viernes, 8 de julio de 2016

Las vacaciones escolares o qué hacer cuando no hay nada que hacer

Desde que comenzaron las vacaciones escolares estoy discutiendo con mis hijos por su –a mi entender- pobre imaginación y pésima selección de actividades para llenar su tiempo libre. Si no fuera porque les fuerzo a salir a caminar tres cuartos de hora cada mañana, les sugiero entretenimientos y les obligo a bajar a la piscina para darse un chapuzón –inaudito, sí, lo sé-, su manera de pasar el rato se reduciría a estar sentados en el sofá viendo vídeos de Youtube en su tablet o grabando ellos mismos su propio material gráfico para subirlo a alguna de las plataformas y aplicaciones que les tienen enganchados -Musical.ly, Video Star, Instagram o Snapchat- donde buscan likes como locos con cosas como esta.

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Soy consciente de que es una pérdida de tiempo comparar sus vacaciones con las de mi infancia. Entonces no había Internet, así que la situación no es equiparable. Pero hay otros elementos que son universales y no saben de épocas ni lugares. Por ejemplo, la socialización. Con 11 y 13 años, mis hijos nunca han hecho amigos entre la chiquillería del vecindario -que oímos gritar y jugar a todas horas por la urbanización-, pero es que ahora se resisten a relacionarse con el resto de niños, a pesar de que los conocen a todos. Eso sí, su actitud cambia cuando se trata de ver a otros compañeros de estudios, sus ‘verdaderos amigos’, que no viven aquí y hay que hacer ingeniería logística para que puedan quedar. Cuanto mayor trastorno me supone a mí el plan, menos pegas les ponen ellos a subir y bajar, entrar y salir.

Dicen quienes saben que hay que dejar que los niños se aburran, porque eso les hará más creativos. Mi problema no es exactamente que se aburran estando de vacaciones, es que no saben divertirse si no están enchufados a una pantalla. Así que el aburrimiento, la desidia y el conflicto llegan cuando les prohíbo utilizar tecnología.

Hasta el año pasado los campamentos fueron una solución, los urbanos, porque los de pernocta fuera de casa durante diez o quince días, en caso de plantearse, recibían no rotundo por su parte. Cuando me cruzo con alguna madre que tiene a sus hijos fuera de la ciudad en una de estas colonias veraniegas, noto que tiene el rostro más relajado que yo y la envidio profundamente. El caso es que ahora a mis hijos no les vale ningún tipo de campamento, ‘ya son mayores’ dicen, así que no voy a gastar ni un céntimo en forzarles a hacer algo que no quieren. Creo que he tenido demasiados miramientos con ellos. Intuyo que el problema radica en que les he pedido opinión más de lo que me pedían a mí de pequeña, y veo que lo más práctico es mostrarles el plan ya hecho sin opción a renegar o elegir.

Ayer les di un trapo y un plumero para que limpiaran el polvo de toda la casa. Les he puesto tarea escolar para que al menos desarrollen alguna dinámica intelectual. Me ha tocado aguantar una interminable partida de Monopoly en la que me lié a comprar propiedades y a caer en las ajenas para ver si me arruinaba cuanto antes, pero a mi hijo le dio lástima y me fue perdonando las deudas. He hecho el esfuerzo de hacer visible mi anatomía en el recinto de la piscina comunitaria para ver si así, acompañándoles, pasaban un rato dándose panzadas en el agua.

Al final soy yo la que termina agotada. Y mientras me dedico a hacer de animadora sociocultural para que rellenen el tiempo que les confisco los gadgets tecnológicos, descuido mis quehaceres que no son otros que enfocarme en el duro trabajo de buscar trabajo. Al margen, por supuesto, de alimentar este blog, que es lo único que al final me da tiempo a hacer de vez en cuando, entre discusión y discusión, entre actividad de entretenimiento y dolce far niente

En otras circunstancias probablemente me los llevaría a ver mundo, aunque eso de hacer turismo tampoco les entusiasma. Pero hasta que la situación no cambie, me temo que como mucho podremos meternos en la ducha, cerrar los ojos y, gracias a este gel que véis a la derecha, imaginar que estamos en el Amazonas. Es lo más lejos que voy a llegar este verano.  Mira por donde, ya se me ha ocurrido otro pasatiempo. 

Por cierto, es el jabón de baño que mejor huele de todos los que han pasado por mi esponja. Muy recomendable. 

Sí, ya lo sé, estoy fatal, así que ahorraos el comentario.

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