miércoles, 19 de octubre de 2016

Lluvia de premios

Estamos en las semanas de los premios, esos reconocimientos a la contribución a la humanidad de una persona en su campo de actividad y que en muchos casos se convierten en simple y oscuro objeto de deseo para vanidosos. La Academia sueca ya ha repartido sus Nobel; el viernes que viene se entregan en Oviedo los Princesa de Asturias; el viernes pasado se falló el Planeta –uno de mis sueños más inalcanzables-; y esta misma tarde se han fallado los Ondas, los históricos y prestigiosos premios de la Cadena SER. Yo antes también soñaba con que me dieran uno. Era cuando tenía la suerte de trabajar en ese medio tan mágico. Pero no me dio ni el tiempo ni el talento.


A cambio recuerdo que una vez me llamaron para comunicarme que me habían concedido una Antena de Plata, la hermana pobre de la Antena de Oro. Para ser justa y precisa explicaré que ambas las concede anualmente la Federación de Asociaciones de Radio y TV, que preside el insigne Federico Sánchez Aguilar, periodista de dilatada trayectoria y especializado en su última etapa profesional en el mundo taurino. Las de oro tienen un carácter nacional y las de plata se circunscriben al ámbito más local, al madrileño. Bueno, el caso es que a mí me llamó -creo recordar- la secretaria del susodicho para notificarme que era una de las agraciadas en aquella edición. Debía correr el año 2004, coincidió con el arranque de una temporada en la que la emisora en la que ‘militaba’ me había confiado un proyecto. La noticia me sorprendió, aún no había demostrado mi valía como directora y presentadora del programa, pero supuse que habrían agotado los candidatos. O quizá alguien me había recomendado para darle un empujón a mi carrera. O simplemente el presidente, al que conocía por haber coincidido en algún proyecto radiofónico, vio la posibilidad de hacerme un favor. ¡Yo qué sé! Superada la primera impresión, tras agradecerle profundamente la deferencia, me explicó que la ceremonia de entrega sería en una fecha –¡oh, fatalidad!- en la que yo tenía previsto un viaje familiar que no podía suspender. Así se lo transmití y aproveché para sugerir que podía enviar a alguien a recoger la Antena de Plata en mi nombre. Aunque se trataba de una conversación telefónica, pude adivinar que a mi interlocutora le cambiaba el gesto. Me contestó que esa alternativa no se contemplaba y que no me preocupara, que lo dejaban para la próxima edición. Por supuesto, nunca hubo otra edición.

Digamos que técnicamente no se puede considerar un rechazo, pero debo ser el único caso de gilipollas que se queda sin premio porque le va mal el día que se entregan, y no le aceptan que vaya nadie en su nombre, no como a Fernando Fernán Gómez, al que las ceremonias de los Goya le parecían un rollo y solía mandar a su hija a cumplir con el protocolo. Sí, ya sé que las comparaciones son odiosas...

Si no me equivoco, la Antena de Plata no comporta un premio en metálico, es simplemente un reconocimiento testimonial, una oportunidad de pavonearte ante los colegas, un homenaje a la honrilla acompañado por un trofeo que luego exhibes en el aparador del salón junto con la foto que te sacan en el evento. No es como el Nobel de Literatura, que está dotado con 800.000 euros, a los que no sé si renunciará Bob Dylan en vista de que no les coge el teléfono a los de la Academia sueca, que ya han tirado la toalla después de numerosos intentos infructuosos de contactar con él para darle la buena noticia. Supongo que alguno espera que se dé por enterado y que el día de la entrega de galardones se presente de manera espontánea, aunque ya supongo que sospechan que habrá una silla vacía. Ahora, que tendrá que cargar en su biografía con el galardón porque no puede ser devuelto ni revocado. Solo Sartre especificó a la Academia que no quería su Nobel ni regalado. Sartre era muy suyo. Y Dylan también, aunque no llega a esos extremos. Le habrá pillado la noticia de gira y no tendrá cobertura telefónica... ; ))) De hecho, cuando le concedieron el Príncipe de Asturias, excusó de forma educada su presencia en la gala. Pero, qué queréis que os diga, yo creo que es mucho más digno rechazar directamente el premio por principios

Al margen del carácter del premiado y su mayor o menor tendencia a recibir laureles, la propia esencia del gesto de premiar está cargada de injusticia. Al elegir entre varios candidatos un solo premiado, dejas fuera a otros muchos que tienen el mismo derecho y valía. Por no hablar de que siempre habrá alguien que la considere una elección equivocada.

En fin, que tras la anécdota vital que os he relatado, no sé si se me podría encasillar en el apartado de premiados o en el de ingratos que no valoran el detalle. Estaría más cómoda creando un tercer grupo, el de los que casi tenemos un premio (aunque fuera por nada), de modo que ya no esperamos más en esta vida y nos damos por satisfechos. 

Eso sí, estoy convencida de que el mejor premio, la mejor recompensa, es el simple reconocimiento verbal en forma de elogio, felicitación o agradecimiento a tu labor, tu carácter o tu persona. Me sobra la estatuilla, aunque venga con dotación. A estas alturas de mi vida, puesta a soñar con premios, prefiero que me caiga una lluvia de millones en la Primitiva.


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