martes, 31 de mayo de 2016

En el Día Mundial Sin Tabaco me alegro de haber dejado de fumar

Tomé la sabia y acertada decisión de dejar de fumar el 10 de abril de 2010. Creo que ya lo había mencionado en algún post anterior. Tanta precisión con la fecha se debe a que elegí el día porque había un Madrid-Barça y prometí dejar de fumar si mi equipo ganaba. El clásico acabó 0-2, así que, tras el partido, salí a la terraza de casa, extraje el último cigarrillo que quedaba en la cajetilla y me lo fumé. Aún saboreo esas últimas caladas. Para mí los mejores cigarrillos eran aquellos con los que cerraba la jornada, los que fumaba conscientemente, relajada, sin prisas. El resto del día, cuando aún se permitía ahumar las oficinas y los bares porque el país no había inventado todavía a un presidente llamado Zapatero, muchos de mis pitillos terminaban consumidos en el cenicero al lado del ordenador, mientras tenía los dedos ocupados aporreando el teclado. Es cierto que buena parte de los cigarrillos que me metía para el cuerpo iban asociados con el café o la caña, como para maridar sustancias nocivas, pero ninguno lo disfrutaba tanto como el de antes de acostarme.

A los pocos meses de dejar de fumar fui consciente del terrible olor que arrastran los fumadores y que no se percibe cuando es uno el que carga con el tufo encima. Por no hablar del aliento y de la ropa, el color amarillento de los dedos y la dentadura, la piel seca y arrugada, la tos de perro pulgoso… Desde que superé la adicción, me he especializado en detectar consumidores compulsivos de tabaco con solo verlos y en adivinar si en una casa reside un fumador con solo olfatear desde el otro lado de la puerta de entrada. Será por eso que dicen de que en cuanto rompes con el tabaco recuperas los sentidos del olfato y del gusto. La verdad es que no podría precisar si ahora saboreo más las comidas, como me aseguraban cuando me daban el coñazo para que dejara el vicio, pero sí doy fe de que engordé un puñado de kilos después de tomar la decisión de hacerles caso, sobrepeso que he podido quitarme a base de caminatas y largos de piscina. También he ganado en resistencia, todo sea dicho, y soy capaz de inspirar honda y profundamente sin romper a toser. Pero no he podido con las arrugas alrededor de la boca –el famoso código de barras de fumadora-, ahí siguen para atestiguar la cantidad de caladas que he podido dar en mi vida y la de velas que he soplado. Los expertos subrayan que el riesgo de infarto se reduce a las pocas horas de dejarlo, espero que al haber pasado ya seis años ese incremento de esperanza de vida sea exponencial. 

Fumé mi primer cigarrillo -un Ducados sustraído a mi padre por el método del descuido- a los 13 años y me lo fumé a escondidas con mis amigas aquel verano en la piscina de una de la pandilla. Hasta los 18 mantuve un vicio esporádico, gorroneaba y compartía pitillos, sobre todo las noches de fiesta, que casi encendíamos uno con la colilla del anterior. Ahora que descubro a algunas niñas de la edad de mi hija dando sus primeras caladas, me veo a mí misma jugando a ser mayor y siento cómo la gilipollez va asociada a la adolescencia. Menos mal que, en el mejor de los casos, igual que esa etapa, también suele ser pasajera. 

Luego, ya medio emancipada adquirí abiertamente ese mal hábito, siempre dentro de un orden, procuraba no pasar del paquete diario y me abstenía de soltar mis malos humos delante de la familia. Me inicié con el negro porque era más económico, pero cuando me excedía en su consumo quedaba afónica, así que cambié al rubio que parecía afectar menos a la que fue mi herramienta de trabajo. Cuando me daba el bajón, encendía un cigarro. Para inspirarme, encendía un cigarro. Para relajarme, encendía un cigarro. Si el protagonista de la película que estaba viendo en la tele se ponía a fumar, yo también encendía un cigarro. Y cuando, al volver por la noche a casa, reparaba en que me quedaba solo un pitillo en el paquete, no me recogía hasta localizar algún lugar donde comprar otra cajetilla, porque me aterraba la posibilidad de quedarme sin suministros y que me entraran las ganas. 

Durante el embarazo mi ginecólogo llegó a permitirme fumar pensando que iba a ser más perjudicial para el bebé la posible tensión nerviosa que me pudiera ocasionar el mono de abandonar esa insana dependencia. Visto hoy con perspectiva no hay día que no me arrepienta de mi temeridad, renuncié al jamón serrano por miedo a la toxoplasmosis y en cambio estuve dándole chutes de Malboro a mi criatura para no estresarme yo. Así se explican tantas cosas… Pero eso ya es historia desde aquel bendito día del Madrid-Barça en que lo dejé para siempre y sin ayuda. Debo decir que hubo algún intento previo y fallido de abandonar el tabaco, pero no fue hasta ese 10 de abril de hace 6 años cuando rompí definitivamente con la nicotina y el alquitrán.

Cuando yo dejé de fumar el paquete de tabaco que consumía no llegaba a los 4 euros, creo que en concreto debía costar unos 3,50 en el estanco. Hoy la marca equivalente ronda los 5. No hay pulmones ni economía familiar que lo resistan. En aquella época la marca de tu cajetilla decía mucho de ti, medía tu grado 'cool', y la solías dejar encima de la mesa bien visible. Hoy caminamos inexorablemente hacia el empaquetado neutro donde lo menos desagradable que puedes ver en el envase es la imagen de un órgano renegrido de un fumador. 

Hoy es el Día Mundial Sin Tabaco. Me alegro de haber dejado de fumar. ¿Queréis alguna razón más para abandonar el tabaco?

Si lo que os sobran son razones pero os falta fuerza de voluntad, ahí va un último salvavidas, el de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), que ayuda cada año a unos 3.000 españoles adictos al piti que quieren desengancharse. Cuentan incluso con su propia app desintoxicante para el smartphone: RespirApp. Y no es la única aplicación para dispositivo móvil con ese fin. Probad cualquiera de ellas y me contáis. Ánimo y suerte. Merece la pena.



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