viernes, 30 de diciembre de 2016

La complicada misión de regalar y acertar

Los españoles "tiran" 2.000 millones de euros en regalos de Navidad no deseados. 2.000 millones, que se dice pronto. Para que os hagáis una idea, 2.000 millones es lo que se han gastado en artículos de lujo a lo largo de todo este año los turistas extracomunitarios que han visitado nuestro país. 2.000 millones es lo que pretende invertir la compañía estadounidense Cordish en construir un "megacomplejo" de 134 hectáreas de ocio en el municipio madrileño de Torres de la Alameda, al estilo del fallido Eurovegas. Y poco más de 2.000 millones, aunque en este caso de dólares, se gastaron Clinton, Trump y quienes les apoyaron en la batalla de las presidenciales norteamericanas. Os he calzado toda esta comparativa para que os hierva más la sangre por la cantidad de pasta mal empleada que propicia esta época del año con su Papá Noel y sus Reyes Magos.

Parece que familiares de segundo grado y compañeros de trabajo son los que menos aciertan regalando. Para colmo, esas personas que se toman la molestia de comprar un detalle para alguien que no sabe apreciarlo, se gastan una media de 57 euros. O sea, no es ya que te desprecien el regalo, es que encima has perdido el tiempo y el dinero. 

Todavía conservo en mi armario sin estrenar un conjunto de lencería que me regalaron hace años unos compañeros de trabajo y que no me he puesto más que una vez, cuando me lo probé y certifiqué que aquello no era para mí. Aunque, ahora que lo pienso, no descarto darle una segunda vida si cuando se me acabe este contrato de sustitución no encuentro otra cosa y todo me conduce a emplearme como madame en un burdel.

Lo de los regalos es muy delicado. A mí me gustaría que quienes me conocen lo demostraran cuando planean obsequiarme. Me fastidia que me pregunten qué quiero que me regalen. Tener que pensar en ello me estresa. Diría siempre que nada. O que me sorprendan. O que elijan lo que quieran, pero focalizándose en mí cuando lo compren. Yo creo que es fácil si se hace un pequeño esfuerzo, es decir, igual que a un calvo no le regalas un cepillo, ni a un abstemio una botella de vodka, si sabes que a alguien le gusta la música, el cine, viajar, leer o la jardinería, en todos esos campos seguro que encuentras algo original que regalar. Basta con pillar alguna idea de cualquiera de las múltiples sugerencias que incluyen los periódicos y revistas cuando se van acercando estas fechas. Pero claro, eso requiere dedicarle tiempo, pensar y observar. Y arriesgarse, claro que sí. No hay nada que no pueda solucionar un ticket regalo. Aunque no sé yo qué es mejor, porque si estresante es el periodo de compras navideñas, no te digo ya cómo es el de devoluciones posnavideñas.

Por eso, a mí, más que recibir, me gusta regalar; me gusta jugar a adivinar qué obsequio puede cuadrarle a cada uno. Y, sobre todo, hacerlo no por cumplir, ni por reciprocidad. No quiero forzar a nadie a que imite mi gesto, no es lo que busco. Regalo sin esperar nada a cambio, salvo experimentar la sensación de que la sorpresa ha funcionado y la elección ha sido la acertada. Esto no lo entiende todo el mundo, así que con más frecuencia de la que me gustaría me topo con la incomprensión, la crítica o los sermones de quien no comulga con mi pasatiempo. 

Después de algunos años enfrentándome al complicado ritual del regalo navideño, ya estoy en condiciones de establecer siete reglas de oro para que este intercambio de presentes no termine amargando la vida a nadie. 

-No hay que complicarse más de la cuenta pensando qué regalar a los compañeros del trabajo. Si es espontáneo, cualquier pequeño detalle vale. Todo lo que llega de manera inesperada es recibido como si fuera el bote de un Euromillones. A mí me cayeron sorpresivamente una caja de galletas danesas y un broche artesano de Papá Noel hecho con ganchillo y fui la mujer más feliz del mundo. Quizá también es que soy demasiado agradecida.

-Evita pedir o regalar ropa. Ese tipo de artículos es mejor elegirlos y comprarlos uno mismo. Los gustos por la moda son muy subjetivos. Tu suegra tiene un concepto de la elegancia que no tiene que coincidir obligatoriamente con lo que piensa tu hija. Desde las tallas, hasta el modelo o el color, cualquier cosa puede cambiar en función de quien lo mira, así que no te arriesgues con los demás. Regálatelo tu mismo. Y si sucumbes a la tentación, imprescindible que incluya ticket regalo.

-Sé todo lo explícito que puedas en tu carta: marca, modelo, color, precio, incluso foto y lugar donde encontrarlo. Todo detalle es poco cuando se quiere acertar, evitar decepciones y eludir devoluciones.

-Nunca confieses cuánto dinero te has gastado en regalos. Si es poco te llamarán roñoso; si es mucho, te censurarán por manirroto y te interrogarán en modo auditoría para descubrir en qué te has gastado tanto.

-Aunque suene adolescente, organizar un amigo invisible allí donde coincide mucha gente es una solución perfecta. Cada uno piensa en un regalo para el que le toca en suerte y asunto resuelto. Adiós a los quebraderos de cabeza y al gasto desorbitado.

-Para ahorrarse atascos, colas y estrés, se inventó la compra por Internet. ¡Gracias, señor Amazon! Así que no desaprovechéis la oportunidad de apuntaros al lujo del shopping en pijama y al colegueo con el mensajero que al día siguiente te despierta con el paquete calentito. 

-Y por último, viene bien recordar que, aunque suene más almibarado que el guión de una película Disney, muchas veces los verdaderos regalos son gratis y están al alcance de la mano si uno quiere, se lo propone y se esfuerza: una caricia, una sonrisa, un paseo, un abrazo, un rato compartido sin gritos ni discusiones… son mucho más valiosos que un Iphone, un Mac, unas entradas para un concierto de tu artista favorito o un crucero por el Caribe... Bueno, puede que quizá haya exagerado. 

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