a lo establecido en la Orden bla bla bla”.

En este punto la desconfiada que llevo dentro se puso tocapelotas y mi ego comenzó a desinflarse. No fue porque mencionaran que el texto necesitaba una corrección –es normal, lo hacemos con todos textos que nos llegan, hasta con los de autores de extensa trayectoria-; ni porque apuntaran que posiblemente podamos enriquecer tu obra con una serie de ideas complementarias y actividades que mejorarán el resultado final”. Tampoco porque nos adjudicaran ya colección, tapa dura, formato, páginas, etc… todo para que resulte un producto comercial lo más competitivo”, incluso el precio: 14,95 Euros (IVA incluido). No señor. El bajonazo llegó en el sexto párrafo del mail, cuando pasan a informarnos de las condiciones para llevar a cabo la publicación:

Eres un autor novel que nos ofrece una obra de calidad que se adecua a nuestra línea editorial y que transmite valores implícitos y, además, vemos en dicha obra el potencial comercial necesario para publicarla, apostando por ella, entre otras. Sin embargo, son muchos los manuscritos que nos llegan al mes con estas mismas características: autores sin trayectoria previa, pero con grandes ideas. Por lo que tenemos que volver a seleccionar, por falta de capacidad para asumirlas todas”.

Vale, ¿qué me están intentando decir, señores?, dije para mis adentros. No tuve más que seguir leyendo para encontrar la respuesta:

Por lo tanto, para dar viabilidad inmediata a tu proyecto, mostrando tú también tu confianza en tu obra y en que esta va a funcionar entre el público al que se dirige (comenzando por tu entorno cercano y tu ámbito local de influencia y abriendo, poco a poco, el camino a la distribución nacional), necesitamos que impulses el proyecto con una compra mínima de 200 ejemplares, con un descuento del 30 % del PVP, que te permitirá un beneficio tras su venta directa”.

¡Qué me estás contando! Me reservo los tacos con los que acompañé la exclamación. Pero entre que una tiene un punto masoquista y que me podía la curiosidad por saber hasta dónde serían capaces de llegar, mantuve el tipo y seguí leyendo impávida:

“Si te interesase comprar más libros por motivos propios (¡sin compromiso!) debes saber que los descuentos de autor sobre los mismos suben de forma progresiva, para que puedas lucrarte con tu compra de forma progresiva también (consultar cada caso)”.

¡Pero qué cachondos! Así que al final, resulta que si quiero que me publiquen esta obra que les ha parecido tan fantástica debo poner pasta. En concreto el presupuesto de la compra es: 14,95 Euros - 30 % x 200 ejemplares = 2.093 Euros (IVA incluido)”.

Para redondear la operación, el modo de proceder de esta editorial establece que el autor debe correr con el importe de los gastos por la corrección / adaptación que serán de 91,77 euros IVA, asumiendo el autor solo el 60% del precio: 55,06 euros IVA”. Digo yo que ya que tiene que pasar por caja para publicar, lo mismo al autor no le apetece que le retoquen su obra y mucho menos pagar por ello.

El memorable mensaje continúa informando que los simpáticos empresarios editoriales dan todo tipo de facilidades de pago, acomodándose a las sugerencias del autor. Incluso le ofrecen financiación externa a 12 meses sin intereses. Cuánta generosidad. Mirad:

“De esta publicación, de los libros que nosotros pongamos en distribución y venta online (no de los tuyos) recibirás, en concepto de derechos de autor, el 10 % del PVP (sin IVA) del libro”.

Es decir, que de los 200 cuentos que has tenido que comprarles y que puedes intentar vender entre los amigos, no te llevas derechos de autor. ¡Con un par! Entenderán que ya te han hecho descuento, así que para qué quieres más.

Voy a ahorraros el resto del texto. Supongo que es el que envían a los incautos soñadores que suelen mandar sus originales a las editoriales con la disparatada creencia de que podrían interesar a los editores y llegar a caer un día en las manos de los lectores. Solo os comentaré que insisten en la necesidad de que el autor se involucre activamente en la promoción de su libro y haga una presentación oficial donde aproveche para vender y promocionarlo, mientras la editorial se compromete a editar, gestionar y distribuir la obra.

