Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 22 de junio de 2017

Cinco razones de peso por las que no soporto los festivales escolares

Creo que no he tenido oportunidad de hablar en este blog de los festivales escolares, esas actuaciones con las que suelen deleitarnos nuestros hijos en Navidad y fin de curso, animados por el colegio o los centros donde realizan extraescolares. A esta categoría se suman también las inevitables graduaciones, esos actos solemnes que hemos instituido al final de cada etapa educativa. Debía parecernos poco aguantar esas dos galas anuales, así que nos han dado un extra. Quienes tengan hijos me entenderán. Los graduamos al terminar la antes llamada guardería; los graduamos con cinco años, cuando acaban Educación Infantil; los graduamos al llegar a 6º de Primaria; los graduamos en 4º de la ESO; y los volvemos a graduar en 2º de Bachillerato. Así que cuando alcanzan la educación superior, yo creo que ya estamos saturados. Y es precisamente al finalizar ese periodo cuando deberíamos celebrar a lo grande la graduación más importante de su vida, la que supondrá completar su formación para ir de cabeza al paro o a un contrato basura de becario.


Desde su entrada en Infantil hasta hoy mismo, que el pequeño se despide de Primaria, he cumplido con mis obligaciones como madre y he asistido uno por uno, religiosamente, a todos los festivales, actuaciones, shows, funciones, exhibiciones, conciertos, bailes y demás eventos protagonizados por mis hijos y sus compañeros de colegio. Así que hablo con conocimiento de causa -y quizá se deba a ese exceso- cuando afirmo que detesto este género artístico. Aunque siempre he tratado de disimularlo. Por si fuera necesario argumentar mi radical postura, ahí van cinco razones de peso por las que no soporto los festivales escolares:

1.-El infierno de la intendencia para el Evento. Conseguir el atuendo adecuado para cada actuación resulta un engorro. En cualquier fondo de armario de una familia con hijos debe haber un gorro de Papá Noel o cualquier otro elemento navideño susceptible de ser solicitado por el centro para disfrazar al niño por Navidad. Un polo o camiseta blanca es otro de los básicos. pero digamos que esto es lo fácil. Pero para el resto de eventos, todo depende de la imaginación desbordada de la profe. También influye mucho en este aspecto la madre hiperactiva, la que colabora estrechamente con el colegio y siempre tiene alguna idea que proponer. Este tipo de madres suelen florecer en las graduaciones y tienen fijación por calzarles a los niños una réplica del tradicional atuendo de graduado: la toga y el birrete con su borla. De esa guisa se graduó mi hijo en infantil y, lo que tiene más delito, me tocó fabricar artesanalmente con cartulina, lana y tela todo el disfraz. Ay, las inevitables manualidades escolares, también darían para otro post.

2.-La duración del Evento. Todos los padres disfrutan viendo a sus hijos hacer monerías. Sobre todo les encanta grabarles en vídeo para la posteridad y luego distribuirlo por el Whatsapp familiar, para que la abuela pueda disfrutarlo. De hecho sé de muchos padres que piden el día libre en el trabajo para acudir a este tipo de festejos, pero luego no aparecen por las reuniones escolares o las tutorías. En cualquier caso, ¿dónde viene escrito que el evento deba ser interminable? Debería ser suficiente con que cada grupo cantara una canción o se marcara un baile, pero claro, por lo general las líneas por curso en los colegios suelen ser dos o tres, así que ya de entrada sale una media de 18 actuaciones solo en Primaria; a tres minutos cada una, echad cuentas y sumadle el tiempo perdido entre entradas, salidas, colocación, fallo en la megafonía, etc. Hay colegios que establecen distintos días en función de los cursos para evitar que el show se haga insoportable. Aún así, no queda más remedio que aguantar las monerías de los demás mientras esperas que le toque triunfar al tuyo. La única receta, a falta de alcohol, mucha paciencia.

3.-La lucha por el mejor sitio en el Evento. Me provoca urticaria hacer cola a la puerta del gimnasio para entrar en el evento. Y mucho más pelearme por los asientos en primera fila. O discutir con el que se levanta y te tapa la visión justo cuando tú estabas grabando el número de tu hijo. Pero es lo que fomenta este tipo de eventos: padres, madres, abuelos, tíos y demás parientes enloquecidos cual paparazzis cazando una exclusiva. Codazos e improperios es lo mínimo que puedes encontrarte, a no ser que llegues tarde y te quedes al fondo de pie, ajeno a la histeria, respirando profundamente.

