domingo, 22 de mayo de 2016

Mi bandera es la blanca

Atención, pregunta: ¿Qué tienen en común un independentista catalán enarbolando la estelada y un neonazi exhibiendo con orgullo la enseña nacional? Pues que en ambos casos es el odio el que ondea la bandera al viento. Ignoro cuál de los dos entraña más peligro. Supongo que depende.

Yo soy mucho de Banderas, Antonio, y muy poco de las otras, como mucho para dar colorín a la final de un Mundial o un Festival de Eurovisión. El himno nacional no me emociona, quizá porque en general soy poco dada a idolatrar símbolos y casi nada amiga de manifestarme. Lo confieso, me falta el sentimiento de pertenencia y el gen reivindicativo. Sí, aquí, por escrito, soltando mi perorata al viento, lo que quieras; pero encabezar una marcha en protesta por algo, convocar una concentración ante un organismo oficial o pelear puño en alto por los derechos de la tribu, lo veo complicado. No he nacido para sindicalista, eso se lo dejo a mis hijos. 

Así que esta semana marcada por los debates sobre una bandera, la independentista catalana en concreto, me he sentido muy marciana. De un encuentro como la final de la Copa del Rey de esta noche en el Vicente Calderón me preocupa la seguridad y la deportividad. Espero que la Delegación del Gobierno, los clubes contendientes y la RFEF se coordinen al máximo para asegurar que el partido discurra dentro de la normalidad, que los protagonistas no caldeen el ambiente y que nadie introduzca en el campo nada que pueda suponer un riesgo para los asistentes. Yo, antes que el trozo de tela, examinaría los mástiles, como armas en potencia. Revisaría cada bolso, cada mochila. Identificaría a cada aficionado. Extremaría las medidas de seguridad rayando la paranoia, si es preciso. Que no están las cosas para tonterías. Y, por supuesto, no anunciaría una semana antes que están prohibidas las esteladas. El día del encuentro, si existe una normativa clara a la que aferrarse en ese sentido, obraría en consecuencia. Aunque, dado que lo que realmente importa en un partido de fútbol es lo que ocurre sobre el terreno de juego, probablemente no me detendría a requisar telas, a no ser que viera pancartas particularmente ofensivas. No creo que el proceso soberanista catalán vaya a depender de si un puñado de aficionados del Barça se presenta en el estadio a animar a su equipo meneando la banderita de la discordia. En cuanto a lo que pueda ocurrir durante el himno nacional, las posibles muestras de mala educación y pésimo gusto que se anuncian para ese momento por parte de los secesionistas, estamos ya curados de espanto.

Volviendo al trozo de tela, para ir terminando con otra comparación, como al principio, choca que la Delegación del Gobierno prohiba esteladas en la final de Copa, para que luego un juez ponga en evidencia su autoridad, y que esa misma institución permita una marcha de un grupo abiertamente neonazi, armado con banderas españolas, y que grita “Refugiados no, españoles sí”.

Lo dicho, la única bandera que realmente me toca la fibra es la bandera blanca, la de la paz. La que usamos los que sabemos cuándo rendirnos. Soy culé, así que espero que el Barça no tenga que ondearla esta noche frente al Sevilla.




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada