Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

domingo, 23 de abril de 2017

En proceso de recuperación de un bloqueo bloguero

Bloqueada. Descentrada. En blanco. Seca de inspiración. Rayada. Vacía. Así llevo ya demasiados días. He aquí el motivo por el que he tardado en actualizar este blog dos semanas, mucho más tiempo del habitual. No encuentro ni la idea, ni el momento, ni las ganas, ni el tiempo… ¡Pero si estás en paro!, me reprocharéis. Sí. Por eso mismo. Porque tengo la sensación de que nunca son suficientes las horas que le dedico a la búsqueda activa de empleo -mi objetivo principal en este momento-, así que cuando me digo que tengo que alimentar este blog y me pongo manos a la obra, a los diez minutos, si no me ha salido un puñado de líneas decentes, aparco la misión y vuelvo a pasearme por Linkedin o a rastrear Indeed, con la sensación de que todo lo que no sea tratar de reincorporarme al mercado laboral de la manera tradicional es procrastinar y evitando desperdiciar mi precioso tiempo en actividades que me desvíen de ese camino.

Y, claro, así es imposible, porque el proceso de parir un post requiere un tiempo de dedicación amplio. No vale entregarte a la tarea justo el rato que te queda libre hasta que termina de centrifugar la lavadora. Lo ideal es que puedas prometerle exclusividad al acto de escribir, es decir, nada de ejercer de mujer multitarea y comenzar a redactar el post mientras aireas la habitación o esperas que pite la olla a presión. Hay que ‘centrarse y con-centrarse’ en esa actividad de principio a fin. Para empezar, es preciso elegir un tema; documentarte al respecto para que no se quede simplemente en tu ‘modesta opinión’; enriquecer el texto con enlaces de interés; ilustrarlo y, finalmente, dejarlo volar. Y no resulta fácil hacer todo eso cuando tienes tareas por acabar, asuntos pendientes, el tiempo justo y gente a tu alrededor reclamando tu atención o esperando que termines de aporrear el teclado. Esta situación es la menos inspiradora del mundo. Y eso que yo soy de abstraerme bastante. 

Otras veces simplemente es mi cabeza la que no coopera. Me vuelco en mi propia tormenta de ideas interna, voy repasando temas sobre los que tendría bastante que decir, escojo el que considero que ofrece más posibilidades y, cuando empiezo a redactar, llego a un punto en el que me asaltan las dudas sobre si lo que escribo tiene la suficiente chispa como para interesarle a alguien y prestigiarme a mí. Es entonces cuando todas mis inseguridades se apoderan de mis dedos y, una de tres: aprieto la tecla de retroceso hasta que no quede una letra sobre el fondo blanco, selecciono todo el texto y le doy a suprimir o cierro Word sin salvar el documento. Y los tres caminos conducen al mismo punto: abortar el intento.

En ocasiones comienzo con muy buena predisposición. De hoy no pasa, venga, si te lo pasas muy bien haciendo esto –me digo-. Y me preparo. Reviso las noticias. Me detengo un momento para abrir el correo electrónico que me acaba de entrar. Lo contesto. Retomo el repaso de la prensa. Paro para contestar un whatsapp que me pita en el móvil. Continúo echando un vistazo a la información por internet. Llaman al telefonillo de la puerta. Atiendo a alguien que se ha confundido. Otro mensaje telefónico. Que si puedo hacer un favor de manera desinteresada, redactar un texto, diseñar un cartel. Lo hago, venga, que no me llevará mucho. Cuando acabo, la vejiga me pide una tregua. Se la doy. Vuelvo a sentarme para tratar de avanzar, pero reparo en que tengo sed y mi taza se ha quedado vacía, así que voy a la cocina a rellenarla. Allí me doy cuenta de que se me ha olvidado recoger los restos del desayuno. Me pongo a ello. Aprovecho para barrer un poco las migas del suelo. Ya que tengo la escoba en la mano, pienso que no le vendría mal al resto de la casa una pasada para hacer desaparecer las pelusas de los rincones y los bajos de la cama. Al final se me ha escapado una valiosa hora que podía haber dedicado a mandar currículum, avanzar en el enésimo MOOC en el que me he apuntado, estudiar inglés, ordenar mi archivo de fotos, limpiar de basura el Mac, ver el primer capítulo de una serie muy buena de la que me han hablado o pulir un poco más mi página web personal.

