Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 19 de octubre de 2017

Mis dudas sobre la Ley de gratuidad de libros de texto

La Comunidad de Madrid está haciendo un sondeo por los centros escolares públicos para saber qué familias estarían interesadas en participar en el Programa Accede, el sistema de préstamo de libros de texto y material curricular gratuitos en la enseñanza básica que pretende implantar el ejecutivo regional a partir del próximo curso. Según la circular, hay que remitir esta información al centro educativo como muy tarde el día de hoy, 19 de octubre, fecha que algunos padres han interpretado como limite para apuntarse. Lo cierto es que la encuesta pretende hacer una estimación del número de alumnos con que se contaría, pero no es nada definitivo o que comprometa ni a los apuntados ni a los que han olvidado rellenarlo a tiempo. Tranquilos, la Administración tampoco ha terminado de hacer su trabajo.

Os digo esto porque precisamente hoy, la Asamblea de Madrid debate por segunda vez esta Ley de gratuidad de los libros de texto. Y os preguntaréis, ¿pero no estaba ya aprobada? ¿No nos la vendieron ya en verano a bombo y platillo? Es más, los propios padres acogimos el anuncio con alborozo; quizá a algunos la incredulidad les hizo tardar en reaccionar y celebrarlo a lo grande –ahora vemos que obrar con cautela es siempre una virtud-, pero en general todos nos alegramos porque al fin teníamos un argumento positivo entre las noticias sobre educación. Pues resulta que había algunos flecos que cortar o alguna imprecisión que pulir. Se ve que en su momento, por el error de una diputada popular que equivocó el sentido de su voto, se introdujeron en el texto unas enmiendas presentadas en el último momento por el PSOE que ahora se quieren eliminar. Da la casualidad que esas partes de la norma hablan de ayudas económicas directas para las familias, imagino que al estilo de Andalucía, donde se manejan con el chequelibro, o la Comunidad Valenciana, donde también hay dinero de por medio. El caso es que a estas alturas, cuando los centros educativos ya han remitido a las familias la circular informándonos sobre el programa y solicitando que rellenemos el cuestionario rapidito, la ley está aún siendo retocada. En fin…

Es en esta misma misiva que hemos recibido las familias donde figura la madre del cordero de este sistema que cuanto más analizo, más me inquieta. “Para participar en esta iniciativa será indispensable que los alumnos conserven sus libros y el material curricular en perfecto estado a partir del presente curso 2017-2018”. Es decir, que la base de este proyecto pasa, de entrada, por que las familias entreguemos los libros que hemos pagado este curso y recibamos a cambio los del curso siguiente, que a su vez habrán pertenecido a otra familia que los ha pagado y se desprende de ellos a cambio de otros, y así sucesivamente. Toda una cadena de favores de unos padres a otros, pero con el centro educativo de por medio. Hasta donde logro entender el primer año de este plan es perfecto, a la Administración le cuesta bastante poco, los que prestamos somos los padres, no el centro, que simplemente hace de organizador e intermediario. Algo que, por cierto, ya hacíamos muchas familias por nuestra cuenta, intercambiar libros de texto con conocidos e incluso revenderlos a un módico precio, cualquier cosa menos soportar el abuso de tener que soltar el equivalente a la mitad del sueldo mínimo interprofesional para que nuestros hijos reciban formación en la escuela pública.

El caso es que me surgen varias dudas acerca de cómo se va a gestionar este programa. A saber:

-¿Qué pasa si un alumno no conserva en perfecto estado el material? Porque los padres podemos ser muy pesados y machacones con eso de ‘Cuida los libros’, ‘No escribas en ellos’, ‘Trata bien tus cosas’, pero al final algunos ya son autónomos y no puedes estar supervisando lo que hacen todo el día. Entonces, si las esquinas del libro de matemáticas están dobladas y en alguna hoja del de Lengua un día alguien pintó un garabato que no se quita, ¿qué pasa? ¿Se le excluye del sistema? ¿Se le sanciona? Después de repasar algunas de las claves sobre esta Ley, supongo que habrá un desarrollo de la norma para saber cómo actuar en estos supuestos, pero no descartéis las sanciones y con ellas los conflictos.

