Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Esos seres sintientes

Tuve un perro durante unos cuatro o cinco años. Lo adopté una Navidad. Supe que sus dueñas tenían intención de sacrificarlo y me dio mucha pena. Pensé que no podían hacerle tal faena en una época como esa, así que me ofrecí a alojarle temporalmente para que al menos disfrutara de su última Navidad en familia. El pobre había penado mucho. Primero fue un antojo de niñas mimadas; luego, por circunstancias de la vida, se convirtió en una carga y decidieron regalarlo. Su nuevo hogar fuera de Madrid no resultó como todos esperaban y el animal se fugó en busca de sus primeras dueñas. Cuando la policía lo encontró en Valencia y descubrió que tenía un chip que identificaba a sus antiguas propietarias, las contactó. Fueron a buscarlo porque no les quedaba más remedio. Pero su sitio ya lo ocupaba otro perro más pequeño y fino que él, así que su destino estaba escrito.

Se llamaba Zar y llegó a mi casa con secuelas del perro maltratado: cicatrices en varias partes de su lomo, carácter asustadizo y tendencia a mear contra mi estantería de CD. Una joya. Pero nunca nadie se ha alegrado tanto de verme al volver del trabajo. Nadie como él me ha recibido con esos saltos de alegría, como tratando de alcanzar mis mejillas y comerme a lametones. Por las noches se acurrucaba contra mi muslo sobre el sofá para ver conmigo alguna serie y cuando me sentaba ante el ordenador, se acercaba y esperaba paciente hasta que le daba permiso para subirse al calorcito de mi regazo, así combatíamos los dos el frío de mi viejo apartamento. En los días que estaba un poco torcida me miraba fijamente, como si entendiera cada uno de mis lamentos. En las noches de nieve o lluvia que apetecía poco sacarle a la calle, se las apañaba para terminar sus 'quehaceres' en pocos minutos, antes de calarnos los dos hasta los huesos.

Al final, pasada la Navidad, fui incapaz de devolverlo. Así que se convirtió en mi fiel compañero de piso. Con los años, a pesar de que a mi vida llegaron niños que competían con él por mis atenciones, nunca demostró celos ni dio motivos para arrepentirme de mi decisión. En la última etapa de su vida una leishmaniosis le fue dejando medio ciego y sin ganas de comer ni moverse, de modo que tuvimos que tomar la difícil decisión de pedirle a la veterinaria que le durmiera para siempre. Aún recuerdo la llorera de aquella Semana Santa.

Comprenderéis entonces que me parezca muy oportuna la decisión tomada en el Congreso para modificar el Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil de manera que se deje de considerar a las mascotas como un mueble más de la casa y se las trate como seres vivos dotados de sensibilidad, seres sintientes los llaman. Bien. Qué menos. Por fin nos vamos equiparando a otros países del entorno europeo. Pero no perdamos la perspectiva. Lo digo porque gracias a este debate hemos sabido que en España la mitad de los hogares tienen una mascota, algo que dice mucho de nuestro amor por los animales. Pero también que ya se contabilizan más familias con mascotas que familias con niños, lo que particularmente a mí me parece preocupante. Hay parejas que dilatan al máximo el momento de dar la bienvenida a la paternidad. Las circunstancias no invitan demasiado. Pero no les cuesta tanto dar el paso de incorporar a la familia un perro o un gato. Y les entiendo. Estos animales, además de hacer compañía y llenar de felicidad a sus dueños, dan menos trabajo y desvelos que un mocoso, conllevan también una responsabilidad menor y a la larga seguro que resultan más baratos. Además, con ellos no tienes que sufrir la tortura de los grupos de whatsapp de clase, los cumpleaños infantiles, las funciones escolares, los partidos del fin de semana, su mala uva adolescente… Todo son ventajas. Solo les encuentro una pega -además de tener que sacarles a la calle tres veces al día para hacer sus cositas, al menos a los perros-: que de momento no hemos conseguido que trabajen y contribuyan al sostenimiento de la hucha de las pensiones. Para eso lo que necesitamos en este país son más niños -cotizantes en potencia- que el día de mañana mantengan el sistema y nos permitan sobrevivir al retiro. Así que los que tengáis dudas y podáis, no renunciéis a traer más niños al mundo, por favor. Es más, por qué elegir. Probad a no renunciar a nada, tened niños y mascotas. El país y todos los que temen por su jubilación os lo agradecerán.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Cuando la Administración trata a los ciudadanos como niños