Ya veis cuál es el panorama. Y aquí no he incluido esos momentos en que, justo cuando parece que las musas se han presentado sin avisar, alguno de mis hijos me pide que le ayude a buscar algo que no encuentra, le planche una camiseta que necesita para mañana, le haga la merienda, le cosa una prenda que se le ha roto, le pregunte los temas que entran en el examen, le cure una herida o le dé mi opinión sobre un vídeo de no sé quién. Y si se me ocurre responderles que esperen un momentito, que estoy terminando una cosa importante, todavía tengo que escucharles echarme en cara que estoy todo el rato pegada al ordenador, mientras que a ellos les raciono las pantallas. 

Lo peor de todo es que, aunque busque mil excusas ajenas a mí, en el fondo soy consciente de que la principal causa del bloqueo que me tiene agilipollada está única y exclusivamente en mi maldita cabeza.


domingo, 9 de abril de 2017

Hoy me toca venderme

Un antiguo compañero de trabajo se ha quedado en la calle. Era director de una emisora de radio provincial. Su empresa ha decidido recortar costes y suprimir las direcciones provinciales dentro de la cadena. Imagino que lo que antes se hacía con diez ahora se hará con cinco empleados, que seguirán cobrando lo mismo pero tendrán el doble de tarea y responsabilidad

Otro antiguo compañero dirigía y presentaba un informativo en una televisión autonómica hasta hace unas semanas en que decidieron sustituirle por otro, probablemente porque no es un tipo complaciente y algunos piensan que no es suficiente con no morder la mano que te da de comer, sino que además hay que lamerla.

Ambos son profesionales sobradamente experimentados, que conocen el medio y derrochan habilidades. Pero nada de eso ha importado. Me he enterado de su situación accidentalmente, justo cuando iba a recurrir a ambos para hacerles saber que ando buscando un nuevo empleo. Pensaba que, metidos en el ajo, ellos podrían tener más facilidad que yo para enterarse de alguna oportunidad laboral de esas que dicen que existen, pero quedan ocultas porque no se publican, y a las que solo puedes acceder si tu red de contactos se acuerda de ti. Pero me encuentro con que ellos están igual que yo, fuera de juego. 

Son solo dos de los múltiples ejemplos de periodistas o profesionales de los medios de comunicación más o menos de mi edad que -cosas de la vida- se han quedado sin su trabajo en los últimos años. Como veis, el mío no es un caso aislado, lo que complica la búsqueda. Demasiada gente intentado reengancharse en empresas a las que no les salen los números y compitiendo con las nuevas generaciones que se conforman con un contrato en prácticas de 300 euros. No es extraño que en los más de 20 meses que han pasado desde mi último contrato más o menos estable, del centenar de ofertas a las que habré enviado mi curriculum, no me han llamado para ninguna entrevista, salvo las dos veces que me han citado a través del Servicio Regional de Empleo, y en ambas me han terminado cogiendo, aunque para breves contratos de sustitución. 

Como solución a este panorama, a los profesionales veteranos les toca darse de alta como autónomos y hacer encaje de bolillos con distintas colaboraciones puntuales. En esta situación he encontrado a varias de las personas de mi red de contactos a las que también he recurrido, así que imagino que cualquier oportunidad que conozcan la pillarán ellos antes que mandármela a mí, y no se lo reprocho. Los hay que directamente han tirado la toalla del periodismo y han optado por reconvertirse en camareros o dependientes. A la fuerza ahorcan. También me he topado, porque no parezca que el oficio está peor de lo que está, con los afortunados que conservan milagrosamente su trabajo y me escuchan pensando ‘Nunca debiste marcharte de este lugar. Estas son las consecuencias’. Pero a la hora de verbalizarlo solo dicen ‘Claro que sí, por descontado, si me entero de algo te aviso’.

En definitiva, la única opción que se me vuelve a presentar es convertirme en freelance, ofrecer mis servicios directamente a quien pueda interesarle y venderme al mejor postor (o a todos). Aunque la competencia es feroz. Dicen los expertos que el secreto está en distinguirte, hacer algo que no haga nadie, buscar un nicho de público y destacar. En ello estoy, dándole vueltas a la cabecita sin descanso. Mientras se me enciende la bombilla, aprovecharé esta tribuna para anunciarme. Nunca he sabido venderme a mí misma -es mi asignatura pendiente-, pero haré un esfuerzo. ¡Atención! Si necesitáis o sabéis de alguien que necesite una periodista como yo, aquí me tenéis. ¿Que qué tipo de servicios puedo ofrecer? Por poner algún ejemplo:

1.-Puedo llevar la comunicación de asociaciones, fundaciones, instituciones, pequeñas empresas o de cualquiera que desee tener visibilidad, dar a conocer su trabajo y difundir sus actividades a través de los medios, ya sea para ganar reputación, socios o clientes.