-A pesar de la advertencia de esta circular, todavía hay profesores que les dejan e incluso piden a sus alumnos que rellenen los ejercicios en el libro, aunque sea con lápiz. No estaría mal que se coordinaran en ese aspecto. Además, siempre hay material de un solo uso, el workbook de marras. Entiendo que ese se facilitará nuevo cada año. Incluso, bien mirado, puede que ahora que la Administración corre con los gastos, envíe una consigna a los centros para que alarguen la esperanza de vida de los libros y no cambien de editorial con tanta frecuencia, así se ahorran unos eurillos.

-Este sistema es universal, puede participar cualquiera, es decir, no se va a tener en cuenta la renta para adjudicar los libros, así que tienen el mismo derecho la familia que gana 5.000 euros al mes que la que tiene a alguno de sus miembros en paro y va ahogada. Y ya se sabe cómo son estas cosas. Cuando se ofrece algo gratis, se apunta hasta el más pintado. Creo que si yo tuviera una posición económica holgada no entraría en esta rueda, de hecho nunca he reclamado ayuda ni beca para ninguno de mis hijos; pero quizá el resto no son como yo, y aunque no les suponga un roto el pago anual de los libros de texto, prefieren que les salgan gratis los libros y dedicar el dinero que se ahorran a mandar al niño a esquiar o simplemente a una mariscada. Lo veo poco justo, la verdad.

-Si este primer curso salen más peticiones de cursos inferiores que de superiores, es decir, si no hay suficientes libros usados para prestar, entonces digo yo que se recurrirá a la compra de los libros a las editoriales. Entonces, con qué criterio se van a repartir los nuevos. Todo el mundo prefiere estrenar libros, así que ¿harán un sorteo o será aleatorio? Lo único que está claro es que los del último curso tendrán libros nuevos y gratis. Ellos sí tendrán el honor. Que se queden tranquilos los editores, van a seguir recibiendo pedidos. ¡Ah! Los de Bachillerato que se olviden. Lo mismo que los de Infantil de 3 a 5 años. Ellos están fuera de la educación obligatoria.

-¿Y quién se va a comer el marrón de organizar este trueque? Porque no van a ser ni uno, ni diez, ni veinte los alumnos que van a apuntarse en cada centro. Me apuesto lo que queráis a que será como mínimo más del 50% del alumnado por colegio o instituto. La logística para recibir todo ese material y distribuirlo no me parece fácil. Para empezar necesitas un espacio amplio donde almacenar los libros, seleccionarlos, organizarlos, entregarlos... Sospecho que, como siempre, la inestimable colaboración de las AMPAs va a resultar de vital importancia.


Vale, sí, probablemente todo esto que me planteo son menudencias si se comparan con el fondo de la cuestión, la gran idea de evitarnos pagar entre 300 y 400 euros cada curso. Demos tiempo al tiempo y empecemos por ver si nuestros políticos se aclaran con la norma, para después esperar al final de curso y descifrar todos estos misterios.



-->

viernes, 13 de octubre de 2017

Estudiar en la edad adulta, ese gran desafío

El lunes tengo un examen. Debería estar estudiando en vez de estar escribiendo este post, pero ese es uno de los problemas de ponerse a estudiar cuando uno ya es adulto, que siempre encuentras alguna cosa mejor y más urgente que hincar los codos. Por eso se hace tan cuesta arriba. Os preguntaréis por qué a estas alturas me da por volver al cole. No es exactamente así. En realidad la culpa la tiene el desempleo. Entre los numerosos puestos de trabajo que voy encontrando y a los que me postulo figuran también las plazas que oferta la Administración, muchas de las cuales requieren de un concurso-oposición para su adjudicación. A lo largo de los últimos meses me he ido apuntando a todas las que salían. Confiaba en que los plazos de unas y otras no coincidieran y hubiera margen entre los distintos exámenes, pero no ha sido así. De aquí a final de año, se me acumulan las pruebas. Concretamente esta próxima semana tengo tres.

