lunes, 16 de noviembre de 2015

Este mundo es un desastre

Lo de París ha sido una salvajada que nos ha sobrecogido a todos. Pero no mayor que las que se viven casi a diario en zonas consideradas “de conflicto”, donde también mueren civiles, gente normal y corriente que iba a hacer la compra al mercado o a recoger a sus hijos a la escuela y que una explosión borra del mapa.

El 12 de noviembre, dos bombas de terroristas suicidas acabaron con la vida de 41 personas y dejaron heridas a 200 en la capital del Líbano, Beirut. 

El 13 de noviembre, al menos 18 personas murieron y 40 resultaron heridas en un ataque suicida durante un funeral chií al suroeste de Bagdad (Irak).

Unas semanas antes, el 23 de octubre, dos sangrientos atentados golpearon Nigeria dejando un saldo de 55 muertos y más de 100 heridos en Maiduguri y Yola, dos grandes ciudades del noreste del país.

En Siria, tras más de cuatro años de conflicto armado, se han superado los 250.000 muertos, de los que más de 70.000 son civiles, y de ellos más de 12.000 menores.

Y podríamos seguir así, porque desafortunadamente matar y someter a la gente a base de terror parece demasiado fácil. Pero no es necesario, con este puñado de datos nos basta para analizar el distinto tratamiento que damos a unos y otros muertos, de hecho no recuerdo que la sociedad lamentara tanto la pérdida de vidas en los citados sucesos como ha ocurrido con los ataques de París. No digo que no haya que llorar y rezar por las víctimas de Francia, todo lo contrario, faltaría más. Sino que me gustaría que se llorara y rezara por todas las víctimas. Pero cuando el terror golpea en Siria, Líbano, Nigeria, Irak… como mucho le damos un breve en el telediario, por supuesto Facebook no nos ofrece la posibilidad de poner un filtro con la bandera de esos países en nuestra foto de perfil, ni los medios mandan en manadas a sus presentadores estrellas para hacer programas especiales desde allí. Y es que en las víctimas de París nos reconocemos, hemos visitado esos lugares, podríamos haber sido nosotros, nos imaginamos en un concierto, en una cafetería o en el fútbol, divirtiéndonos, y de manera inesperada pasar a ser una cifra oscilante. Además no estamos acostumbrados a que siembren nuestras calles de cadáveres, eso no puede pasar en ciudades como las nuestras -pensamos-, eso solo pasa en lugares en guerra, allí sí que están acostumbrados a bombas y muerte, por eso ya no nos impacta saber que ha habido un nuevo atentado en estos países, es el pan nuestro de cada día. 

Quizá deberíamos asumir lo que llevan repitiendo las autoridades desde el viernes, que el riesgo cero no existe, que el peligro está en cualquier parte y que ya no es exclusivo de ciertas zonas del planeta, como Oriente Medio, aunque a la gente le cueste aceptarlo o prefiera no pensarlo.

Eso sí, siento que si mueres salvajemente en occidente, el mundo entero llorará tu muerte, pero si te arrebatan la vida fuera de esta estupenda zona de confort donde residimos, interpretaremos que es uno de los riesgos que se corre. Como mucho, si es un niño la víctima y hay una cámara cerca, como en el caso del pequeño Aylan, nos llevaremos las manos a la cabeza y durante una semana pediremos que los políticos hagan algo. Según la ONG Save The Children, desde aquel suceso que conmovió al mundo, más de 70 niños han muerto ahogados en el Mediterráneo intentando escapar de su tierra y llegar al continente europeo, pero nadie, salvo los que les querían, les han llorado.

Ya lo decía Mafalda, la criatura más sabia creada por la mina de un lápiz, el del gran Quino




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