sábado, 14 de mayo de 2016

Feliz Eurovisión

Esta noche se celebra el Festival de Eurovisión. Desde que tengo uso de razón ningún año me pierdo este espectáculo televisivo en directo. Rarezas que tiene una. Disfruto con la parte musical y sigo con interés las votaciones de los distintos países. No llego a eurofan, pero casi. Ya me gustaría. Si tuviera 'posibles' no me hubiera importado irme de fin de semana a Estocolmo, aunque solo fuera a ver el ambientillo.


Para localizar en mi hipocampo el primer recuerdo eurovisivo debo remontarme a 1975, cuando Sergio y Estíbaliz nos representaron con la canción ‘Tú volverás’, que me aprendí de memoria y tarareaba constantemente. Una de mis hermanas, sin yo saberlo, me grabó cantándola con un magnetofón casero, para pitorrearse de mí. No podría asegurar cuál de las dos fue. Es un recuerdo algo difuso. Aunque la edición que más marcada me dejó fue la de Betty Missiego con “Su Canción”, en 1979. La cursilada de tema incluía niños sobre el escenario. A parte de tararear el estribillo y lalarear el apoteósico final, uno de ellos respondía “¡Eh, mayor!” cuando Betty cantaba “uno fue y le dijo…”. ¡Qué momento! En el colegio llegamos a hacer una fiel recreación de esta actuación en fin de curso. Memorable... Pero volvamos al lío. España votaba la última. Íbamos liderando la clasificación con Israel pisándonos los talones a un punto. Y entonces, cuando al jurado español le tocó valorar las canciones participantes, le dio la máxima puntuación a los judíos. Ganó “Hallelujah”, de Milk and Honey. Es lo más cerca que he estado de ver ganar a España en este festival, porque el “La la la” de Masiel y el “Vivo cantando” de Salomé me pillaron en pañales.

Sí he visto, en cambio, a nuestro país caer derrotado el último con cero puntos, en el 83, la pobre Remedios Amaya y el “Quién maneja mi barca”. Pensaba que este fracaso nos echaría del certamen, pero me tranquilizaron al desvelarme que hagamos lo que hagamos siempre estaremos presentes, somos países con pase vip. Tenemos el privilegio de pertenecer al big five.


El primer festival de Eurovisión, en el 56 –han pasado seis décadas- se celebró en el país más neutral de todos, Suiza. fue un invento de la Unión Europea de Radiodifusión que buscaba unir a todos los países de un continente que aún arrastraba las secuelas de la guerra. Desde entonces mucho ha llovido y cambiado. Eurovisión ya no es lo que era. Hemos pasado de la orquesta en directo a la música pregrabada y son pocos los artistas que siguen defendiendo su canción en el idioma original del país, la mayoría han sucumbido a la comercialidad del inglés. Si hasta invitamos a un país como Australia -what a fuck…!-. Eso sí, los votos por proximidad de vecinos a vecinos ha sido siempre una constante. Últimamente la gracia está en detectar al excéntrico que se ha colado en el certamen: que si unas abuelas, un grupo heavy con máscaras terroríficas, un ‘transformer’ o un chiquilicuatre.

Para ver Eurovisión lo mejor es organizar una quedada, cuanta más gente mejor. Es importante sobrarse, comentar, hablar de los países como si fuera una reunión de la Comisión Europea, aprenderse coreografías, animar a España, hacer apuestas y, sobre todo, reír. Yo tengo muy mal ojo para las porras eurovisivas. Concretamente, mi estilo musical no es festivalero, así que me suelen gustar las canciones que quedan de mitad de la tabla para bajo. Salvo el año pasado que acerté con el sueco Mans Zelmerlow. Este año, además de la de Barei, que no me disgusta, tengo tres canciones favoritas, lo que significa que no se comerán un colín: 

Reino Unido 



Países Bajos



Bélgica



Ganará Rusia porque tiene una puesta en escena espectacular, pero la canción, comparada con mis apuestas, es un truño. Habrá que esperar a la noche para saber si acierto. Feliz Eurovisión.

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