Pensaréis que siendo una adulta responsable decidida a pelear por un puesto de estos me habré preparado bien los temarios durante todo este tiempo. Bueno, no ha sido exactamente así. Intención sí le he puesto. He rastreado por Spotify en busca de listas de música clásica para estudiar y tengo mi favorita. Con el mismo propósito, concentrarme en el estudio y aislarme del exterior -que son mis hijos merodeando-, he aprovechado además para confeccionar yo misma una playlist de bandas sonoras instrumentales míticas. Cualquier cosa con tal de procrastinar


También he buscado en Internet consejos para enfrentar este reto y he encontrado información muy útil. Pero claro, cada vez que me conecto no puedo evitar ojear las noticias, entrar en Linkedin por si aparece alguna buena oferta, dar una pasada por las redes sociales y consultar mi correo electrónico. Sí, lo sé, un desastre. Pero es que siento que centrarme solo en el estudio me obliga a estar ausente y si no se me detecta en el mundo virtual, nadie se acordará de mí en el mundo real. Y todo me lleva a la pescadilla que se muerde la cola. Entonces me entra hambre, voy a la cocina y termino montándome un buen aperitivo. Allí me acuerdo de que debería poner una lavadora o que falta algo por comprar o que tenía pendiente alguna otra cosa. 

Resumiendo, que de los 25 temas que me entran en el examen del lunes solo me ha dado tiempo a leer de momento cinco. Confío en que la suerte y la inspiración se alíen y me den un empujoncito. De todos modos el hecho de saber que me enfrento a casi 150 personas por una plaza de periodista en un gran museo no contribuye a motivarme en exceso, sobre todo cuando comparo las puntuaciones del concurso de méritos y veo que parto en clara desventaja. 

Es impresionante la cantidad de periodistas que estamos necesitados de un empleo. Ya era consciente de ello, pero ahora que mi DNI aparece en listas de admitidos junto con otros muchos como yo, lo visualizo más claramente. Hasta el momento me han descartado de dos de estos procesos. En uno de ellos, para un par de contratos de relevo en la Comunidad de Madrid, ni siquiera tuvieron en cuenta mi experiencia ni mi formación, a pesar de reclamar puntualmente y darme paseos de casa al Registro. En el otro, para el Mando del Estado Mayor de la Defensa, sí logré que reconocieran mis méritos y hasta llegué a la entrevista, pero ni el puesto estaba hecho para mí ni yo para el puesto. Aunque soy bastante guerrera, tengo alma pacifista. 

Me quedan cuatro oportunidades más. Para enfrentarme a ellas debo zambullirme en la Constitución, la Administración del Estado, el Derecho Administrativo, el Convenio Único y demás peaje burocrático. Un infierno, vamos, que me hace reflexionar sobre lo injustos que son algunos con los funcionarios. Después de haber tenido el valor de tragarse todos estos temarios y hacer un esfuerzo sobrehumano para sacar su plaza, qué queréis que os diga, para mí son unos héroes. De hecho tengo serias dudas sobre si podré emularles. Confío, de todos modos, en ser capaz de contestar al menos las preguntas relativas a lo mío, el periodismo. Que esa es otra, digo yo que lo interesante sería ponerme a prueba en ese aspecto, en si estoy capacitada para trabajar en un gabinete de prensa institucional. Porque para el resto de materias, en caso de necesitar solventar alguna duda, siempre tendré al señor Google, como todo el mundo.

Lo peor de todo es que siempre he pensado que lo de un puesto para toda la vida no iba conmigo, que yo tenía un espíritu libre y que eso de las oposiciones era para gente conservadora. Puede que en el fondo ese sea el problema.

En fin… ¿que por qué os cuento todo este rollo? Por lo que os decía al principio. Siempre busco cualquier excusa para no estudiar. Y así no se puede. Soy incorregible. Con qué autoridad les voy a decir luego a mis hijos que se apliquen.

martes, 3 de octubre de 2017

Guerra sucia en las redes

Conservo en el móvil un texto, que me llegó a través de una amiga, supuestamente escrito por Isabel Coixet a propósito del conflicto catalán. Nada más comenzar a leerlo me dio por dudar de que aquello lo hubiera vomitado la Coixet. No obstante, para asegurarme, entré en Google, hice un pequeño rastreo y confirmé mis sospechas. El texto ha ido difundiéndose a través de los perfiles de Facebook de distintos periódicos gracias a que un par de ‘ciudadanos’ han tenido a bien compartirlo en el apartado de comentarios de las noticias que van publicando estos medios y donde, por cierto, otros usuarios que sintonizan con el mensaje declaran su admiración por la directora, elogian su arrojo y manifiestan su intención de compartirlo en otras redes por su importancia. Curiosamente nadie lo pone en duda o lo cuestiona. La directora de cine siempre se ha expresado libremente sobre el conflicto pero no en esos términos. Y como muchos otros a los que se les han atribuido textos que no habían escrito, ha tenido que desmentir públicamente su autoría.