No somos los primeros incautos ni seremos los últimos. Tampoco hay una única empresa que se dedica a pescar pezqueñines con las malas artes de la autoedición encubierta. Internet está lleno de testimonios. En resumen, que si para publicar con una editorial tenemos que pagarle, para eso mejor recurrir a cualquier plataforma de autopublicación que, al menos, va de cara y no te adula para conseguir tu dinero. Porque al final, lo peor de todo es que siempre te queda la duda sobre si realmente tu obra es de calidad o eso se lo dicen a todos.

viernes, 13 de abril de 2018

Feliz Día Internacional del Beso


El primer beso nunca se olvida. Me refiero al beso romántico. Más concretamente al morreo. Yo fui tardía. Tendría unos 17 años. Siempre había fantaseado con ese momento y quizá precisamente las altas expectativas que había ido creándome en torno a este asunto tuvieron la culpa de que me pareciera un asco. Recuerdo mi primer beso como una experiencia un pelín desagradable. Sentir una lengua ajena circulando descontrolada por mi boca fue un shock para mí. Así que, en vez de sentirme en el séptimo cielo o elevarme hasta la gloria, fui perfectamente consciente de cada segundo que pasaba y de mi deseo de que aquel intercambio de salivas terminara cuanto antes. Cerré los ojos, sí, pero por comprobar si no viendo la cara del galán me abstraía. Nada. Fue mi primer y último beso con el susodicho. Después cortamos. Afortunadamente vinieron otros labios, otras lenguas y otras bocas más apetecibles, con mayor destreza y mucho más agradables. Entonces sí, ya pude experimentar eso de las mariposas en la barriga, la nube, el deseo, la ceguera, la tontería…


Cada 13 de abril se celebra el Día Internacional del Beso. No es una fecha seria de esas que recoge Naciones Unidas en su calendario, sino una efeméride más popular que otra cosa. Surgió por una chorrada. Durante un certamen que premiaba el beso más largo, una pareja tailandesa batió su propio récord con un ósculo que duró 58 horas, 35 minutos y 58 segundos. Que me perdonen pero después del primer minuto, eso ya no es ni beso ni nada; es mantener juntos los labios y aguantar. De todo menos romántico. Imaginad estar más de dos días así, sin poder comer ni dormir ni lavaros los dientes… Me vienen a la mente dudas escatológicas que no voy a compartir. En fin, que a cuenta de esta idiotez, algunas ciudades del mundo empezaron a organizar concursos similares. Y así es cómo terminó estableciéndose esta fecha como el Día Internacional del Beso, para animar al personal a demostrarse su afecto mediante este gesto que no necesariamente tiene que darse de boca a boca ni es de uso exclusivo de las parejas de enamorados. También valen los besos en la mejilla, la mano o el pelo, de padres a hijos, de hijos a padres, entre amigos, incluso los besos de saludo cortés. Los expertos aseguran que los besos, cuando los das o te los dan voluntariamente -no valen los besos de Judas-, son capaces de despertar sorprendentes reacciones físicas y químicas en el organismo y constituyen el mejor antidepresivo. Con la que está cayendo, no sé cómo no pasamos todo el día fundiéndonos en besos.

Hoy es el típico día en el que, a falta de alguna parida más vistosa, los medios se hacen eco de este ‘Día de’ y aprovechan para recopilar obras de arte y fotografías de parejas enroscadas o lugares consagrados al beso. Aunque, ya que estamos, lo suyo es rendir tributo a esta fecha con una película. No he llorado tanto en el cine como con la escena final de CinemaParadiso en la que Totó, el niño protagonista, ya convertido en adulto, visiona una película que le dejó como regalo su amigo Alfredo, el viejo proyeccionista de cine: un montaje con escenas que había tenido que cortar obligado por la iglesia antes de su proyección y había ido guardando. Una sucesión de besos míticos de parejas cinematográficas que los censores de la época consideraron pecaminosos pero que vistos hoy son todo candor.



Espero que seáis de los que no desperdiciáis la oportunidad de demostrar vuestro cariño con besos, independientemente del calendario. Entonces no necesitáis ver este vídeo para motivaros. De lo contrario, si no es así, si os cuesta eso de parecer humanos, hoy tenéis la excusa perfecta para hacerlo sin que se resienta vuestra reputación.

sábado, 7 de abril de 2018

Másteres de mi universo


Acabo de terminar un Curso de Introducción a la Producción Audiovisual impartido por la Universidad Nacional Autónoma de México. He sido una alumna muy aplicada y constante, así que he recogido los frutos de todo ese esfuerzo traducidos en un expediente formidable. El trabajo final ha consistido en la realización de un vídeo en el que debíamos poner en práctica toda la teoría aprendida. Algunos compañeros lo han valorado con la puntuación máxima, así que os podéis imaginar que me siento muy satisfecha. Ahora tengo dudas sobre si incorporar esta formación a mi currículum.


Y es que, así contado, parece que me he calzado un pedazo de máster. ¿A que sí? Bueno, pues en realidad no he viajado hasta México para hacer el curso. Ojalá hubiera podido. Lo he hecho a distancia, por internet, a través de una plataforma de MOOC (Massive Open Online Courses). Por lo tanto no he asistido a ninguna clase presencial ni tutoría, me he limitado a ver unos cuantos vídeos y seguir las instrucciones que aparecían en la pantalla. Es cierto que he realizado cada una de las pruebas que se me pedían, pero a la hora de hacer los exámenes nadie controla si copias o buscas ayuda de manera ‘algo irregular’, así que si te lo propones puedes hartarte de conseguir el 100% de aciertos. Depende de las ganas de autoengañarte que tengas.

Lo del vídeo final es real, aunque no lo grabé para la ocasión; el guión que había escrito -y que se suponía debía haber rodado- era complicado porque precisaba demasiada logística, así que tiré de grabaciones que tenía en el móvil y me monté un peliculón. Lo de que lo han valorado muy bien es real, pero también es cierto que yo le di la máxima puntuación a dos trabajos de compañeros que, a decir verdad, me parecieron francamente mejorables, pero me dio lástima privarles de la satisfacción de haber concluido el curso con honores. Por cierto, no tengo el título. En esta plataforma de formación online te ofrecen la oportunidad de aprender de manera gratuita, pero si quieres un certificado que acredite que sabes, debes pasar por caja. Son solo treinta y tantos euros, pero me parecía una chorrada. En realidad yo solo me apunté a este curso por mi enfermiza curiosidad, no para engordar mi currículum.

Tengo también un diploma que me avala como árbitro de balonmano, una disciplina sobre la que no conozco ni las normas. Todo fue producto de un error. Yo participé hace siglos en un campus de baloncesto, deporte que practiqué en mis adolescencia. Al terminar el fin de semana nos dieron una especie de certificado que ni siquiera miré. Cuando llegué a casa y lo mostré orgullosa, descubrimos que lo que ponía en el papel es que había realizado satisfactoriamente un curso de árbitro de balonmano. Naturalmente nunca lo he incluido en mi CV ni he presumido de conocimientos en esa materia, porque no los tengo. Y al final, como dice el refrán, se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Os cuento todo esto al hilo del tema estrella de estos últimos días. Siempre he sido contraria a los másteres. Creo que son un sacacuartos. No entiendo por qué no se puede adquirir la especialización dentro del grado -o la licenciatura en mi caso-, por qué hay que pagar un extra y alargar tu formación después de completar una carrera. Pienso en los que no andan sobrados de dinero e hipotecan su vida para poder hacer uno de estos posgrados. Leía en Twitter una interesante reflexión que decía algo así como que cuando los hijos de los pobres conseguimos llegar a la universidad y tener titulación superior, los ricos se inventaron los másteres, para seguir estando por encima de los pobres.

Yo no tengo ningún máster, por mis remilgos y también –he de confesarlo- porque no dispongo ni del tiempo ni del dinero para apuntarme a uno. Pero estoy segura que encontraría alguno interesante que me convendría, sobre todo de cara al mercado laboral. Os aseguro que ya son pocas las ofertas de empleo en las que no figura como requisito contar con un puñetero máster. Los empresarios deben pensar que así se aseguran candidatos con una cualificación extra, mayor nivel, compromiso con el trabajo y capacidad de esfuerzo. Pero al final sucede lo contrario, porque en vista de que o pasas por el aro o te quedas fuera del mercado, la gente afronta sin interés y como un trámite obligado e inevitable eso de sacarse el máster, y procura que le dé pocos quebraderos de cabeza. Así es como ha surgido un floreciente negocio en torno a esa fiebre por conseguir sin despeinarse uno de esos títulos para embellecer el currículum. Unos cuantos han visto negocio a base de dar servicio a esos vagos y escribirles su trabajo fin de master por un módico precio. Es una especie del Rincón del vago personalizado y profesionalizado. Lástima que no se me ocurriera a mí antes esa idea...