4.-La calidad del Evento. Desengañémonos. Atrevámonos. Aunque alguien se ofenda. Seamos políticamente incorrectos. Los espectáculos escolares son basura. Vas para que tu hijo no sienta que le has abandonado y, ya de paso, para ir comprobando si mejora su coordinación y la sincronización con sus compañeros, pero como espectáculo es francamente mejorable. No hay ternura que valga. Bailes desacompasados, canciones desafinadas, meteduras de pata… Ya sé que no es la Juilliard School de Nueva York, es solo un colegio de Primaria, todo el mundo trabaja de manera desinteresada, por amor al arte, pero precisamente por eso. Quizá si el claustro, en vez de imponer el repertorio, consensuara con las criaturas aquello en lo que se sienten más cómodos o lo que les hace brillar, nos harían un favor a todos.

5.-El Pos-Evento. Cuando tu hijo te pregunta qué tal lo ha hecho, si te ha gustado. Cuando te pide machaconamente poder ver las grabaciones y las fotos que le has sacado. Cuando te repite una y otra vez la coreografía, que ya te la sabes de memoria, mucho mejor que él, porque llevas un mes ayudándole a ensayar en casa. Cuando por el grupo de Whatsapp de la clase se comparte más material gráfico, y tu móvil echa humo. Es entonces, solo entonces, cuando piensas en esta parte de la vida que se están perdiendo los que no tienen hijos a los que ir a aplaudir en una función escolar.

Justamente ayer asistí a mi último evento escolar de Primaria, la graduación de mi hijo. No me preguntéis qué tal. Solo os diré que seríamos más de 300 personas metidas en un gimnasio durante cerca de dos horas a 40 grados y sin climatización. Creo que hasta se me saltó una lágrima.



jueves, 15 de junio de 2017

Si tiene calor, abaníquese

Hay un refrán popular que dice ‘Más vale caer en gracia que ser gracioso’. No existe, pero habría que inventarla, una variación sobre el mismo que se resumiría en ‘Más vale no intentar hacerte el gracioso sin serlo, porque terminarás cayendo en desgracia”. Y esto es lo que le ha pasado al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Jesús Sánchez Martos, todo un Diplomado en Enfermería y Doctor en Medicina, Especialista en Medicina y Salud Laboral y Prevención de Riesgos Laborales, según reza su biografía, que cuando aportaba consejos de cara a soportar la ola de calor que nos visita, e interrogado por las altas temperaturas que se alcanzan en los colegios de la región, ha desaconsejado la instalación de aire acondicionado en las aulas. Con la excusa de que perjudica a la salud de los más pequeños, pudiendo ‘provocar alteraciones en ojos y cuello’, el consejero ha apostado más por la ventilación natural de estos espacios y por animar a los críos a hacer abanicos de papel. Se ha permitido incluso la licencia de dar instrucciones sobre como hacerlos: ‘Dobla, dobla, dobla, dobla y tienes el abanico’, como hacía él cuando era pequeño. Para terminar de redondear la ocurrencia, este insospechado fan de Locomía, ha calificado de terapia ocupacional esto de hacer papiroflexia para airearse. Y por si no se había cubierto de gloria lo suficiente, ha rematado diciendo que él no había tenido ningún problema dando clases a las cuatro de la tarde con este calor.

El señor Jesús Sánchez Martos se podía haber ahorrado esta lamentable actuación que anonada y avergüenza a partes iguales. Me voy a limitar a apuntar solo tres cuestiones:

1.-Los niños no necesitan terapia ocupacional, están en el colegio para aprender. Así que tranquilo, que no se aburren ni necesitan ningún tratamiento de choque, es la escuela, no un reformatorio.

2.-Si el aire acondicionado perjudica a la salud del niño y por eso no aclimatamos las aulas, ¿les decimos entonces a los padres que se abstengan de refrigerar su casa y su coche para no someter a sus hijos a la misma tortura, o que no les lleven a los socorridos centros comerciales, a la biblioteca o al cine, únicos lugares donde con estas temperaturas apetece estar?

3.-Y usted, señor consejero, ¿tiene aire acondicionado en su despacho, en su coche, en su casa, o mantiene esa bonita costumbre de dobla, dobla, dobla…? 

Está claro que es económicamente inviable climatizar todas las aulas de los más de 1.500 centros educativos públicos de la región, pero está en el ADN de padres y periodistas sugerirlo. Y lo que le toca al político es capear el temporal y, si no lo hace correctamente, aguantar ahora el nada refrescante chaparrón que le está viniendo encima. 