Unas horas antes, mi hija, consternada, me vino con la noticia de que un pequeño de 6 años se había quedado parapléjico por los ataques de la policía el 1-O. Se había enterado del suceso por el móvil. No tuve que confirmar nada. Inmediatamente le dije que aquello no podía ser verdad. Le pregunté por qué vía le había llegado la noticia, cuál era su fuente, qué datos le habían aportado y ya, viendo que me estaba pasando de ‘profesional’, le hice ver un pequeño gran detalle de pura lógica. Si una sola persona, adulto o niño, hubiera muerto el 1-O por los sucesos de Cataluña, la noticia estaría en la portada de todos los periódicos, abriría todos los telediarios y habría provocado la dimisión en cadena de todo el gobierno nacional y el catalán. Aún así, para que se quedara más tranquila, pues su móvil seguía recibiendo mensajes airados de amigos que seguían dando por cierta la noticia, le pasé el tuit oficial en el que se desmentía la atrocidad y se desmontaba el bulo.

Hasta ahora, como veis, son anécdotas de poco recorrido; ni mi amiga ni mi hija son creadoras de opinión ni tienen muchos seguidores ni responsabilidad alguna en la sociedad. Lo malo es cuando un eurodiputado como Ramón Tremosa, del PDCat, tuitea esta foto con el hashtag #CatalánReferendum y da a entender que capta un instante de tensión de los vividos en Barcelona entre policías antidisturbios y jóvenes criaturas pacíficas. La realidad es que esa foto no es ni de Barcelona ni de este fin de semana. Es de Chile de hace un año. Pero da igual. Todo vale.

Y podría seguir mencionando mentiras que algunos siembran con el propósito de que florezcan en aquellas cabezas que son terreno propicio para el cultivo. Afortunadamente, arruinando esa burda estrategia, surge quien no deglute sin paladear previamente y que no está dispuesto a que nos tomen por tontos y nos intoxiquen. Os invito a seguir la cuenta Maldito Bulo para seguir sorprendiéndoos con la cantidad de material incendiario que van arrojando los pirómanos en este polvorín. 

Con todo esto quiero apuntar que esta guerra en la que nos vemos inmersos apela al sentimiento más que a la razón y se está librando con todas las armas posibles, incluido el gran altavoz de masas que son las redes sociales, que amplifican también las mentiras. Quien se inventa este terrorífico relato cuenta con varias bazas:

-Hay una buena parte del público que solo se informa en las redes sociales y da todo el crédito a lo que le llega, sin cuestionarse si es una auténtica barbaridad. Se informa en sus medios afines, sigue a gente en la que cree y quiere creer lo que le cuentan.

-Internet es un medio en el que las noticias, también las falsas, circulan a la velocidad de la luz. De tal manera que cuando ya el bulo ha sido desmontado, todavía sigue recibiendo likes de gente que aún vive en la ignorancia.

-Difama que algo queda, deben pensar. Y no se equivocan. Siempre resulta más fácil echar mierda que limpiarla.

Utilizar la guerra sucia de la desinformación para manipular al público es una estrategia vieja, lo nuevo es emplear para ello las armas virtuales que nos proporcionan los social media. Mi consejo: poned en cuarentena todo lo que os llegue por las redes sociales, contrastad si es una fuente interesada y si realmente queréis estar bien informados, recurrid a los medios tradicionales. 

martes, 26 de septiembre de 2017

El fallo del juez Calatayud

Cuando Emilio Calatayud abre la boca, nunca pasa desapercibido. Habitualmente las declaraciones del juez de menores de Granada tienen trascendencia porque suele conectar con buena parte de la población al verbalizar de manera contundente –sin eufemismos- lo que muchos adultos opinan -y callan- sobre asuntos relacionados con niños y jóvenes. Por lo general cuando se menciona su nombre te vienen a la cabeza las originales sentencias ejemplares para menores descarriados que le han hecho célebre. Pero a partir de ayer toda esa larga y brillante carrera ha quedado empañada por sus últimas declaraciones, más transgresoras de lo normal, y en concreto por una frase poco afortunada que le ha puesto en el punto de mira, principalmente en Twitter, donde merodea mucho ofendido con gatillo rápido.


