viernes, 20 de mayo de 2016

"De lilium tremens" o cómo perder una mañana buscando un lirio para un trabajo escolar sobre el sexo de las flores

Me he tirado toda la mañana de ayer buscando un lirio. La primera dificultad era identificarlo, claro.  Y el primer fake es el buscador de Google, que posiciona por encima imágenes para despistar. De eso me enteré unas horas después. 


Pero retrocedamos y sigamos el orden sagrado de las cosas. Mi hija se presentó en casa hace algunos días diciendo que tenía que llevar el viernes a clase un lirio para hacer un trabajo de Biología. Pensé que era mejor dejarlo para el último momento, así la flor no se ajaría y llegaría fresca y lozana. Según dedujimos, el trabajo era diseccionar la flor para descubrir sus órganos sexuales, el androceo, el gineceo y todo eso…

De modo que el jueves mi objetivo era encontrar el dichoso lirio. Comencé por grandes superficies, pero lo que encontraba eran ramos de flores variadas. Afiné un poco más visitando las pocas floristerías de la zona y en todas hallé la misma respuesta: no tenían lirios, sino lilium, porque los lirios son muy delicados, aguantan poco como flor cortada. Buscaba en internet y efectivamente salía la flor que me ofrecían los floristas, aunque insistían en que no era lo que yo pedía, el lirio, también conocido como iris. E incluso me explicaban que los lirios silvestres se pueden encontrar en el campo, los jardines y los arcenes de muchas carreteras. Mi madre vino a refrendar esa teoría, incluso me mandó por whatsapp fotos de lirios del pueblo para que distinguiera el auténtico de los sucedáneos.

Seguí recorriendo de arriba abajo los lugares donde podía haber flores: Vips, Supercor, Leroy Merlin… pero ni rastro del genuino lirio. Solo había ramos de los famosos lilium. Indagando sobre la variedad que habían utilizado otros alumnos supe que alguno se había atrevido a llevar una simple flor arrancada del jardín de casa y hubo quien directamente habían ido con las manos vacías. Comenzaba a pensar que quizá estaba dedicando demasiado tiempo a esta empresa.

Cerca de la hora de comer, después de haber hecho unos 50 kilómetros callejeando, yendo y viniendo, casi había desistido de encontrar el lirio con mayúsculas, ese que había pedido la profesora. Pero de camino a casa, al pasar por una zona residencial de lujosas casas vi los auténticos lirios silvestres amarillos. Pegué un frenazo y salí del coche dispuesta a arrancar uno. Cuando casi tenía el culo en pompa, pensé que quizá ese rectángulo de vegetación pertenecían a los dueños de la mansión y podían molestarse si me veían robarles un lirio desde el otro lado de la verja. Cansada del peregrinaje de toda la mañana y sin pensarlo dos veces llamé al timbre. Los inquilinos de la casa debían ser importantes, diría incluso que podrían pertenecer al cuerpo diplomático, porque a los pocos segundos de una especie de portería que había en la entrada apareció un agente de la Guardia Civil que me preguntó educado qué quería. Yo me quedé pálida pero para él debió de ser lo más raro que le han pedido en su vida. Efectivamente las flores de la entrada pertenecían a la casa y habría que preguntarle al jardinero de la propiedad. Como no lo encontró revisando las cámaras del circuito cerrado de seguridad de la finca, me sugirió que volviera más tarde. Y así lo hice. Cuando regresé salió a mi encuentro otro agente distinto. No fue necesario contarle de nuevo mi batalla. Estaba informado por su compañero. ‘¿Lo quiere para decoración?’, me preguntó, y yo tuve que reprimir una carcajada. ‘¡Qué va! Es para un trabajo del instituto’. Y zanjó la cuestión diciéndome ‘Vale, pues coja uno y váyase’. Sonó a ‘coge la pasta y lárgate antes de que te pillen’, así que elegí el que parecía más abierto, me agaché y con el único objeto cortante que tenía, unas llaves –no me atreví a pedirle una navaja al agente-, arranqué el lirio.


Llegué triunfante a casa, lo metí en agua rápidamente para que aguantara más y esperé a darle la buena nueva a mi hija. Cuando apareció y comencé a contarle la confusión entre lirio y lilium me cortó y me dijo ‘¡Eso, lilium!, la profesora ha dicho que vale el lilium, en realidad vale cualquier flor donde se vean bien sus partes… ¿Y esto qué es?’, dijo señalando mi lirio amarillo que empezaba a quedarse ‘chuchurrío’.

La odisea terminó después de comer, visitando dos grandes almacenes de jardinería, donde aprendí que al lilium también se le conoce como lirio y azucena, que existen cientos de variedades de la familia de las liliáceas, y que si está más cerrado, tipo bulbo, te sale más barato. Por supuesto, el que mi hija  necesitaba debía estar abierto. Eso se llama 4,95 euros. Directamente me rendí. ‘Póngamelo’. Hay que admitir que el lilium es mucho más vistoso que el lirio. 


Y todavía podemos recuperar parte de la inversión si organizo una reventa a la puerta del instituto con las dos flores extra que venían en el mismo tallo. Porque me ha salido un rato caro el trabajito de biología –entre gasolina, efectivo y tiempo-. Eso sí, todavía perdura en casa el olor a lilium. Vamos, que cierras los ojos y no sabes si están en una floristería o una funeraria.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada