viernes, 15 de abril de 2016

Vivir con dolor

Hace un par de días me tomé un ibuprofeno después de meses sin consumir. No es que sea muy aficionada a este antiinflamatorio, todo lo contrario. De hecho intento evitar la ingesta de medicamentos por sistema y sustituirlos por alternativas caseras cuando aparecen esas pequeñas molestias cuyas causas resultan fácilmente diagnosticables. En este caso era evidente que las interminables horas mal sentada ante el ordenador me habían agarrotado el cuello y los hombros, hasta el extremo de conducir la tensión de la zona hacia la cabeza. Estaba grogi y ni masajearme los núcleos duros ni girar la cabeza como la niña de ‘El Exorcista’ iba a servir de alivio, así que me rendí al Ibuprofeno. No tardé ni diez minutos en experimentar mejoría. Un poco de calor local terminó de arreglarme. Es impresionante la rapidez con que actúa este fármaco en mi organismo. Quizá también se deba a que, como mi torrente sanguíneo no está muy familiarizado con esta droga, me ‘sube’ más que al resto. Y diréis, pues con lo bien que asimila tu cuerpo este tipo de preparados, qué idiotez someterse voluntariamente a un sufrimiento cuando existen métodos químicos para combatir el dolor que se han probado efectivos y están al alcance de la mano. Pues por varias razones:

-Me da vértigo comprobar lo que unos pocos gramos de una sustancia son capaces de generar en mi persona.

-Nos estamos acostumbrando tanto a mitigar cualquier incomodidad que surja en nuestra vida  que un día vamos a dar un verdadero sentido a la expresión “ni siente ni padece”.

-El dolor alerta de que algo no va bien, así que habría que averiguar primero ese enigma y luego tratar de arreglarlo, no enmascararlo.

-Quienes somos de cuelgue rápido preferimos no sumar una nueva adicción a nuestra lista de dependencias.

-Y por último y principalmente, cada día un nuevo titular compite con el anterior a ver cual la tiene más larga… la lista de efectos secundarios, me refiero: Leo hoy que el omeprazol, que yo consideraba el gran protector frente a las agresiones del resto de medicinas, resulta que puede dañar el riñón;  el ibuprofeno puede aumentar el riesgo de infarto e ictus, además de fastidiarte el estómago; el paracetamol no alivia más nuestro dolor que un placebo y, en cambio, en dosis superiores a las recomendadas puede provocar sangrado intestinal; hay medicamentos como los hipertensivos que alteran el olfato y el gusto, y, por cerrar la eterna colección de contraindicaciones con algún elemento habitual en el botiquín, el jarabe, hay poca evidencia que demuestre que la codeína es un remedio efectivo para la tos, mientras que existen pacientes que han sufrido estreñimiento y confusión tras una ingesta poco adecuada.


Ya sé que muchos de estos riesgos se evitan simplemente tomando la dosis pautada en el interior del envase o prescrita por el profesional, pero leer los prospectos no es lo más indicado para los que bordeamos la hipocondría. Supongo que soy una afortunada. Hay quienes necesitan atiborrarse de pastillas para vivir. Yo, en cambio, puedo elegir si quiero o no soportar el dolor. 

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