Calatayud participaba en el programa Las Mañanas de la 1, en RTVE. Tomando como percha la muerte de una célebre influencer, se debatía sobre el uso que hacen los jóvenes de las redes sociales. Preguntado al respecto, el juez dijo textualmente: “Perdón por la expresión. Tomarlo bien ¿eh?, pero las niñas actualmente se hacen fotos como putas”. Los allí presentes, los espectadores tuiteros y en general todo el que escuchó la frase se quedó horrorizado. Algunos pensaron que el juez había perdido la cabeza, si no el juicio. Luego Calatayud ha tratado de matizar su frase y ahondar en la cuestión a través de su blog, incluyendo también como víctimas de la situación a los niños, pero la lluvia de piedras no ha amainado. 

Si algo hay que reprocharle al juez es que en esta ocasión no haya calculado bien los daños colaterales de su provocación. Yo sí entiendo lo que quería decir Emilio Calatayud, aunque lo expresara de una manera muy torpe. Lo veo a diario. Cada vez las niñas tienen más prisa por parecer mayores. Les urge abandonar la niñez cuanto antes. Entre los 10 y los 12 años ya tienen un móvil y cuentas en redes sociales donde publican fotos tratando de emular a artistas o modelos a las que admiran o a las que sueñan parecerse. El baño de su casa suele ser un lugar ideal para retratarse frente al espejo vestidas con un top y un short minúsculo, en una postura que puede ser de todo menos natural, mucho menos infantil. Se encierran en su habitación y graban vídeos en plataformas como Musical.ly haciendo playback de éxitos reguetón mientras se mueven como si fueran las protagonistas de un videoclip, con contoneos y caricias incluidas. El mejor tutorial es la discografía de Maluma, baby

Igual que nos espanta a la mayoría contemplar a niñas disfrazadas de adultas en concursos de belleza infantil americanos, imagino que si algunos padres vieran las imágenes que comparten sus hijas en Instagram se quedarían horrorizados. Pero creo que no las ven y por tanto no pueden protegerlas de sí mismas y de los que sí las ven. No digo que les prohíban jugar a ser mayores -todas y todos nos hemos probado los tacones de mamá antes de tiempo- sino que procuren no olvidar la edad real de esas niñas, oculta bajo el maquillaje, y las traten como tal. Eso incluye, por supuesto, estar al corriente del uso que le están dando sus hijas al móvil y explicarles los riesgos que entraña. Porque esas crías sexualizadas, dentro de la inocencia de sus 11 años, no conciben que ese material vaya a despertar más que admiración entre los amigos que las siguen y aumentar su popularidad en el cole. Y lo mismo ocurre con los chavales, más preocupados en su caso por presumir de una tableta -que ni está ni se la espera- con sus correspondientes oblícuos imaginarios, que fotografían y distribuyen vía Whatsapp para que quede constancia entre sus colegas. Tampoco ellos entienden qué hay de malo en algo tan divertido. Y ahí es dónde quería incidir el juez, un tipo por lo general bastante sensato, en la necesidad de que los padres cumplamos con nuestro deber de padres y protejamos a nuestros hijos empezando por conocerles, saber en qué personas se están convirtiendo, y controlar lo que hacen con ese móvil que algunos les compraron pensando en tenerlos controlados y que ha resultado ser todo un descontrol. 

Y dicho esto, no voy a dictar una sentencia ejemplar contra el juez, porque bastante le ha caído ya. Me voy a limitar simplemente a indicarle dónde erró. El fallo de Calatayud fue la expresión “se hacen fotos como putas”. Porque una mujer poniendo morritos en una foto no es una puta. Una mujer posando en bikini no es una puta. Una mujer exhibiendo públicamente su lado más sexi no es una puta. Una mujer que decide libremente buscar likes despertando la libido o el deseo de quien vea su foto no es una puta. Una mujer que simplemente está orgullosa de su cuerpo y se lanza a mostrarlo en una red social no es una puta. Así que las niñas que juegan a ser mayores e imitan a esas mujeres adultas, libres y dueñas de su vida, señor juez, no se hacen fotos como putas. Hablemos con propiedad y respeto. Si no, se arriesga a tirar por la borda años de trabajo bien hecho.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Cuando informar sobre un huracán se convierte en un gran espectáculo