Todos los años decimos que no vamos a ir al infierno en que se convierte en diciembre el centro de Madrid por la expectación que genera la decoración navideña, pero todos los años terminamos peregrinando como borregos hasta la Puerta del Sol y la Plaza Mayor para ver las lucecitas y los abetos. Supongo que la culpa la tienen Chencho y ‘La gran familia’. Sabemos que no hay quién camine, que todo está saturado de gente, que tomar un bocadillo de calamares en La Campana o un chocolate en San Ginés requiere un esfuerzo titánico. Que a duras penas consigues acercarte a alguno de los puestos de artículos navideños o bromas. Que a las horas de cada pase de Cortylandia es imposible acortar hacia Preciados desde Arenal por la Plaza de las Descalzas, a no ser que quieras arriesgarte a perder la vida aplastado o increpado por padres que cargan con sus pequeños mocosos para que vean mejor el espectáculo. La teoría la sabemos, pero inevitablemente terminamos arriesgándonos a arrepentirnos de haber vuelto a caer. 

Es decir, sabemos a lo que vamos y lo que nos encontraremos. Sabemos que deberemos ir sorteando transeúntes que se desplazan en dirección contraria a la nuestra y que en algunos tramos tendremos que caminar más despacio, al ritmo de los que nos preceden, e incluso pararnos. Sabemos también que si evitamos ciertos itinerarios, podremos librarnos de sufrir ese incómodo momento en que notas otros cuerpos rozando el tuyo, sus alientos en tu cogote,  y no sabes donde acaba el movimiento involuntario y donde empieza el sobeteo aprovechando la coyuntura. Lo sabemos y no necesitamos que ningún organismo regule nuestro masoquismo. Pero llega el Ayuntamiento de Madrid y, con el propósito de mejorar nuestra experiencia de usuario del espacio público, idea una fórmula para evitarnos las aglomeraciones y aliviar el desorden de las calles más transitadas que confluyen en la Puerta del Sol. La solución que se les ha ocurrido es convertirlas en vías peatonales de una sola dirección. En concreto pretenden obligarnos durante estas Navidades a utilizar la calle Preciados para subir desde Sol hacia Callao y a tomar la del Carmen de bajada, para que todos caminemos en el mismo sentido. ¿De verdad hacía falta?


Este pasado fin de semana se estrenó la medida y ha ocurrido lo que se esperaba. La mayoría de los transeúntes piensa, como yo, que no necesitan que nadie les diga por donde caminar. Es más, el propio instinto de conservación del ser humano medianamente consciente suele hacerle evitar los tumultos que puedan poner en riesgo su vida. Al menos el mío funciona así. Afortunadamente la gilipollez solo se ha establecido en esas dos vías y hay muchas otras por las que se puede acceder al kilómetro 0. Además, como ha aclarado la portavoz del Ayuntamiento, Rita Maestre, la dirección única solo afecta a la entrada y la salida, una vez dentro de la calle se supone que ya puedes moverte en libertad. Es un alivio saber que no tendremos que ir en fila, perfectamente alineados como si estuviéramos en una parada militar. En fin… Este plan solo se activará cuando haya aglomeraciones -faltaría más- y cuenta con la participación de agentes municipales para corregir a los peatones despistados. Personalmente creo que los policías serían más útiles persiguiendo a los malos o vigilando nuestra seguridad que no riñendo a los díscolos que osan caminar en dirección contraria, como hacemos las madres con los hijos cuando no obedecen. Mira tú por donde, se dice que en Navidad tiende a aflorar el niño que todos llevamos dentro, así que esta descabellada idea era justo lo que necesitábamos. Y como las travesuras son propias de la edad infantil, yo ya estoy deseando pasarme por el centro en un día de máxima afluencia y caminar al revés, a ver qué pasa.

