miércoles, 20 de julio de 2016

10 cosas que odiamos solo cuando las hacen los demás

Analizando las conductas de quienes me rodean y de mí misma he llegado a la conclusión de que utilizamos distintos raseros a la hora de medir las actitudes y comportamientos de los demás y los propios. Ya sé que no he inventado la pólvora. Es de sobra conocido. Desde que el hombre es hombre flota en el ambiente eso de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el de uno. Así que hoy, como me pide el cuerpo darle a la lista como entretenimiento veraniego, he recopilado 10 cosas que detestamos en otras personas y nos perdonamos a nosotros mismos, o lo que es lo mismo, 10 cosas que odiamos solo cuando las hacen los demás. Ahí van:



-Los gases y las deposiciones. Da asco oír los eructos de los demás y mayor repulsión suelen provocar tanto el sonido como el olor de los pedos ajenos, igual que los excrementos arrojados al wc por los culos de otros. Pero cuando se trata de los de uno parece que incluso tienen mejor aroma.

-Quitarse los zapatos. Cuando descubres que alguien se ha descalzado en un lugar público, lo ves como una práctica poco civilizada, a pesar de que conoces el placer de liberar los pies de ataduras y en más de una ocasión te ha tocado localizar a oscuras un zapato que previamente te habías quitado.

-Dudar al volante. Si todo indica que el conductor que nos precede no sabe muy bien dónde va, aminora la velocidad e interrumpe nuestra marcha, le pitamos porque nos molesta. Cuando nos encontramos nosotros perdidos vemos de lo más lógico frenar y no entendemos que nos llamen la atención otros vehículos. ¡Qué prisas!

-Colarse en una cola. Nos fastidia ver a alguien intentando colarse delante de nosotros en una cola, pero no dudamos en aceptar la invitación de algún conocido bien situado en una fila para ahorrarnos algunos puestos y tiempo de espera. Y si a alguien le molesta… que tire de esta.

-El ruido de comer pipas o maíz tostado. No hay nada que nos reviente más que alguien próximo a nosotros rompa el silencio pelando pipas o mascando kikos. Pero ese insoportable ruido deja de sonarnos cuando es nuestra mandíbula la que hace el trabajo.

-La impuntualidad. Nos parece de mala educación y poca consideración que nos hagan esperar, pero nos volvemos más condescendientes cuando somos nosotros quienes no atendemos puntualmente una cita.

-Las críticas y los consejos. No dudamos en cuestionar los comportamientos de los demás y nos aventuramos a dar consejos gratuitos sin que nadie nos los pida, pero nos cuesta aceptar las críticas y no consentimos que se atrevan a decirnos lo que tenemos que hacer.

-La altura. En el cine, en el teatro, en un concierto, nos hunde en la miseria que se nos ponga delante una persona alta que nos impida ver la pantalla o el escenario. No nos da ninguna pena, en cambio, cuando resulta que somos nosotros los que tapamos la visión a quien está detrás. Es más, hasta nos molesta escuchar cuchicheos sobre la cuestión.

-Los niños y las mascotas. Cuando los niños de los demás gritan, corren, lloran o saltan en lugares públicos y molestan, les lanzas miradas asesinas tanto a ellos como a sus padres; en el caso de las mascotas ocurre tres cuartos de lo mismo. Ahora que si se trata de los tuyos, les reprendes ligeramente para frenar a quienes sospechas que están hasta el gorro y sentencias ‘Son solo niños’ o 'Es solo un animal'.

-Los olvidos. Nos duele que no recuerden nuestro cumpleaños, un aniversario o una anécdota vital -es algo imperdonable-, pero si somos nosotros quienes olvidamos felicitar a alguien, por supuesto esperamos indulgencia. ¡No se puede estar en todo!


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