El paso de los huracanes Harvey e Irma por EEUU volvió a poner sobre la mesa el viejo debate de hasta qué punto es necesario que se la jueguen tanto los reporteros cuando informan sobre este tipo de inclemencias meteorológicas, en particular los que trabajan para la televisión. Partimos de que este medio basa su eficacia en el espectáculo visual, así que imagino que sus profesionales son conscientes de lo que se espera de ellos. En todo caso estoy segura de que se trata de un riesgo calculado. A mí, en principio, no me molesta que salga Almudena Ariza ofreciendo una crónica en TVE sumergida en agua hasta la cintura si la intención es dar una idea al espectador de la impresionante altura que ha alcanzado el agua desbordada y que eso nos ayude a imaginar cómo lo estarán afrontando los afectados. Aunque personalmente a mí me bastaría -y creo que es lo que más gráficamente puede servir para ese objetivo- con ver a los damnificados, acompañares a visitar lo que antes era su casa, dejarles expresarse y luego añadir los datos prácticos que puedan completar la información, incluido -si queremos- un paseo por la zona anegada. Pero es una cuestión de gustos. 


Unas de las intervenciones más comentadas han sido las de José Angel Abad, reportero de Antena 3, que se dejó azotar por el viento y la lluvia en directo, para regocijo de los espectadores del telediario. Ni él mismo ni su cámara debían estar disfrutando tanto. Las órdenes de las autoridades habían sido claras: Apártense del camino de Irma. Huyan. Pónganse a salvo. Pero el aguerrido reportero decidió hacer oídos sordos. Un periodista tiene que estar donde está la noticia y contarla. Claro que sí. Pero con un mínimo de calidad. Digamos que la conexión no tuvo el mejor de los sonidos, ni la mejor de las imágenes; es más, el propio cámara se las veía y se las deseaba para secar las gotas del objetivo con poco éxito. Algo normal en esas circunstancias. Aquí tenéis la secuencia.

Abad no ha sido el único que se la ha jugado para contarlo. Otras cadenas norteamericanas hicieron lo propio, aunque asegurándose muy mucho de que sus reporteros no corrieran ningún riesgo ni sufrirán ningún percance. ¿Cómo? Pues atándolos. Sí, sí. No es coña. Entrad en el enlace para verlo. 

Ahora analicemos. Para entender la ferocidad del huracán Irma, ¿necesitaba el espectador ver al corresponsal de esa guisa, atado o desatado, despeinado y empapado, hablando con dificultad y haciendo esfuerzos por mantener la verticalidad? No. ¿Habrían servido igualmente unas imágenes tomadas desde la ventana del hotel donde se alojaban? Pues probablemente, pero entonces se habría privado a los espectadores de un gran espectáculo, a la cadena de muchos clics para revivir esos momentos estelares en su web y a Twitter de unos vídeos que han provocado muchas risas. Lamentablemente soy de las que siguen venerando la regla de oro de que el periodista nunca debe convertirse en el centro de la noticia. Mucho me temo que en los casos mencionados se recordará más al reportero que a los protagonistas de la noticia. De todos modos en los últimos años se prodiga un nuevo estilo de reportero -que por el mismo motivo me gusta más bien poco- especialmente interesado en captar para sí toda la atención de la audiencia y situar en segundo plano la noticia que se supone debe contar. No abomino de la moda del reportero desenfadado, pero estoy segura que se puede cultivar un estilo cercano sin dejar de informar con rigor y, sobre todo, sin dar vergüenza ajena.

La verdadera esencia del reporterismo es informar desde donde está la noticia, transmitir al público de la manera más fiel lo que allí está sucediendo. Y el reportero no trabaja solo en televisión. Parece que se nos olvida que la radio y los periódicos también tienen reporteros, que juegan el mismo papel, realizan la misma labor, pero nadie les está mencionando. ¿Tenemos que desconfiar de ellos porque no les vemos empapados? ¿Pensar que lo que nos cuentan han podido inventarlo desde el confort de su hogar, mientras al reportero de la tele le daba Irma hasta en el carné de identidad en directo y ante millones de ojos asombrados? Cada medio tiene sus herramientas, su estilo, su manera, su código. Y la tele se rige por el show business. Para lo bueno y para lo malo. 

Voy acabando. Semanas antes de esta terrible época de huracanes y ciclones en EEUU, el sur de Asia vivía las peores inundaciones de la década con miles de víctimas. No recuerdo haber visto abrir ningún telediario con la imagen de un reportero entrando en directo, sumergido en el lodo y tiritando de frío, desde cualquiera de las ciudades más castigadas de la zona. Puede que se me haya pasado. O puede simplemente que ese ya no se considere un buen espectáculo para la sobremesa.