La injerencia de la Administración en nuestros hábitos, usos y costumbres me chirría. Eso de limitar nuestra libertad y autonomía para protegernos de nosotros mismos se llama paternalismo. ¿Qué será lo próximo? ¿Nos obligarán a abrigarnos con gorro, bufanda y guantes cuando el termómetro baje de los 0 grados? ¿O a no enamorarnos de la persona equivocada? Puede que también nos digan dónde nos tenemos que colocar para hacernos las fotos con las luces de Navidad, una especie de punto obligatorio de selfie. ¡Ah! Y ya, por qué no, que nos dicten la carta a los Reyes Magos.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Mi penúltima decepción

Desde el mes de febrero, que acabé mi último contrato, habré enviado mi currículum a cerca de 150 ofertas de empleo. En menos de una docena de casos me han respondido por correo electrónico para darme las gracias y lamentar que mi perfil no se ajusta a lo que estaban buscando. Del resto no he tenido ninguna noticia. Obviamente en ningún caso se han interesado por conocerme mejor ni me han citado para una entrevista de trabajo. Esa era mi gran cruz hasta que de repente suena mi teléfono móvil y me citan para informarme sobre un proceso de selección al que me había apuntado. Os podéis imaginar mi alborozo. Lamentablemente duró poco, justo hasta que el asunto me empezó a oler raro.

Voy a contaros el último episodio de esta pesadilla en la que se ha convertido reengancharme al mercado laboral. Os pongo en situación. En vista de que no termino de encontrar una oportunidad en mi campo, he decidido ampliar ligeramente mis horizontes y postularme a otros procesos de selección, particularmente en empresas públicas, donde la edad no penaliza (sospecho que mis 49 son mi mayor lastre). En estas instituciones de vez en cuando se convocan pruebas u oposiciones, ya sea para incorporar nuevos trabajadores a la plantilla o para engrosar su bolsa de empleo. Por ejemplo, me he apuntado a las de Aena, que sí buscan periodistas entre otros profesionales, pero también a la convocatoria para renovar la nueva Bolsa de Empleo de Correos. No aparecía ningún puesto de lo mío, pero pensé que quizá era lo suficientemente espabilada como para saber realizar las labores de atención al cliente o clasificación en una oficina postal. Es más, llegué incluso a imaginar que alguno de los reclutadores, al ver mi titulación superior y mi experiencia, decidiría enfocarme en mayores responsabilidades. Sí, lo sé. De vez en cuando me dan unos ramalazos naifs incompatibles con mi edad… 

Pero volvamos al tema. El caso es que recibí la llamada de una mujer que me citaba para una entrevista en la que me informaría sobre todos los detalles de la convocatoria de Correos. Lo relacioné automáticamente con el proceso en el que me había apuntado, aunque me chocó que la dirección (Sagasta 4, 1º drcha) no coincidiera con ninguna de las instalaciones del operador, pero en aquel momento cerré el encuentro sin darle más vueltas. Un poco más tarde, mi alma de periodista o mi desconfianza innata me hizo ‘googlear’ los datos que me habían facilitado hasta dar con una página web que nada tenía que ver con Correos y en la que quedaba bastante claro que se trataba de una empresa dedicada a la preparación de exámenes para Correos, pero al margen de esta compañía. Era algo irregular. Normalmente los organismos oficiales publican todos los detalles de sus convocatorias en su propia página web, que es la que hay que ir consultando para saber los pasos que hay que dar. Llegué a valorar que quizá, en este caso, habían externalizado esa parte del proceso y por eso me citaba una empresa ajena al organismo postal, así que decidí devolverles la llamada para que me aclararan la situación. Cuando interrogué a la mujer sobre este particular, me contestó que Correos no podía estar contactando uno a uno con los aspirantes y que por eso se encargaban ellos. Y ante mi pregunta sobre si lo que pretendía era venderme un curso de formación para prepararme de cara al examen, ella respondió que ‘bueno, usted es libre de estudiar por su cuenta o prepararlo con ayuda’.


