viernes, 7 de octubre de 2016

Vivir para contarlo o morirse por grabarlo

No entiendo a qué obedece esa obsesión que nos ha entrado por retransmitir cada momento de nuestra vida, de grabar para la posteridad cada experiencia, de lanzar al mundo, sin una pizca de pudor, episodios que podrían y deberían vivirse íntimamente y, de esta manera, saturar de basura la nube, los servidores mundiales, las autopistas de la información y todo lo que se nos ponga por delante.

Leo que han disparado a un concursante del programa La Voz Méjico y que, aún herido, decidió transmitir en vivo su traslado al hospital.

Más tarde me entero que un conductor de autobús en Argentina se puso a lanzar a través de Facebook vídeos e imágenes del momento en que una de sus pasajeras se puso de parto.

He llegado a ir a conciertos donde la mayor parte del público seguía la actuación a través de la pantalla de su móvil, mientras grababa pensando en presumir en sus redes sociales de su buena suerte por asistir en directo a un evento que en realidad no estaba mirando directamente. Sí, surrealista.

Niñas de la edad de mi hija (13 años) hacen retransmisiones en directo por Periscope jugando a maquillarse cual Lolitas, invitando a cualquiera que tenga acceso a internet a contemplar esa escena blanca que, dependiendo de los ojos de quien la mire, puede cargarse de otras connotaciones menos inocentes.

Hoy los niños ya no quieren ser futbolistas o veterinarios, no señor, quieren ser youtubers, y luego pasa lo que pasa. Hace poco conocíamos el caso de uno que endeudó a su familia con su canal de Youtube. Pensaba que estaba recibiendo ingresos por sus vídeos cuando lo que hacía era engordar cargos por contratar sin saberlo publicidad. Por suerte para sus progenitores, todo ha quedado en anécdota

Luego están los adultos que graban, vaya usted a saber con qué propósito, sus encuentros sexuales. Supongo que porque les excita más, o para verse y mejorar ciertas posturas, o simplemente para presumir de su hazaña con los amigotes exhibiendo pruebas… Antes valía simplemente con contarlo… Me viene a la cabeza la anécdota sobre Luis Miguel Dominguín y Ava Gardner; dicen que después de su primera noche juntos, él se vistió a toda velocidad para irse y cuando ella le preguntó dónde iba con tanta prisa, él le contesto, ‘a contarlo’… Nunca se ha sabido cuánto hubo de verdad o de leyenda en esta historia, lo que seguro no hubo fue una cámara para inmortalizarlo.

Hablando de esos que graban para ilustrar con imágenes sus narraciones, no mencionaré a los 'videoaficionados' que presuntamente convirtieron los últimos Sanfermines en un infierno para una joven madrileña, que de eso ya he hablado por aquí. Prefiero detenerme en un episodio aún más reciente, el caso del vídeo de contenido sexual que se ha filtrado a Internet en el que aparecen los futbolistas Sergi Enrich y Antonio Luna haciendo un trío con una mujer que, por cierto, desconocía que la estaban grabando –es decir, fue sin su consentimiento- y que cuando se percató de la vileza pidió que pararan. “¡Para, eso NO…!” se le oye decir a la mujer. Pero ese NO no sirvió de nada. Hoy medio país ha sido espectador de lo que debería haber sido una íntima aventura sexual y al final se ha convertido en alpiste porno para usuarios de la red. Hay gente que sigue pensando que cuando nosotras decimos NO en realidad queremos decir SÍ. Creen que si una mujer se niega a algo, lo que espera es que insistas un poco más hasta convencerla de hacerlo, que es lo que en el fondo le encantaría desde el principio, pero no se atreve. ¿En qué cabeza infradesarrollada cabe teoría tan pasada de moda como retorcida? Si crees que no es rechazo, sino que simplemente está haciéndose la dura, te equivocas, pierdes el tiempo, déjala en paz, hazle caso, entiende su palabra. NO.

Pero me estoy desviando de la cuestión… es el tema, que me arrastra… De lo que quería hablar hoy es de esa locura por enchufarnos la cámara y hablarle como si estuviéramos permanentemente en un casting para un concurso de televisión. Me resisto a echarle la culpa a Youtube, aunque flaco favor hace a la salud mental de nuestra civilización al haber despertado esa competencia feroz por ver quién capta el momento más surrealista que provoque automáticamente el millón de clics.

Ahora triunfa Piko Taro, un tipo japonés que canta una canción absurda dedicada a la manzana, la piña y el lápiz, aunque en inglés se presta más al juego de palabras: PEN-PINEAPPLE-APPLE-PEN


Como podéis observar, no es un vídeo casero, es profesional, busca hacerse viral y ya lo ha conseguido. A eso aspira cada uno de los usuarios de Smartphone con alma de reportero. El Smartphone, Internet, Youtube, los medios que dan relevancia hasta el más miserable aleteo de una mosca… todo ello ha cambiado la manera en que vivimos la vida. Ahora la miramos con ojos de ‘aquí puede haber una noticia y yo quiero ser el protagonista’. O mejor dicho, ‘con esto lo voy a petar’.

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