2.-Me sobran las ideas, las palabras y los recursos para crear contenidos para blogs, webs y redes sociales de cualquiera. Ahora que lo pienso, quizá podría encajar como 'negra literaria'.

3.-Me manejo muy bien con los gestores de contenido como para confeccionar y actualizar una página web.

4.-Me divierto mucho con los programas de maquetación y retoque fotográfico, así que podría atreverme con revistas, folletos o cualquier otra creatividad.

5.-Aún me acuerdo de cómo se le habla a un micrófono, de modo que si me pedís tanto un reportaje o pieza informativa, como presentar un espacio radiofónico o locutar una cuña publicitaria, no hay problema.

Y además de todas estas habilidades específicamente ligadas a mi oficio, la vida me ha permitido adquirir otras importantes destrezas: 

1.-Sé leer, escribir y escuchar. Y, lo que es mejor, disfruto realizando cada una de estas actividades, aunque sea para descifrar comunicaciones oficiales, redactar solicitudes dirigidas a la administración o resolver dudas y consultas de la gente que me rodea.

2.-Soy capaz de llevar las cuentas de mi casa, así que no me encontraría desubicada controlando los números de un departamento.

3.-Lidio a diario con dos preadolescentes, así que puedo coordinar equipos de trabajo sin despeinarme.

4.-Trato de estar al tanto de lo que pasa informativamente en el mundo, leo la prensa, escucho la radio, veo los telediarios y contrasto lo que me cuentan unos y otros para formarme mi propia opinión sobre las cosas. Diría que puedo mantener una conversación sobre la actualidad con cualquiera, aunque mi actividad cotidiana se circunscriba únicamente a la pequeña isla que se extiende a no más de un kilómetro a la redonda de mi casa.

5.-No me dan miedo ni el 2.0 ni el 3.0, yo misma me he encargado de desarrollar mi transformación digital a base de cursos, tutoriales y jugueteo, y he descubierto que no se me da mal instruir a otros. Por las veces que le he solucionado a mi suegra una duda con su teléfono y a mi madre con su tablet, creo que no haría mal papel encargándome de la alfabetización digital de personas mayores.

¿Cómo lo veis? Lo dicho… Si me necesitáis, silbad.

martes, 4 de abril de 2017

Dimisiones preventivas

Finalmente el presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez, se ha visto forzado a dimitir para evitar que su partido corriera el riesgo de perder uno de los bastiones populares. Se resistía no solo él, sino todo el aparato de Génova, convencido de su inocencia y de la injusticia de una media tan arbitraria. Como ya sabe todo el mundo, han sido sus variadas imputaciones las que le han forzado a abandonar el cargo. Aún no hay pronunciamiento de ningún juez sobre su inocencia o culpabilidad, pero es cierto que el propio ya ex presidente manifestó en su día su disposición a dejar el sillón si era investigado en un proceso judicial y, aunque le ha costado, ha cumplido. Renuncia como presidente de la región de Murcia pero se mantiene como diputado, un salvoconducto que le permitirá seguir aforado ante el Tribunal Superior de Justicia de Murcia y, en caso de salir airoso de sus imputaciones, regresar algún día al punto donde lo dejó.

Es más de lo que pueden decir otros. Yo viví de cerca un caso similar, aunque sin posibilidad de rebobinado. Las Rozas, 2015. Elecciones municipales. El candidato del Partido Popular a la alcaldía, José Ignacio Fernández Rubio, tenía tres procesos judiciales abiertos, todos de una etapa anterior como alcalde en otro municipio (Guadarrama) y todos -como insistía él mismo- consecuencia de decisiones de tipo administrativo tomadas en el ejercicio de su cargo y sin prueba alguna de enriquecimiento personal.

Hasta el día en que había que proclamar candidatos estuvo a expensas de lo que decidiera el partido. No quería perjudicar a la formación y sabía que su historial era munición para la oposición, en particular para la nueva y pujante formación de Ciudadanos, que iba ganado adeptos en el caladero de votantes descontentos del PP con su promesa de limpiar los consistorios de corrupción. A pesar de todo, en el PP regional se apostó por él y ganó las elecciones, aunque no por mayoría absoluta como históricamente había sucedido en este municipio del noroeste madrileño. Los Populares consiguieron 11 concejales, frente a los 6 de Ciudadanos. Los 3 concejales de Contigo por Las Rozas, otros 3 de PSOE y 2 de UPyD completaban la alineación. Los números no salían. Si todos los partidos de la oposición se aliaban, podían impedir al PP hacerse con la alcaldía. Así que, ante la presión de la formación naranja, que puso como condición la salida del alcalde en funciones para apoyar un pacto de investidura con el partido más votado, Fernández Rubio dimitió y pasó el testigo al número 2 de la lista. 

