miércoles, 2 de marzo de 2016

Un pico en el Congreso

La expresión pico tiene varias acepciones. Está el pico que va en pareja con la pala, expresión obrera y lema de cabecera en su momento de Esperanza Aguirre. Está el pico que entra en vena y que se llevó por delante en otra época a muchos pobres diablos atrapados por la droga. Está el pico que corona la montaña, la cima más alta, la que solo se puede alcanzar cargado de coraje y paciencia. Está el pico de oro, la labia, el dominio de la oratoria, una cualidad difícil de encontrar por ahí. Está el pico de gallo, la genuina salsa mejicana, un acompañamiento a base de verduras frescas cortadas en dados. Y está el pico que más me gusta, el pico cariñoso, el beso fugaz en los labios, la antítesis del morreo, un signo de afecto entre dos personas que no necesariamente deben mantener una relación sentimental. Hay sectores donde suele ser más frecuente utilizar el pico como saludo habitual entre colegas, básicamente los oficios relacionados con el arte, el cine o el teatro, gente de escena, bohemia, que suele ser más de tocarse y abrazarse para hacer visible su admiración, cariño o respeto. No es la política uno de esos sectores. O no lo era hasta ahora. Dos diputados han roto el hielo. Pablo Iglesias (Podemos) y Xavier Domènech (En Comú Podem) se han fundido en un abrazo y han sellado con un pico en los labios y los ojos entornados la satisfacción del primero por el discurso del segundo durante la sesión de hoy del debate de Investidura de Pedro Sánchez. 


¿Homenaje? ¿Gesto? ¿Pose? ¿Mensaje subliminal? Cuando se trata de sastres que no dan puntada sin hilo es difícil saber si hay o no que leer entre líneas. Entiendo que la emoción de una primera vez es difícilmente reprimible, pero se me antoja un pelín excesiva la reacción, por muy buena que haya sido la intervención de Domènech -que no entro a valorar-, ni por muy íntima que sea la relación entre ambos, que no es el caso -que se sepa-.

No seré yo quien critique las muestras de afecto en un entorno como el Congreso, donde resuenan los ecos de la bronca más que de los “mua”. De hecho quizá si hubiera algo más de amor en el aire, le iría a este país mejor. Pero que no se carguen las tintas contra los testigos en primera fila del pico, los ministros De Guindos, Alonso y Tejerina, cuyas caras eran un poema para enmarcar. Una imagen de sorpresa impagable, pero lógica. ¿Qué quieren? No están habituados a ver tantas efusividades desde su escaño. Habrá que irse acostumbrando por si este baboseo es otro signo de la nueva política.

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