martes, 1 de noviembre de 2016

Mis cinco epitafios favoritos

Me gusta visitar cementerios. No creo que llegue a rozar la necrofilia, aunque haya conocidos que no entiendan esta afición y me consideren morbosa. Cuando estuve en París, no pude evitar adentrarme en el Cementerio de Père-Lachaise, un camposanto repleto de tumbas de estrellas, y buscar los lugares donde reposan Jim Morrison, Oscar Wilde, Molière o Sartre y Beauvoir. Cuando visité Buenos Aires, me acerqué hasta La Recoleta, no solo por ver el lugar donde enterraron a Evita, sino por ser testigo de cómo un recinto de estas características puede ser una obra de arte. El de San Isidro en Madrid es de una belleza decadente que te arranca suspiros. Y con La Almudena tengo pendiente un paseo en profundidad.

También siento una especial atracción por las esquelas. Cuando cae un ABC en mis manos me veo obligada a detenerme en esas páginas y leer una a una las identidades de los fallecidos, su edad, la frase que le dedica la familia y otros detalles que te aporta cada una de las necrológicas. Los obituarios también me llaman la atención. En todos los casos trato de imaginarme al difunto, su vida, sus últimos días, el vacío que deja entre sus allegados, el momento de redactar esas palabras finales o sus intenciones al figurar en esa pequeña reseña una frase determinada.

Durante una temporada barajé la posibilidad de escribir un libro de historias y perfiles a partir de sus esquelas. Comencé a recortar y coleccionar aquellas que me llamaban la atención por salirse de lo habitual: las que no llevaban cruz católica, las que incluían frases para la posteridad, las minimalistas... Para después escarbar e investigar el porqué de cada uno de esos detalles. El proyecto me parecía apasionante, pero como todo, requería de esfuerzo, tiempo y dedicación, y yo en aquel momento no lo tenía. No descarto retomarlo cuando vuelva a desocuparme.

He desempolvado -y nunca mejor dicho- este asunto pendiente por culpa del Día de Todos los Santos, esa fecha del año en que la gente que nunca va al cementerio a visitar a sus muertos, hace un esfuerzo por romper esa tónica y termina comprando flores para llevarle al familiar difunto -gracias Santi por el impagable testimonio gráfico que ilustra este post, los 'crisantelmos' se van a convertir en mi flor favorita-. Y este es también un día que a mí me sirve para confesar esta disfunción que padezco y que me lleva a interesarme por estas cuestiones tan ‘animadas’. En esta línea hay un género que me fascina. Es el de los epitafios, esas frases para la posteridad que encontramos en algunas lápidas como homenaje al que se ha ido por parte de los que le sobreviven o simplemente por decisión personal del finado que, al tiempo que hace testamento para legar sus bienes a sus herederos, también busca resumir en una frase lo que ha sido su vida o el modo en el que quiere que le recuerden. Hay mucho publicado al respecto, infinidad de ejemplos, algunos se dan por reales aunque son simples leyendas urbanas. Hoy, para que el día sea menos triste, en homenaje a todos los que queremos y ya no están, ahí van mis cinco epitafios favoritos:

Tumba de Molière: Aquí yace Molière el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto, y de verdad que lo hace bien.


Lápida de Billy Wilder: I'm a writer but then nobody's perfect (Soy escritor, pero nadie es perfecto).


Inscripción en la sepultura de José Mª Bejarano, empresario y músico: Montoro, cabrón. Ahora ven y cobras.   


Nicho del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela. Si buscáis los máximos elogios, moríos.


Y para terminar, la lápida que señala dónde está enterrado Mel Blanc, el hombre de las 1.000 voces, que dobló a un montón de dibujos animados, entre ellos Bugs Bunny y el cerdito Porky: That's all folks (Eso es todo amigos).


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