En junio hará dos años de aquel hecho y en este tiempo, el alcalde ‘ofrecido en sacrificio’ va viendo por fin, tras más de una década de dilatada espera, que la justicia le da la razón: ha salido absuelto en uno de los tres procesos, mientras que otra de las causas que tenía abiertas ha sido archivada. Si no me equivoco, ya solo está pendiente de resolución por parte de otro juzgado una denuncia de un particular relacionada con el mismo caso al que se le ha dado carpetazo. Resumiendo: le obligaron a abandonar preventivamente y, cuando se va demostrando su inocencia, su tren de la política ya ha pasado. 

Mientras, del otro lado, Ciudadanos, el partido que le forzó a dimitir para alcanzar un pacto de investidura con el PP, experimenta un asombroso proceso de resquebrajamiento en Las Rozas. Las luchas internas han ido provocando un éxodo de concejales nunca visto. A día de hoy, han perdido tres de sus seis ediles que, no dispuestos a desprenderse de su acta, han pasado a convertirse en no adscritos para -dicen- cumplir con el mandato de las urnas y, ya de paso, seguir cobrando. Qué ironía. Las urnas fueron también las que dieron la victoria a un partido con un cabeza de lista imputado al que ellos obligaron -en ese caso sí- a renunciar a su acta. 

De modo que, por más que trato de analizarlo, despojada de colores y siglas políticas –creedme-, no termino de saber qué es lo más justo. Si defender por encima de todo la presunción de inocencia y mantener en su cargo a un servidor público imputado por lo que sea hasta que un juez dicte sentencia o pasarnos el sagrado principio por el forro y sacrificar la carrera de todo aquel político que sea investigado por un juez.

Hay una posibilidad alternativa, muy de ciencia-ficción: acelerar la instrucción de este tipo de procesos para resolver cuanto antes la condición del implicado y que, durante ese breve espacio de tiempo, el afectado pueda causar baja temporal de su cargo hasta que el juez dicte sentencia que, de ser positiva, le permitiría regresar al puesto que ocupaba, limpio de polvo y paja. 

Pero seguro que esto no le convence a nadie. Más vale prevenir que curar, ¿no? Todo sea por restablecer la buena imagen de la política española... y, ya de paso, pescar en río revuelto.

domingo, 26 de marzo de 2017

El taco como reclamo

En casa, como es natural, de vez en cuando empleamos lo que se conoce como tacos. No suelen ser de alto nivel, más bien se trata de palabras soeces de uso corriente: mierda, joder, coño y poco más. Quizá también a la sección adulta masculina se le escapa algún ‘me cago en la puta’, una frase que, por lo general, suele recibir mi desaprobación. Aunque tratamos de evitar su uso delante de los menores, en ocasiones la reacción visceral a la que acompañan es tan incontrolable que nos salen sin percatarnos de su presencia. Es entonces cuando tratamos de corregir el entuerto recurriendo al consabido 'esto no se dice' y aconsejándoles que no repitan lo que han oído porque ese lenguaje no suena bien en ningún caso y menos en la boca de un niño. Pero la posibilidad de escupir palabras feas de mayores, sobre todo con un componente sexual, es demasiado tentadora para ellos. 

El caso es que ahora que mis hijos merodean por la preadolescencia, estoy empezando a detectar que han ampliado su batería de palabrotas incorporando expresiones que no han escuchado nunca en casa. Sus nuevos círculos sociales, los amigos de colegio e instituto, los vídeos de Youtube con el modo restringido desactivado, son una fuente de inspiración e influencia muy superior a la nuestra, la de sus padres, así que junto con el argot que les diferencia de nuestra generación (‘es mazo tumblr’), se les cuelan algunas expresiones que, brotando de esas bocas que yo amamanté hace nada, me ponen los pelos como escarpias: ‘que le den por el culo’, ‘hostia’, ‘me cago en mi vida’, ‘me la suda’… Por no hablar de cómo han incorporado también a su catálogo de términos soeces algunos en idioma inglés –beneficios del bilingüismo, supongo-. Por supuesto les reprendo cuando se les escapan delante de mí tacos y expresiones malsonantes, pero no me queda más remedio que asumir que en su vida fuera del nido, estos polluelos -ya sea por sentirse parte de la manada, ya por el efecto imitación- hablan tan mal como todo el mundo. 

