viernes, 6 de mayo de 2016

¡Tierra, trágame!

Ayer hice un ridículo espantoso. Viví un bochorno espectacular. Protagonicé un vergonzoso episodio. Afortunadamente no creo que nadie se percatara, solo yo fui consciente de la embarazosa situación. No os alarméis. Ya sabéis que tengo cierta tendencia al melodrama... Concretando: me presenté a una prueba para un empleo que, en principio, debía consistir simplemente en redactar una nota de prensa y al final me encontré con que, como extra, había que escribir una versión de la misma en inglés. ¡Tierra, trágame! Siempre he presumido de hablar inglés, lo mínimo para entenderme. En su momento le dediqué muchas horas de mi vida al estudio y la práctica de este idioma, pero el no hablarlo con frecuencia me ha impedido ganar en soltura, más bien todo lo contrario. Suelo leer artículos en inglés y ver películas en versión original, pero no es lo mismo. El caso es que mientras redactaba la nota de prensa en castellano me iba angustiando al pensar de dónde iba a sacar luego las palabras para traducir todas esas florituras.

Pero empecemos la historia por el principio. Hace meses supe por mi amiga Marta que la Universidad Autónoma de Madrid buscaba un periodista para el Gabinete de Prensa del Rectorado. Era un trabajo temporal que se cubriría mediante la elaboración de una bolsa de trabajo. Presenté mis papeles y después de un largo tiempo de espera ayer nos convocaron a más de 200 candidatos a la primera prueba, una redacción informativa. ¡Chupado!, pensé. Estoy harta de redactar notas de prensa, así que este escollo lo paso seguro. Luego, cuando vi que remarcaban lo de llevar bolígrafo, vinieron las dudas. ¿Cómo me las apañaré sin un teclado? Hace mucho que no escribo a mano, me da vértigo, sobre todo porque mi letra es una basura. Pero confié en que me dejaran un papel para anotar ideas en sucio. 


Y así, con los nervios clásicos previos al examen, me presenté en el campus de Cantoblanco con media hora de antelación. Ya había colegas apostados a la puerta del salón de actos de la Facultad de Formación del Profesorado y Educación. Me extrañó que no fuéramos mayoría los senior y que entre los aspirantes abundaran también veinteañeros. Yo a esa edad buscaba algo más de emoción que un Gabinete de Prensa, pero quién soy yo para juzgar los gustos y tendencias de cada profesional. 

Di una vuelta para hacer tiempo, visité los baños -asquerosos, por cierto-, curioseé el ambiente universitario y pasé el rato ojeando Twitter. Hasta que a las 12:30 en punto abrieron las puertas y comenzaron a recitar nuestros nombres por orden alfabético. Lo de apellidarse Beato significa que te van a llamar de las primeras y te van a colocar delante. Así que durante más de media hora estuve sentada en la butaca que me asignaron tratando de no pensar mientras de fondo sonaban los apellidos. Solo íbamos por la G y yo tenía ganas de ir al baño otra vez. Cuando sonaba Martínez estuve tentada de levantarme y escapar. En la S me empezaron a sonar las tripas y el silencio de la sala amplificó más el concierto interno. Por fin, casi tres cuartos de hora después nos dieron el examen y la sorpresa. La prueba tenía truco. Nos daban 90 minutos -¿tanto?- para escribir una nota de prensa a partir de un texto y aportar también la misma información en inglés. Creo que no fui la única apabullada por las circunstancias. Pero bueno, pensé que si presentaba una primera parte brillante, quizá pasarían por alto la precariedad de mi vocabulario y mi lamentable expresión escrita inglesa. 

En poco más de media hora redacté la primera información y me dispuse entonces a probar suerte con el inglés. A medida que completaba esa segunda parte en el que debía ser el idioma de Shakespeare, pero que en realidad era una nueva lengua improvisada por mí, iba notando cómo me subía el calor por las mejillas. El texto sobre el que debíamos inspirarnos era un convenio firmado por la Universidad con una entidad bancaria y una fundación, así que la primera en la frente fue traducir ‘convenio’. Ni de coña me salía la palabra en inglés o un vocablo equivalente. 
Solo con pensar en ese momentazo en que el examinador coja mi redacción y se disponga a leerla, me muero de la vergüenza. Le imagino haciendo chistes con sus colegas a cuenta de los palabros que me he inventado. Solo pido que los exámenes no terminen en Internet para regocijo de las redes sociales. Lo peor es que la parte en castellano me quedó muy mona. Al final, para liberarme de la frustración, me dio por pensar que quizá quien corrija mi texto valore más la habilidad con mi lengua materna y diga “Bueno, a fin de cuentas el puesto es para el Gabinete de Prensa del Rectorado, ¿con qué frecuencia sacan notas de prensa en inglés? Y si así fuera, siempre está el traductor de Google para echar una mano, ¿no?”.

Queda otra parte del examen, la técnica, específicamente centrada en lo que son las labores propias de un Gabinete de Prensa. No creo que se tomen la molestia de llamarme. En fin… Cuando ya fui profundamente consciente de la porquería de prueba que había hecho, muy digna, levanté la mano y transmití al tribunal la buena noticia. Había terminado mi examen. Mejor dicho, acababa de perpetrar la fechoría. Lo primero que hice nada más salir del salón fue buscar en el traductor del móvil cómo se decía convenio. Bueno, miento, lo primero fue ir al váter.

¿Qué he aprendido con esta nueva experiencia que me ha regalado la vida?

-El estrés de los exámenes ya no le viene bien a mi organismo. No quiero pensar en lo que debe ser presentarse a unas oposiciones. Totalmente descartado. 

-Debería refrescar mi inglés con urgencia. Right now!

-Si para un puesto temporal en un anodino gabinete de prensa se presenta tanto aspirante, quiere decir que estamos muchos igual de necesitados y que la lucha es encarnizada.

-No conozco ningún lugar donde el proceso para cubrir una plaza de manera temporal sea tan largo y laborioso… a no ser que incluyamos la renovación del Gobierno de España, claro. 

-Nunca se me va a olvidar cómo se dice convenio en inglés: agreement.

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