Que no tenga tiempo ni ganas de gastar dinero en másteres no significa que no haya invertido tiempo y esfuerzo en completar mi formación. Son humildes cursitos, pero para mí es como si fueran los mejores másteres de mi universo. Solo he pagado por uno: el de Comunicación Corporativa 2.0. Fue porque lo impartía la Escuela de Unidad Editorial y tenía el inocente convencimiento de que, quizá estando detrás el emporio del periódico El Mundo, me serviría de algo. Pero ya veis que solo me sirvió para engordar mi historial. El resto han sido gratis y online total: De Analítica Web, de Marketing Digital, de SEO, de Adobe Illustrator, de Liderazgo, de Redacción para Internet, de Habilidades para la era digital, de Blockchain básico para periodistas o de Creación de Landing pages. Por cierto, acabo de empezar uno que se titula ‘¿Cómo persuadir? Jugando con palabras, imágenes y números’. ¿A que promete?

domingo, 1 de abril de 2018

El sentido del humor, el menos común de los sentidos


A un guionista de la serie ‘Allí abajo’, Sergio V. Santesteban, se le ocurrió publicar un tuit chistoso sobre los andaluces y le han lapidado en la plaza pública de Twitter. Han llegado incluso a pedir su despido. La propia productora que le tiene contratado en un primer momento le afeó su conducta y alguno de los actores de la serie también se sumó a la turba que cargó contra él. Al final tuvo que borrar el tuit y lamer la mano que le da de comer. La broma era la siguiente:

"La primera vez que escuché la Salve Rociera pensé que el estribillo decía: "Leo, leo, leo, leo, leo, leo”, pero luego caí en que era una canción andaluza y eso no podía ser".

Vamos, que con una indirecta muy directa llamaba incultos o iletrados a los andaluces. ¿Es un chiste gracioso? Para mi gusto no. Yo diría que es más bien un chiste malo, pero esto del humor es muy subjetivo y personal. Aunque en mis venas corre algo de sangre andaluza por parte de abuelo materno, no llega al punto de ofenderme ni hacerme odiar al tipo que escribió la gracia. Es más, no creo que haya cometido ningún sacrilegio como para pedir un escarmiento. Sobre todo porque ni es el primero ni el único que ha probado suerte con ese tipo de chistes.

En este país, y yo diría que en todos, las bromas sobre nacionalidades y territorios son corrientes. Esos chistes que empiezan con lo de “Esto es un inglés, un francés, un alemán y un español” son más viejos que el hilo negro. Seguro que recordáis alguno repleto de esterotipos en el que se presenta al inglés como borde prepotente, al francés como cursi y estirado, al alemán como cuadriculado y al español como un listo vividor. En aquellos lugares donde siempre ha existido rivalidad entre pueblos vecinos se cuentan los mismos chistes en uno y otro lado pero variando el nombre del tonto del chiste. Dependiendo de quien lo cuenta, el tonto es de uno u otro pueblo. De modo que los piques se resuelven a golpe de chascarrillo exagerado, igual que entre hombres y mujeres, yernos y suegras, altos y bajos, gordos y flacos... Son chistes con más o menos gracia que buscan, por un lado, arrancar una sonrisa y, por otro, provocar al que se siente aludido. Y ni todo un tsunami de defensores de lo políticamente correcto va a cambiarlo.

En Lepe tienen el estigma de ser protagonistas de muchos de los chistes sobre bobos y cabezones, y ahí los tenéis soportando estoicamente el estigma. Pero no son los únicos. Los catalanes están hartos de escuchar chistes sobre su tacañería y los vascos hastiados de que les pinten como bestias. Y no te digo lo que nos pasamos con los chinos, los italianos o los argentinos. Probablemente los españoles también seremos carne de cañón para los graciosos de otras nacionalidades.

Lo más sano, inteligente y seguro suele ser empezar por reírse de uno mismo. Os habréis fijado que cuando un andaluz bromea sobre los andaluces nadie se ofende ni pone una pega, por muy radical que sea el chascarrillo. Y pasa lo mismo  cuando un catalán se ríe de los catalanes, un vasco de los vascos e incluso una persona con discapacidad de las personas con discapacidad. Es como si tuvieran bula por escupir sobre sí mismos. Ese parecía ser el secreto de una serie como ‘Allí abajo’, que basa su éxito en explotar los tópicos territoriales y el contraste entre el norte y el sur, entre Euskadi y Andalucía, desde dentro. Sus guionistas están curtidos en esos argumentos, aunque midan al máximo los chistes para no herir susceptibilidades. Está visto que solo se pueden utilizar esos atajos de humor costumbrista dentro de una ficción o en la vida real analógica, pero no en el patio de Twitter donde, por cierto, siempre habrá alguien ofendido.

Desengañaos. La culpa de esta nueva tormenta no es de los monologuistas, humoristas, tuiteros y guionistas de comedia más o menos torpes, que no valoran convenientemente las consecuencias de sus bromas o que, por el contrario, se divierten tomándole el pulso a la red. La culpa es de Twitter. Aunque no lo parezca, en Twitter no hay sentido del humor. Si en los 90 hubiera habido Twitter, el señor Barragán no habría durado ni dos programas de No te rías que es peor