Esta disertación viene a cuento del nuevo momento estelar que nos regalaba esta semana Pablo Iglesias, cuando volvía a conseguir minutos en los medios gracias a las expresiones que empleaba en la sesión de control al Gobierno tras interrogar a Rajoy a propósito de un informe de los letrados de la Cámara sobre el uso desmedido del veto presupuestario. El líder de Podemos dijo que probablemente al presidente el tema en cuestión le importaba un comino, un pimiento, un huevo, un rábano o un pepino. Y que incluso podía decir que se la trae floja, se la suda, se la trae al fresco, se la pela, se la refanfinfla o se la bufa. Me sorprendió que, ya metido en el barro y poseído por el espíritu del ‘Un, dos, tres, responda otra vez’, no añadiera sinónimos también de pene, que eso da mucho juego… 

Toda esa retahíla de expresiones equivalentes a ‘no me importa’ sonó en el Congreso, un lugar donde se supone que el orador debe guardar las formas, el decoro, la compostura y el nivel. Inmediatamente después y durante todo el día televisiones, radios y medios digitales reprodujeron en bucle la intervención. No me suena -y que alguien me corrija si me equivoco- que excelentes oradores de la historia política de España, como por ejemplo Castelar, necesitaran utilizar la expresión ‘me la trae floja’ para obtener minutos en la prensa. Pero es que las cosas están cambiando

Una de las loables aspiraciones que siempre ha defendido Podemos es aproximar el Parlamento a la calle. Es verdad que a menudo los ciudadanos de a pie somos incapaces de entender lo que se cuece dentro del palacio de la carrera de San Jerónimo, aunque la manera de solucionarlo no creo que sea recurriendo al golpe de efecto a través del chascarrillo soez. Lo suyo sería elevar el nivel de la calle, no rebajar el del Congreso. Quizá lo que deberían hacer los parlamentarios es esforzarse por aclarar los conceptos, exponerlos de una manera menos anodina, hacer divulgación y trabajar enfocados en medidas que tengan un resultado visible en la vida cotidiana de los ciudadanos. 

En mi modesta opinión, y aunque no coincida con algunos estudios universitarios al respecto, el empleo de tacos en el lenguaje me parece un síntoma de pobre fluidez verbal, ausencia de filtro mental y escaso autocontrol. No sé a vosotros, pero a mí las personas que cada cuatro palabras intercalan un término grosero, me incomodan. No digo yo que no se le pueda escapar a todo el mundo un taco en algún momento de máxima tensión -¡estaría bueno!-, aunque este no sea el caso que nos ocupa. Pero utilizar el ‘caca-pedo-culo-pis’ como figura literaria para captar la atención del respetable y convertirse en trending topic digital, es un atajo demasiado simple. Eso sí, muy efectivo. Porque sospecho que si Pablo Iglesias no hubiera utilizado este señuelo tan pueril, su pregunta al presidente en la sesión de control habría pasado más bien desapercibida. Y entonces hoy mis hijos no tendrían una excusa para seguir utilizando alegremente la expresión ‘me la suda’ porque se la han oído decir a todo un señor diputado en un lugar tan serio como el Congreso.

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domingo, 19 de marzo de 2017

Quién me mandará... (Desventuras de una corredora novata)

Hará cosa de un mes comencé a correr y, a día de hoy, mi cuerpo está como si le hubieran caído diez años encima. Voy a contaros el proceso de mi deterioro sin escamotear ningún detalle, por muy escabroso que sea. Me recomendaron que lo mejor para cuidar mi salud, tanto física como emocional, era practicar regularmente algo de ejercicio aeróbico, lo que los asiduos al gimnasio llaman familiarmente ‘cardio’. Yo ya cultivaba la buena costumbre de caminar cada día entre 45 y 60 minutos al ‘estilo Rajoy’, para contrarrestar la cantidad de tiempo que paso sentada frente al ordenador durante toda la jornada. Pero parece ser que ese esfuerzo diario no puede considerarse efectivo hasta que no supera los 90 minutos. Así que me dejé convencer, traspasé la línea y di el salto al running. Todo sea por la salud, pensé. 

Mi cuñado, fisioterapeuta, deportista y conocedor de estos temas, me recomendó que comenzara poco a poco, haciendo tres series en las que alternara cinco minutos corriendo y tres de recuperación caminando. Y es lo que hice. Los primeros cinco minutos de carrera se me hicieron eternos. Me pesaban las piernas y el culo, sentía palpitar las venas del cuello y mucho calor en la cara, lo que me anunciaba que ya empezaba a ponerme roja como un tomate, algo que me ocurre inevitablemente cuando hago algo de ejercicio, me congestiono y da la sensación de que en cualquier momento mi cabeza va a explotar. Retomar la carrera tras la primera recuperación se me hizo muy trabajoso, pero resistí como una jabata. Cuando terminé las tres series me sentí una campeona. La satisfacción de haber conseguido el reto me hizo venirme arriba y al día siguiente repetí. Siempre corría por una zona de campo, frente a casa, y a una hora temprana, para no cruzarme con mucha gente y así ahorrarles a los viandantes la visión de mis carnes temblonas embutidas en unas mallas y mi cara colorada. 

Después de la primera semana pensé que ya estaba preparada para aumentar el tiempo de carrera. Así que subí a 7 minutos. No me costó un esfuerzo excesivo, por lo que mantuve la rutina un par de días. Pero mi ambición me decía que probara a olvidarme del reloj y que un día intentara correr hasta que me cansara, sin cronometrar el tiempo. La tentación me arrastró hasta alcanzar 20 minutos seguidos sin parar. Os podéis imaginar la euforia. Los días siguientes hice lo mismo, nada de reloj, y fui subiendo, 21, 22, 23 y así hasta llegar a los 30 minutos. ¡Media hora corriendo sin parar! Y no solo por terreno llano, sino también en cuesta. ‘A ver si estaba descubriendo a estas alturas de mi vida que había nacido para maratoniana y no me había enterado por vaga y timorata’, me dije sorprendida. Y es que yo siempre había presumido de no correr porque había oído que el impacto de las extremidades sobre el suelo dañaba las articulaciones y provocaba lesiones en las rodillas, por eso era preferible caminar a paso ligero. Tampoco entendía a los que sometían a su cuerpo al sacrificio de completar una larga y exigente carrera para pagarlo luego en forma de lipotimias, desidratación y vómitos al llegar a la meta. Pero ahí estaba yo, olvidándome de mis prejuicios y jugando con fuego.

Los últimos días, hasta el sábado pasado, llegué a correr 4 kilómetros en 33 minutos, vale, sí, a trote cochinero, pero a diario y sin dificultad, salvo ligeras molestias en las rodillas al inicio de la carrera que desaparecían en cuanto entraba en calor. Pero ese día, hace una semana, terminé de correr con dolor, sobre todo en una de ellas, en la zona interior, bajo la rótula. Y desde entonces no he podido volver a hacerlo. Diagnóstico según internet y otros ‘seudoentendidos’: Pata de ganso

La culpa la tienen varios factores, aunque el principal soy yo misma, que lo he hecho mal, fatal, ¡como el culo! Parece ser que para una buena técnica las zapatillas son fundamentales. Porque -ay, amigos- uno no puede ponerse a correr con cualquier calzado, aunque veáis entrenar descalzos por la sabana a los africanos que ganan los maratones. Por lo visto primero tienes que saber si eres pronador o supinador, adaptar la zapatilla a tu pisada y trotar sobre una amortiguación adecuada. Y yo me lancé a la aventura con mis pies planos embutidos en las mismas zapatillas monísimas que me ponía para dar mis paseos, a juego con mi ropa de sport. 

Después es primordial estirar, algo que a mí se me olvidaba. La mitad de las veces no me venía bien, me trastocaba mi plan del día; tirarme un tiempo antes calentando y después de la carrera adoptando posturas imposibles para recordarles a mis músculos de lo que eran capaces, me impedía hacer otras cosas que tenía pendientes. 

También resulta de suma utilidad tener bien desarrollada la musculatura de las extremidades, en particular el cuádriceps, que es el músculo del muslo que sujeta la rodilla, para evitar que la pobre se desvíe y sufra con cada una de las zancadas, como ha sido el caso. 

Y el último de los factores que ha desencadenado esta situación ha sido la velocidad, no la que alcanzaba en mis trotes cada mañana que, como ya os he dicho, era más bien discreta, sino la que imprimí a mis entrenamientos y que me llevó en cuestión de tres semanas a pasar de no haber corrido en la vida a hacerlo a diario e incluso barajar la opción de participar en alguna carrera popular, eso sí, solidaria. 

Me dicen que la edad (muy cuarentona) y el peso (menos ligera de lo que desearía) no son factores decisivos, pero sospecho que algún papel han jugado también en este ‘pequeño contratiempo’. El caso es que la fabulosa sensación de darle vidilla a mi cuerpo, a mi corazón y a mi mente a base de trote me ha durado bien poco y -cruzo los dedos- espero poder volver a experimentarla algún día, no a mucho tardar. De momento, imposible. Tendré que conformarme con seguir nadando. Lo que más me fastidia es que antes de ponerme a correr mis piernas eran mi mayor tesoro y, aunque se ha demostrado que mis cuádriceps no son lo que se dice columnas dóricas, tenía unas articulaciones que eran la envidia del barrio. Ahora me duelen las rodillas incluso al caminar. Por no hablar de cuando las doblo para agacharme. Y no puedo evitar pensar: ‘Maldito running, quién me mandará…’.


