miércoles, 21 de septiembre de 2016

Más educación sexual y menos películas porno

Ahora resulta que un hombre que liga mucho no puede ser sospechoso de violación. Al menos es lo que se desprende de uno de los testimonios que ha aportado ante el juez la defensa de los sevillanos acusados de violar a una joven madrileña durante los últimos Sanfermines. Mientras se desarrolla la instrucción de este caso y se toma declaración a acusados, denunciante y testigos, respetando el principio de presunción de inocencia y antes de que se sepa cuál de las dos partes cuenta más verdad, los detalles que se van filtrando y vamos conociendo son sinceramente vomitivos, con o sin consentimiento.

La Manada, que así se llamaba el grupo de whatsapp de los amiguetes de los cinco procesados, se lo debió pasar a lo grande en las fiestas de Pamplona a juzgar por las frases que intercambiaron en el chat de machotes: “Follándonos a una entre los 5. Puta pasada de viaje”. Y el resto de bestias de la manada muriéndose de envidia por no estar allí disfrutando del planazo. “Hay vídeo” anunciaban ufanos. Porque también grabaron la hazaña. Y luego ya, por aprovechar al máximo la escapada, se dieron una vuelta por la suelta de vaquillas posterior al encierro. Y digo yo que antes lo mismo desayunaron, si es que no tenían el estómago revuelto, que vaya usted a saber... 

Sin ánimo de entrar a juzgar los usos y costumbres sexuales del personal, creo que el cine porno ha hecho mucho daño, en particular a los hombres y más concretamente a aquellos que, por la edad o por falta de riego, no saben discernir entre realidad y ficción. Y luego pasa lo que pasa, que algunos creen que pueden y deben reproducir lo que ven en la pantalla porque eso es lo normal e incluso es lo obligado. Así que en vez de dar conversación, detenerse en el juego de la seducción y poner también al cerebro a trabajar un poco- al otro cerebro, el de verdad, no el que llevan entre las piernas-, van a saco, arrancan la ropa y a los dos minutos pretenden que la damisela les esté ‘sorbiendo el seso’. 

O de repente, de farra con los amigotes, se encuentran con una chica sola que les sigue el rollo, les vacila, les devuelve las pelotas del peloteo… -y más si hay algo de alcohol y fiesta de por medio-, y ya se imaginan protagonizando una de sus escenas favoritas, dignas de cualquier basura firmada por el repugnante, sádico y presunto explotador y corruptor de menores, Torbe.

El sexo puede ser fabuloso, divertido, placentero, excitante…, siempre que compartan esas sensaciones todas las partes implicadas. Sospecho que ninguno de estos calificativos se le podría aplicar a la escena del portal en Pamplona.

Hace poco leía que este curso los estudiantes franceses van a aprender todos los secretos del clítoris a través de unas maquetas realizadas mediante impresión en 3D que van a instalar en los colegios. Es atinada la elección del órgano, que el pene ya está muy visto, conocido y encumbrado. Insiste así el gobierno galo en tratar de aprobar una asignatura pendiente en la etapa escolar: la educación sexual. Porque ahí creo que radica todo el problema: deberíamos invertir más tiempo en impartir educación sexual y dedicar menos al cine porno.

De hecho la educación sexual sirve para romper mitos, estereotipos y equiparar ambos géneros, mientras que el porno provoca el efecto contrario. Sí, es probable que excite a ambos sexos, aunque lo vean menos las mujeres que los hombres, pero reproduce roles viejunos, denigra a la mujer y las condiciones de trabajo para ellas son de todo menos idílicas. Leed alguna entrevista o biografía a actrices porno. Seguro que después, cuando veáis una de esas películas, ya no pensaréis ‘¡Qué bien se lo pasa la tía!’, sino ‘Vaya, a las mujeres reales puede que no les agrade que un pene enorme les agite la campanilla’.

Una pareja puede tener fantasías, inspiradas o no en el porno, compartirlas con el otro y de común acuerdo probar a hacerlas realidad. Pero sospecho que lo que sucedió en aquel portal de Pamplona no seguía esos esquemas.

Lo peor es cuando los que ven la película porno no son adultos, sino niños y adolescentes sin ninguna base de educación sexual. Ese visionado sin ninguna supervisión les genera una profunda confusión para terminar pensando que lo que deben esperar de una relación sexual es eso que sale en la pantalla. Y si es porno duro, no te digo yo lo que va a ir buscando esa criatura en cuanto sus hormonas le esclavicen. Así asistimos con asombro a esos cambios vertiginosos que han llevado a los chiquillos, en cuestión de un puñado de años, a pasar del ‘pedir salir’ a estrenarse en las artes amatorias con un trío.

Así que cuando esos críos alcancen la categoría de hombres y tengan éxito con las chicas, seguirán aspirando a hacer de sus encuentros sexuales una peli porno y creerán que ellas son como las de la película, y confundirán las señales y no captarán el significado de la palabra no, y no tendrán ningún escrúpulo en aplicar un poco de fuerza extra al asunto. Y si las chicas terminan acusándoles de un delito, habrá quien defienda a los galanes porque ‘ligan mucho y no tienen necesidad de violar, y pondrá en duda el testimonio de ellas y cuestionará por qué estaban solas tan tarde si no era buscando algo. 

En fin, no creo que haya una mujer sobre la faz de la tierra, ni siquiera profesional del sexo, que se someta voluntariamente, sin pasta de por medio, por puro placer, a cinco tíos que acaba de conocer, que se atreva a meterse en un portal con esa manada de lobos y les permita hacerle de todo, uno detrás de otro, sin ningún forcejeo, e incluso acepte que la graben con el móvil en ese trance. Sería cuestión de hacer una encuesta para averiguarlo. O mejor un referéndum, como el de la feria de Sevilla.




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