jueves, 7 de abril de 2016

Cuando existe un juez eficaz, no hay justicia lenta que valga

Se llama Juan Carlos Mompó y es el juez más eficaz de España. Entre que ve el caso y dicta sentencia solo pasan 24 o 48 horas. Así es lógico que el CGPJ le haya premiado por la buena gestión de su juzgado. El secreto de su éxito es simplemente la organización y el trabajo. Está al día de las demandas que se van presentando, se prepara todos los juicios antes de pisar la sala de vistas y luego se lleva algo de trabajo a casa para rematar. Eso sí, sin renunciar a su vida familiar y a hacer algo de ejercicio en el gimnasio. Agrupa causas por temas y trata de concentrar el mayor número de juicios sobre el mismo asunto el mismo día, pensando no tanto en él y su equipo como en los propios afectados. La media de espera para fijar las vistas en el Juzgado de primera instancia número 1 de Valencia es de un mes, mientras que en el resto de juzgados puede pasar hasta un año. Le respalda un gran equipo que conoce bien lo que se trae entre manos y que sintoniza con la forma de proceder de este magistrado que, por cierto, no necesita salir a la calle durante su jornada, con el frigorífico y el microondas de la oficina le basta.

Ahora imaginemos cómo sería la justicia en España si todos los juzgados fueran así y todos los jueces fueran tan eficaces. De entrada se evitarían casos como el de Adrián, un joven sevillano condenado a seis meses de prisión por robar en 2008 una bicicleta del servicio municipal de la capital andaluza. Tenía entonces 18 años y digamos que no estaba muy centrado. Sí, todo apunta a que era un pieza. Ahora piden su indulto porque dicen que está rehabilitado, trabaja en un restaurante y con su sueldo mantiene a su mujer y sus dos hijos, uno recién nacido. Es evidente que las circunstancias han cambiado. No digo yo que no se mereciera un escarmiento por lo que hizo, pero el castigo debería ser inmediato, no dilatar tanto la pena entre vistas, sentencias, recursos, revisiones, plazos… mientras la vida va pasando y da mil vueltas, tanto que del acusado ya no queda ni la sombra del que fue.

Procesos -en particular los relacionados con la corrupción- que se eternizan por el atasco judicial, por la complejidad de su investigación, por los recursos, por los plazos que establece la ley o porque directamente a las partes litigantes les conviene alargar artificialmente el caso, lo cierto es que suele ser más común oír hablar de sentencias absolutorias que llegan cuando ya es imposible restaurar los daños ocasionados al encausado, que de la justicia express que abandera Mompó. Sigamos soñando.




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