PD.-Casi ya hace un mes que escribí lo que acabáis de leer y me siento obligada a actualizar la información en vista de la preocupación general por mi salud. Tengo que deciros que estas semanas de reposo me han venido bien y ya vuelvo a soportar el trote sin efectos secundarios. Agradezco a todos vuestro interés y consejos. Sois estupendos. Aprovecho para compartir el enlace que me ha facilitado Laura con un vídeo que incluye estiramientos indicados para este tipo de lesión. ¡Gracias, querida lectora, por el feedback!
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lunes, 13 de marzo de 2017

Cuando tus hijos no entienden eso de la dieta saludable

Mis hijos están en pie de guerra. No entienden por qué, de repente, a sus padres nos ha entrado la neura y hemos retirado de la nevera y la despensa alimentos que antes consumíamos con frecuencia. Les molesta especialmente que hayamos prescindido del azúcar en la dieta familiar y que consultemos en las etiquetas los ingredientes de cada producto para desechar el que lo contiene sin venir a cuento, por ejemplo la salsa Ligeresa. No imagináis qué tres semanas llevamos desde que les ‘obligamos’ a probar a qué sabía la mahonesa de verdad, la que se hace con un huevo, aceite, sal y una batidora. Y no os cuento el drama que supone llenar la cesta de la compra con artículos 0%.

Añoran –y nos lo dicen con ojos de niños de la calle, como si se hubieran escapado de una novela de Dickens- aquellos tiempos de su infancia en los que, una vez a la semana, aparecían en su plato, como caídas del cielo, empanadillas, croquetas y varitas de pescado precocinadas, e idealizan esos pasados menús de fritanga. El último elemento que hemos censurado en casa es el aceite de palma. Cuando han descubierto que ese ingrediente aparece en la mayoría de sus snacks favoritos y en la bollería más sabrosa, se les ha venido el mundo encima.

Hay que decir, en honor a la verdad, que mis hijos pierden toda la fuerza por la boca. Son protestones -mucho- pero al final no les queda otra que pasar por el aro y comerse las verduras, almorzar bocadillos de pan integral y merendar frutas. Tratamos de hacerles entender que es por su bien, que la base de una buena salud está en una alimentación sana y equilibrada, que cuantos menos conservantes, colorantes y aditivos contenga un alimento más genuino será, que hay que huir de la comida procesada, que es fundamental lo de las 5 raciones de frutas y verduras diarias, que cuando sean mayores nos lo agradecerán… Pero después de todo este peñazo de discurso teórico que nos marcamos día sí y día también, ellos siguen en sus trece y nos rebaten –qué listos y persistentes son los ‘jodíos’- alegando que si desde pequeños les hubiéramos inculcado todas estas pautas, ahora ya estarían acostumbrados, no conocerían otra cosa y no tendrían con qué comparar. Claro, quien ha conocido el cielo no suele querer abandonarlo voluntariamente para instalarse en el infierno.

Os estoy imaginando compadeciéndolos por estos padres que les han tocado. ¡Alto ahí! Que tampoco somos talibanes, ni sádicos torturadores. Y, sobre todo, tenemos los pies sobre la tierra y sabemos que es complicado tratar de convencer a unos preadolescentes para que adopten hábitos y comportamientos que chocan con la norma general. Soy consciente de que salir al recreo y verte rodeado de compañeros con bolsas de patatas y Bollycaos supone una gran tentación, por no hablar del sentimiento de ‘pobre desgraciado’ que te inunda cuando, en medio de ese festín, tú sacas una mandarina y un puñado de almendras.

No sé si estaremos equivocados. Ignoro si las pautas que estamos siguiendo serán o no las correctas. Muchas veces ni siquiera quienes se dedican a este negociado se ponen de acuerdo. Cada día sale un nuevo estudio sobre nutrición que cuestiona el anterior, aunque existen algunos conceptos básicos sobre los que no hay discusión. A ratos me da por preguntarme por qué las autoridades no hacen nada por frenar a la industria alimentaria y limitar –si no prohibir- la utilización de determinados aditivos cuyo consumo puede perjudicar a la salud. Pero rápidamente me acuerdo de que siguen existiendo los estancos donde se vende un producto como el tabaco que contiene sustancias altamente adictivas y donde lo más lejos que ha llegado la legislación es a obligar a los fabricantes a decorar las cajetillas con frases lapidarias e imágenes de los efectos demoledores que puede causar este producto. 

