lunes, 1 de agosto de 2016

Cuando tus hijos te hacen saber que no eres tan enrollada como pensabas

Estoy de bajón. Hecha cisco. Devastada. Hundida. Pero, por encima de todo, muy cabreada. Mis hijos han pasado el fin de semana en casa de sus tíos para salir un poco de la rutina en que se estaba convirtiendo el verano. La experiencia la sugirió su tía y ellos aceptaron sin dudar. En cualquier lugar mejor que en casa. Son así. Supongo que es normal. Escapar de lo cotidiano es divertido. Lo que no me esperaba es que al recogerles iba a encontrar escasas muestras de afecto y, como colofón, tendría que ver lágrimas y escuchar reproches como que les daba pena que se acabara su estancia porque se lo habían pasado muy bien y allí les tratan distinto a como lo hacemos nosotros. Particularmente capitaneó los ataques la mayor, a quien la preadolescencia la está transformando en una maestra de la acidez. Es impresionante la soltura con la que la criatura puede dispararte acusaciones que duelen como si te azotaran la espalda con unos cilicios después de haberte quemado el sol la piel. 

Básicamente la traducción de la frase ‘Vosotros no sois iguales que los tíos’, que resume el chorreo que nos cayó y ‘animó’ el trayecto de vuelta a casa en coche, es que durante dos días mis hijos han hecho lo que les ha salido del mismísimo… y nadie les ha llamado la atención. Se han atiborrado a dulce, carbohidratos y salsas hipercalóricas, han pasado de hacer ejercicio, nadie les ha cronometrado el tiempo que se han tirado delante de una pantalla, les han dado todos los caprichos que se les han antojado, han estado despiertos hasta que les ha vencido el sueño… Sintetizando: han sido libres y no se han sometido a ninguna norma. La felicidad para ellos es eso. Todo lo contrario de lo que deben soportar cuando están bajo mi tutela y la de su padre. Sí, porque nosotros somos esos ogros asquerosos que les obligan a tomar verdura y fruta; esos odiosos monstruos que limitan su ingesta de chuches; esos malnacidos sin corazón que les permiten usar solo dos horas diarias los dispositivos electrónicos; esos latosos controladores que supervisan cada foto o vídeo que suben a redes sociales y el uso que hacen de Internet; esos desalmados que les dicen que hagan la cama, recojan la habitación y se duchen; esos personajes siniestros que les llevan a rastras al campo para pasear un poco, respirar aire puro y disfrutar de la naturaleza; esos maquiavélicos seres que les sugieren leer y hacer algo de deberes durante las vacaciones; esos torturadores sádicos que les organizan a traición visitas culturales a museos y monumentos para tratar de abrir su mente y que vean mundo; en definitiva, esos padres rollazo que les han caído en suerte. ¡Qué mala suerte! 

Sé que es lo que toca, que los niños pueden llegar a ser muy crueles, que los condenados dominan a la perfección el chantaje emocional y, sobre todo, que con el paraíso no se puede competir. Pero por un minuto he estado tentada de iniciar los trámites para traspasarles la custodia a sus tíos 'los enrollados'... 

Cómo me revienta que mis hijos aprecien tan poco lo mucho que tienen y los esfuerzos que hace una ‘mala madre’ como yo por intentar que sean felices. 


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