En este punto ya se había apoderado de mí la desilusión. Estaba casi segura de que todo era un camelo, pero necesitaba que me lo corroboraran. De modo que mi siguiente llamada fue al Gabinete de Comunicación de Correos. Les conté el caso y, naturalmente, les sonó a chino. Amablemente me aclararon que aún no ha concluido la primera fase de valoración de méritos en el proceso en el que estoy apuntada y que no tienen externalizada ninguna fase informativa, por lo que ninguna empresa ajena tiene el mandato de llamar a la gente para informar. Es decir, visitar esa empresa no forma parte de los requisitos para acceder al proceso y, lo más importante, me garantizaban que mis datos personales, los que yo había confiado a Correos a través del formulario de inscripción en su web, no habían sido transferidos a ninguna empresa externa para ser utilizados con otros fines.

Después de confirmar mis sospechas hice una tercera llamada a la empresa en cuestión para cancelar mi cita explicándoles que había hablado con Correos y me habían clarificado perfectamente mis dudas. La mujer se justificó diciendo que en ningún momento se había presentado como miembro de Correos y, cuando le pregunté cómo había conseguido mis datos, me respondió que yo se los había facilitado al solicitarles información sobre una convocatoria que nada tenía que ver con la mía y que de hecho ni siquiera se ha puesto en marcha aún. No recuerdo haber rellenado ningún formulario de petición de información, salvo de inscripción en la convocatoria oficial para la bolsa de empleo, aunque no me gusta decir nunca, por si me flaquea la memoria después de postularme a tantísimos puestos ofertados. El caso es que me ahorré el viaje, el tiempo perdido y la decepción que seguro habría sufrido si me hubiera dejado arrastrar por el entusiasmo y no me hubiera detenido a pensar un instante. 

Aprovecho este episodio para alertaros sobre una práctica muy común en el sector, la de esas empresas que subsisten a base de captar clientela mediante reclamos confusos que juegan con la ilusión de muchos de aquellos que se sienten desesperados por encontrar un empleo. No es algo generalizado. De hecho tener un negocio de formación para oposiciones resulta una opción empresarial de lo más respetable y muy útil para los opositores. Lo cuestionable es que quieras atraer clientes entre los aspirantes a entrar en Correos con una estrategia tan burda como abrir una web con la dirección correosonline.net, utilices colores y tipografía similar a la corporativa de Correos y llames para concertar citas en las que supuestamente solo vas a dar información oficial sobre una convocatoria que, por cierto, todavía no está abierta.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Una campaña demasiado arriesgada

Cuando un publicista gesta una campaña publicitaria, su principal deseo es que impacte, que permanezca el mayor tiempo posible en la retina de la gente, que se hable de ella y, por supuesto, que despierte en el público el deseo de consumir ese producto o le sensibilice favorablemente frente a lo que se anuncia. Así que la responsable de la campaña impulsada por el Ayuntamiento de Zamora con motivo del Día para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres puede sentirse satisfecha por haber conseguido el primer objetivo: que se hable de su trabajo, aunque en muchos casos sea para cuestionar su estrategia. Los profesionales que se dedican a la publicidad están acostumbrados a caminar por el alambre, son auténticos equilibristas que arriesgan y, en ocasiones, cuando el tema es demasiado delicado, pueden dar un traspiés. Y eso es, en mi modesta opinión, lo que ha sucedido en este caso. Imagino que sabéis a lo que me refiero, pero por si acaso refresco el tema. 

La campaña en cuestión utiliza chistes machistas de lo más viejuno para recalcar que la violencia contra las mujeres no es un chiste. Es decir, han decorado la ciudad con carteles en los que se pueden leer, escritas con tipografía de gran tamaño y en negrita, frases lapidarias como, por citar un solo ejemplo, “¿En qué se parecen las mujeres a las pelotas de frontón? En que cuanto más fuerte les pegas antes vuelven”. El cartel se completa con la leyenda “La violencia hacia las mujeres no es un chiste, no seas cómplice”, pero el tamaño de la letra ya es inferior y solo resalta la parte que señala “no es un chiste”. Entiendo el propósito de la campaña, incluso aplaudo la idea, pero creo que sus responsables, comenzando por la agencia y terminando por el propio cliente que la ha contratado, el Consistorio zamorano, han fallado en la manera de plantearla. Les ha perdido el enfoque.

