martes, 1 de marzo de 2016

Cuando la cárcel ni reeduca ni reinserta

La Constitución en su art. 25.2 dispone que “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”. Por su parte, la Ley Orgánica General Penitenciaria, en su preámbulo indica “Al defender en primer término la finalidad resocializadora de la pena, la Ley pretende significar que el penado no es un ser eliminado de la sociedad, sino una persona que continúa formando parte de la misma, incluso como miembro activo, si bien sometido a un particular régimen, motivado por el comportamiento antisocial anterior de aquel y encaminado a preparar su vuelta a la vida libre en las mejores condiciones para ejercitar socialmente su libertad”.


Tengo mis dudas sobre si las intenciones del sistema han cuajado o no en el caso del hombre libre que es hoy Arnaldo Otegui. Hablo del miembro de la banda terrorista ETA, condenado por participar en el secuestro en 1979 del entonces director de la planta de Michelín en Vitoria, Luis Abaitua –sugiero leer el relato de los hechos que publica El Mundo narrado por un hijo de la víctima-. El líder de la izquierda abertzale, defensor de la lucha armada, que nunca ha renegado de la estrategia del terror y que no solo no ha condenado la violencia, sino que no ha tenido pudor al justificar muchas muertes. Ese que se ha pasado seis años y medio en la cárcel por, según definió el tribunal, intentar reconstruir el brazo político de la banda armada, y que sus partidarios han elevado a los altares como mártir por sus ideas. Ese mismo ya está en la calle. Otra vez. Porque ya ha entrado y salido en varias ocasiones para ir respondiendo por sus delitos. Y como entonces ahora, tras verle y escucharle, nada hace suponer que ni esté reeducado ni esté reinsertado. Al menos no me ha parecido encontrar en su discurso la palabra perdón, arrepentimiento o víctimas. Cierto es que ha señalado que “la paz es el camino”, pero sigue calificándose como un “preso político”, arrestado por hacer “una apuesta por la paz” y que se siente “más independentista que nunca”. Todo apunta a que aspira a presentarse a lehendakari en las próximas elecciones vascas y así lo hará, porque aunque esta última condena incluía la inhabilitación para cargo público hasta 2021, parecen haber encontrado un error de forma en la redacción de la sentencia que podría dejar sin efecto la pena.

Reeducado o no, Otegui ha cumplido su condena y ahora tiene todo el derecho del mundo a salir a la calle y rehacer su vida, como marca la Ley. Pero no puedo evitar pensar en las víctimas. Dicen quienes han leído el libro-entrevista "El tiempo de las luces", editado en 2012 durante su estancia en prisión, que en él Otegui les pide sus más sinceras disculpas y dice sentir de corazón si desde su posición política había añadido "un ápice de dolor, sufrimiento o humillación a sus familias". Ignoro si las víctimas lo consideran suficiente. Solo se me ocurre recomendarles un enfoque para todo este asunto, el único que es legal y no trastornará su cordura: que piensen que el mayor castigo para este individuo no han sido estos pocos años privado de libertad lejos de su familia, ni tampoco llevar en la conciencia durante el resto de su vida el haber causado tanto dolor, más que nada porque quienes no respetan la vida de los demás no suelen llevar incluido de fábrica ese valioso elemento -la conciencia-. En realidad su mayor pena la va a encontrar a su regreso a casa, a un País Vasco distinto, donde no hay terrorismo, ni odio, ni miedo, con Bildu de capa caída y su partido Sortu hecho un carajal. Su mayor condena será que, cuando se presente finalmente a las elecciones, pasando por el aro del sistema democrático y constitucional que él repudió, la sociedad vasca le dé la espalda. Y, aunque suene a vieja sentencia de abuela, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

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