lunes, 18 de julio de 2016

Cuando la realidad aumentada provoca idiotez aumentada

El ser humano es excesivo en todas sus manifestaciones. Mejor dicho, una parte ampliamente representativa de nuestra especie tiende a sobrarse. También los mortales somos de caer fácilmente en adicciones, de volvernos locos por modas y de no usar la cabeza cuando hay un enganche de por medio.

Un claro ejemplo de esta contundente afirmación es la locura creada a raíz del lanzamiento de la aplicación para móviles Pokémon Go. Si sabéis quiénes son Pikachu, Snorlax y Vaporeon os sobra la explicación. Para aquellos a los que todo esto os suene a chino, os explico que se trata de un videojuego de aventura en realidad aumentada, desarrollado por Niantic y Nintendo, que permite al usuario buscar, capturar, entrenar, luchar y comerciar con Pokémons escondidos en el mundo real. La gracia está en recorrer calles y lugares con el GPS activado para, mediante una vibración de aviso, descubrir, capturar y coleccionar todo tipo de muñequitos a través del mapa que aparece reflejado en la pantalla del móvil y que -¡toma Moreno!- incluye 'pokeparadas' en puntos de interés turístico por los que pasa el jugador para obtener elementos útiles con los que avanzar en el juego. Localizado el bicho, encendemos la cámara del teléfono y vemos una imagen de un Pokémon superpuesta sobre la imagen real, por eso se considera que este juego es de realidad aumentada, porque con un Smartphone se puede apreciar la realidad mezclada con un elemento ficticio. Parece divertido, ¿eh? Eso mismo debieron pensar los miles de jugadores que han contribuido a disparar en bolsa las acciones de la compañía Nintendo, revalorizadas en 13.000 millones de dólares en una semana. Fueron tantas las descargas en masa y la sobrecarga de usuarios ávidos por lanzarse a cazar Picachus, que se bloquearon los servidores. Parece que la cosa está resuelta, al menos en ese aspecto. Aunque el verdadero problema es que la gente se deja llevar por la ludopatía, pierde el norte y no tiene en cuenta algunos de los riesgos que corre al entregarse a este infantil divertimento. 

Veremos cuánto se tarda en utilizar como eximente o atenuante en un tribunal eso de ir buscando Pokémons cuando te denuncien por colarte en una casa ajena o por pegarle un tiro a un chalado que se te mete hasta la cocina tratando de capturar esas criaturas virtuales. Lo peor es que la masa enfervorecida que montó estampidas para pillar muñequitos hace unos días en parques de Nueva York y Washington no estaba integrada por niños o adolescentes. ¡Qué va! Lo que más abundaban eran adultos de pelo en pecho, esos que en los 90 eran niños enganchados a la Game Boy y a estos tiernos personajes japonenes. Reavivado el furor por obra y gracia de la realidad aumentada, ya son varias las anécdotas que vamos conociendo sobre la locura que ha despertado también en España esta aplicación –que, por cierto, gasta datos y batería por un tubo-: desde un par de jugadores que no dudaron en colarse en el cuartel de la Guardia Civil de Las Rozas con el objetivo de aumentar su colección de Pokémons, a dos turistas que se adentraron en un túnel prohibido a peatones de la ciudad condal persiguiendo muñequitos, lo que ha obligado a incluir este asunto como uno de los puntos en el orden del día del próximo pleno del Ayuntamiento de Barcelona. 

En vista de que la cosa parece estar saliéndose de madre, hasta la Policía ha tenido que intervenir y dar consejos de uso para que el juego no se nos vaya de las manos.


Cuando cuestiono esta nueva moda, mis hijos, que son muy de engancharse a todo, me dicen que no me queje, que al menos este juego tiene a su favor que salen de casa y hacen ejercicio, no están sentados delante del ordenador toda la tarde. Y no digo yo que no sea beneficioso pasear por ahí buscando dibujos animados, pero sin perder el norte.

Los personajes de Pokémon evolucionan, los jugadores veo que no. Empiezo a creer que la naturaleza es sabia y que quizá esta es una más de las pruebas a las que el universo nos somete de vez en cuando para depurar la especie y purgarla de imbéciles. Pasó con los que se jugaban la vida haciéndose selfies en lugares peligrosos o con los idiotas que grababan en vídeo prácticas arriesgadas para el programa de la MTV ‘Jackass'. Ahora le toca el turno a los que son incapaces de diferenciar la realidad de la realidad aumentada, y entender que la primera no es un juego. 

En el mejor de los casos, como todas las modas, también esta pasará. Y en el peor, puede que el jueguecito muera de éxito. No descarto que sean sus propios responsables quienes se planteen retirarlo en caso de que a alguien, con perversas intenciones, se le ocurra darle un uso menos lúdico y quebrar la finísima línea que separa una simple anécdota de una terrible fatalidad. Y no está el mundo para muchos más sobresaltos...


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