Desde el Ayuntamiento insisten en que es una "campaña educativa que busca un impacto necesario para despertar conciencias y que con los chistes denuncian actitudes que están normalizadas y parecen inocuas, pero que hacen mucho daño". Me temo que no comparto lo de que intercambiar chistes machistas está normalizado. Y menos entre los más jóvenes. Cuando comentaba este asunto con mis hijos de 12 y 14 años, me di cuenta de que no conocían ninguno de esos chistes, ni les sonaban, no son bromas que utilicen los chavales de hoy en día de manera común. Es más, les chirriaban bastante y, por supuesto, no les veían la gracia.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que casi habíamos logrado por fin desterrar ese tipo de humor cruel, negro y casposo de las tertulias y sobremesas en esta nueva sociedad del siglo XXI. Pero gracias a estos lumbreras, habrá adolescentes y jóvenes que, a fuerza de pasar cada día al lado de esos carteles o verlos a través de internet, irán incorporando a su vocabulario unos cuantos chascarrillos rancios que podrán soltarles a sus compañeras de clase en cualquier momento si se tercia. Luego nos echamos las manos a la cabeza cuando se difunden estudios que aseguran que uno de cada cuatro jóvenes ve “normal” la violencia de género en la pareja. Pues qué queréis que os diga, quizá esta campaña no sea la mejor manera de reducir esa cifra e invertir la tendencia.

El uso es el que da la vida a un idioma y a las palabras. Ya casi nadie emplea las expresiones retrete, orate, bellaco, refajo o soponcio, así que poco a poco, con el tiempo, esas palabras en vías de extinción seguirán en el diccionario de la RAE, pero brillarán por su ausencia en las conversaciones de la gente. Así que si no difundimos, ni compartimos, ni utilizamos como reclamo ese tipo de bromas, con un poco de suerte un día nadie echará mano de ellos para hacerse el gracioso.

Tenía la impresión de que en España habíamos superado ya lo del chiste breve sexista; que poco a poco, a fuerza de denunciar, estábamos acabando también con los micromachismos; que solo quedaba ya un puñado de usuarios cavernícolas anónimos en Forocoches y Twitter, y que afortunadamente los íbamos neutralizando a base de combatirles mediante el sentido común.

Ahora esta campaña ha rescatado la España más sórdida y cateta, aunque sea con el más loable de los propósitos. Lo siento, pero en este caso el fin no justifica los medios. Eso sí, hay que felicitar a la Agencia Touché por convertirla en viral, pero tengo serias dudas de que el resultado consiga precisamente lo que se propone, sensibilizar a la población sobre la necesidad de acabar de una vez por todas con la violencia contra las mujeres.

Nota: Dos días después de escribir este post, coincidiendo con el Día para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el Ayuntamiento de Zamora decidió cambiar los carteles de su campaña.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Que levante la mano quien no haya criticado nunca al jefe a sus espaldas

Me sorprende que la gente esté disfrutando tanto con las conversaciones entre Eduardo Zaplana e Ignacio González, intervenidas por la UCO de la Guardia Civil en el marco de la Operación Lezo y que ahora se han difundido. Sobre todo con esas en las que mencionan con llamativos adjetivos a algunos responsables del partido a los que todos pensábamos que les unían fuertes lazos. Por resumir, para los que no las hayáis escuchado, en estas grabaciones ambos políticos, ya alejados de la primera línea y sin cargos públicos de responsabilidad, se despachan a gusto hablando de Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy, entre otros. Los diálogos fueron grabados a principios de este año, evidentemente sin el conocimiento de los protagonistas, así que se les oye charlando muy naturales, nada encorsetados ni formales, con lenguaje llano y algún que otro taco, igual que hablamos vosotros y yo. De esta manera se pueden escuchar algunas perlas como que “Rajoy es un hijo de puta del que no te puedes fiar” o “A Aguirre todo le importa un pito menos ella”.