Entendido. Aplaudo que, por encima de la preocupación de un Estado paternalista por el bienestar de sus ciudadanos, se priorice la libertad del ser humano adulto para elegir si quiere crearse dependencias y jugar a la ruleta rusa con su salud. El problema es cuando, de manera sibilina y soterrada, el mercado juega a crear adictos al dulce y a la comida procesada desde edades tempranas. En ese caso, cuando se trata de menores que no entienden a lo que se exponen y, por tanto, no deberían elegir, somos los adultos responsables quienes estaríamos entonces obligados a procurar evitarlo.

De modo que en esas estamos, tratando de reconducir la situación y reconquistar por el estómago a nuestros hijos. Y os aseguro una cosa: Se puede vivir y disfrutar de la gastronomía mediante una alimentación saludable, prescindiendo de la comida basura, esa que comúnmente se considera un placer. Porque entre la comida ‘aburrida’ también hay placeres, creedme. Eso no significa que, un día, ocasionalmente, no puedas tomar una pizza, un helado, chocolate, churros, una hamburguesa o unas croquetas con jamón. Y ya puestos, un vino. Y si no lo hubiera dejado, hasta un cigarrito. Que una no es de piedra y alguna vez también cae en la tentación.
  

miércoles, 8 de marzo de 2017

#NosotrasParamos

Imagina por un instante que hoy, 8 de marzo, las mujeres decidiéramos secundar masivamente la convocatoria #NosotrasParamos


Imagina que entre las 12 y las 12:30 todas las mujeres abandonaran su puesto de trabajo, interrumpieran sus quehaceres, no consumieran o dejaran sin cuidado y vigilancia a las personas dependientes a su cargo. Trata de visualizar los colegios sin maestras, los hospitales sin enfermeras, el gobierno sin vicepresidenta, Madrid y Barcelona sin alcaldesas, Podemos sin portavoz en el Congreso, los hoteles sin camareras, los juzgados sin magistradas, los niños sin niñeras, los laboratorios sin investigadoras, la comida casera sin hacer, la colada sin tender, las oficinas sin trabajadoras, las tiendas sin dependientas... Quizá es exagerado decir que el mundo se pararía pero, como poco, seguro que nuestra ausencia se haría notar.

Coincidiendo con este Día Internacional de la Mujer, las organizaciones feministas de España se han sumado al primer paro mundial de mujeres convocado en 45 países para reivindicar medidas urgentes que acaben con la violencia de género, el machismo y la desigualdad. Las acciones que se proponen van desde los paros laborales simbólicos de media hora hasta la huelga de tareas domésticas y de consumo. Y no hay que militar en ninguna organización feminista para encontrar razones más que suficientes para parar. Las mujeres seguimos cobrando menos por el mismo trabajo; solemos ser por defecto quienes asumen la tarea de cuidar a los bebés, enfermos y dependientes; mayoritariamente se nos adjudica el seguimiento escolar y pediátrico; cuando se habla de conciliación se emplea el femenino, como si no fuera con ellos; en el ámbito laboral se nos plantean cuestiones relacionadas con nuestra vida privada y familiar que a los hombres ni se les mencionan; aún encontramos gente que desconfía de nuestras capacidades solo por el hecho de ser mujeres; nuestro aspecto físico pesa más que nuestros logros; hay quien justifica el acoso sexual porque 'algunas van pidiendo guerra'; es más difícil encontrar directivas en los consejos de administración de grandes empresas que una aguja en un pajar; somos las hijas, mujeres o madres de; y podría seguir así hasta mataros del aburrimiento.

Hace algunos días un eurodiputado polaco de cuyo nombre prefiero no acordarme –ni sería capaz de reproducirlo de memoria- defendía que las mujeres percibiéramos un salario inferior a los hombres porque éramos más débiles y menos inteligentes que ellos. Hablando de fuerza, sí, probablemente las mujeres no podemos cargar tanto peso como los hombres -salvo si eres Lidia Valentín y ganas medalla de bronce en Halterofilia en los juegos olímpicos de Río por levantar 250 kg-, pero nuestro organismo está preparado para soportar las contracciones de un parto, un dolor insoportable que dejaría KO a cualquier eurodiputado polaco. Y en cuanto a la inteligencia, poca ha demostrado este servidor público manifestándose como un cromañón. Aunque en una cosa tiene razón: hombres y mujeres no somos iguales. A la vista está y ni falta que nos hace. Solo reivindicamos las mismas oportunidades y similar trato. Somos la mitad de la población y queremos tener acceso a la parte proporcional que nos corresponde. Ni más ni menos.