Qué queréis que os diga. A mí me parece de lo más normal, al menos en este país. ¿Creéis que, en este mismo momento que estáis leyendo, no hay miembros del PSOE, Ciudadanos o Podemos quejándose de los que mandan en su partido con algún compañero de fatigas o con su pareja? Os recuerdo que hace poco más de un año en Ferraz andaban a gorrazos. El partido naranja, eufórico ahora por los sondeos, en los últimos meses ha sufrido un goteo de ciento y pico bajas de concejales en varios Ayuntamientos. Y en cuanto a la breve historia de Podemos, está plagada de conflictos internos. 

Pero la falta de armonía no es algo exclusivo de los partidos, por eso de que está en juego el poder. Fuera de la política, en la vida ‘real’ cotidiana, es algo muy común y consustancial con el ser humano. Por ejemplo, que levante la mano quien no haya hablado mal nunca del jefe o de un compañero a sus espaldas. No conozco ningún entorno laboral tan idílico, a no ser los mundos de Yupi. Que si es un incapaz que ha llegado donde ha llegado por méritos cuestionables. Que si es un trepa de mucho cuidado. Que si ha resultado ser el rey del escaqueo. Que si estoy hasta las narices de cubrirle las espaldas… No me negaréis que son algunos de los argumentos más recurrentes en los lugares de trabajo. O así era hasta que tuve mi última experiencia laboral. 

Por definición el empleado suele echar pestes del jefe, probablemente por envidiar su puesto o más bien su sueldo. En cuanto a la difícil relación con los colegas, en estos ambientes siempre suele colarse algún empleado tóxico que va generando malos rollos y peores vibraciones. Este tipo no es el único peligroso. Hay muchos otros tipos de empleado que también pueden inquietar, tantos como tipos de seres humanos, así que detectarlos a tiempo y saber cómo relacionarse con ellos es vital para mantener la paz laboral y la salud mental. Con este panorama se consideraría un triunfo digno de medalla abstraerse tanto como para no caer en la tentación de criticar al vecino de escritorio, con el que tratas de tener el mínimo contacto porque no le soportas.

Yo también he coincidido laboralmente con gente a la que no tragaba y sobre la que me resultaba imposible destacar nada bueno. Recuerdo un compañero que tenía la costumbre de comer maíz tostado con la boca abierta para matar el hambre a mediodía y se cortaba las uñas de las manos en su escritorio cuando las veía demasiado largas. No sé cuál de las dos prácticas me consumía más. Nunca fui capaz de recriminarle nada, aunque sí comenté con otros compañeros a sus espaldas esas dos insoportables manías. En mi itinerario laboral también me he visto obligada a compartir espacio con colegas cuyo penetrante olor a sudor llegaba a marearme. Tampoco osé alertarles sobre el particular ni aconsejarles un buen desodorante, pero eran habituales los chascarrillos con el resto de compañeros al respecto. Y, cómo no, también me he cruzado en el camino profesional con caraduras, trepas, manipuladores, egoístas, incapaces, traidores, vagos y algún adjetivo más, que en ocasiones me pusieron las cosas difíciles y a los que no llegué a hacer vudú de milagro. Nunca les dije a la cara lo que me provocaban, pero con otros damnificados, en petit comité, me explayaba a gusto.

Imagino que esas personas (a las que incluso se llega a añorar cuando uno esta desempleado) serían conscientes de la antipatía que despertaban en mí, dada mi incapacidad para disimular mis sentimientos o reírles las gracias. Es más, sospecho que la animadversión podría ser mutua. Pero evitar el trato o mantener las distancias no suele ser la reacción habitual. En todos los lugares de trabajo por los que he pasado he visto conflictos y he oído comentarios que no aguantarían la prueba del micrófono oculto, auténticas historias para no dormir que luego se evaporaban cuando coincidían todos los implicados presentes, más dispuestos a abrazarse y darse palmaditas en la espalda que a expresar de frente lo que opinaban los unos de los otros. Inmediatamente después, una vez dispersados, volvían a pitarles a todos los oídos, en especial el izquierdo que, como dice la leyenda urbana, es el que pita cuando a uno lo están poniendo de vuelta y media. 

Lo peor no es que alguien critique a otra persona a sus espaldas; lo realmente patético es que luego a la cara le diga te amo o que se emocione hasta las lágrimas tan solo con citar en público su nombre.