Qué bien podía haber quedado el señor Sánchez Martos limitándose a recordar esos sencillos consejos que cada año, impepinablemente por estas fechas, nos dan las autoridades para soportar el calor: llevar ropa fresca, estar a la sombra, hidratarse y evitar el ejercicio físico a pleno sol. Podía haber aprovechado también para incidir en que, precisamente, la jornada intensiva de verano, con clases hasta la 13:30, se estableció para mitigar en la medida de lo posible los efectos de la canícula sobre los jóvenes cerebros estudiantiles. E incluso no nos habría escandalizado si hubiera echado mano de esa estrategia tan recurrente en estos tiempos de anunciar una comisión de expertos para estudiar soluciones. Cualquier cosa mejor que arriesgarse a intentar ser gracioso sin tener ni pizca de gracia.

domingo, 11 de junio de 2017

La afición por el libro dedicado

Hoy que cierra sus puertas la Feria del Libro de Madrid, me apetece divagar sobre la afición por los autógrafos, últimamente casi arrinconada por la incursión del selfie, salvo cuando se trata -eso sí- de este evento cultural donde el mitómano cultiva ambas modalidades.

Nunca he guardado cola para que me firmaran un libro, me puede el pudor. Es más, nunca le he pedido a ningún escritor una dedicatoria, aunque sí conservo algún ejemplar que cayó en mis manos ya con la firma estampada por su propio autor, que tuvo el detalle de considerarme merecedora de tan alta distinción.  



El problema que acarrean los libros con dedicatoria es que tu conciencia te impide incluirlos en la lista de los prescindibles cuando llega la hora de limpiar la estantería y tomar la dura decisión de aligerarla para ganar espacio. Pero eso no le pasa a todo el mundo. Cuentan que una vez el autor mejicano Artemio de Valle-Arizpe encontró en un puesto de venta de libros usados a orillas del Sena un libro suyo dedicado a un amigo “Con afecto”. Así que decidió comprarlo y enviárselo a su traidor lector añadiéndole otra dedicatoria en la que se podía leer “Con renovado afecto”. 

Que a los autores no les suele desagradar firmar sus libros a los lectores queda patente en la larga lista de escritores que han pasado por esta edición de la Feria del Libro de Madrid, los que se dejaron ver en Sant Jordi o los que aparecen por cualquier pequeña feria literaria de las muchas que se prodigan a lo largo y ancho del país. Una tarea aparentemente tan anodina debe proporcionar un íntimo placer, visto lo visto. La liturgia de la firma de libros viene de antaño y cada autor vive y afronta este peaje a su estilo. A los clásicos, algunos fieles a su costumbre de escribir su dedicatoria con tinta verde, como el hispanista Ian Gibson, se añaden personajes televisivos, que juegan con la ventaja de la popularidad catódica, y las nuevas estrellas del Retiro, los youtubers que han dado el salto a la literatura con el mismo éxito con el que ‘lo petan’ en internet.

Siempre he pensado que los autores que firman en este tipo de convocatorias tienen mucho mérito al exponerse públicamente de esta manera, quedando a merced de las sinceras muestras de afecto de los lectores y, en el peor de los casos, de su fanatismo, su pesadez e incluso su desidia. Cuando no estás en el ranking de los más vendidos, que te inviten a firmar en la Feria debe ser un honor, así que imagino que no te detienes más que a saborear el momento. Pero hay que tener mucho valor, primero para arriesgarse a que la gente solo pase de largo mientras te observa aguardando impaciente, con el boli en la mano. Casi alcanzarías a leer su pensamiento: ‘Mira este pobre, muerto de asco, aburrimiento y vergüenza’. Y te sentirías como ese viejo mono del zoo al que ya nadie le lanza cacahuetes ni le saca fotos. Imagino que esa horrorosa sensación se verá multiplicada cuando en la misma caseta o en la contigua se arremolina la gente para conseguir la dedicatoria de otro autor con mucho más tirón. Algo como lo que presencié la semana pasada. Todo un ilustrado José Luis Garci se refrescaba esperando que algún fan se acercara a saludarle, mientras en la caseta de al lado un tipo disfrazado de ratón peludo, reproducción del héroe infantil Gerónimo Stilton, congregaba a familias enteras deseosas de retratarse con él. 


Hay que ser también muy valiente para estar dispuesto a tirarse dos horas sentado en una silla, saludando uno por uno a los lectores que han guardado pacientemente una larga cola para conocerte, darte la mano, quizá un beso, pedirte que anotes unas líneas brillantes en su ejemplar recién comprado y terminar posando contigo para la foto de rigor que acredite que estuvo allí. En dos horas, si eres un escritor de renombre, puedes firmar muchos libros. Dicen que Jorge Luis Borges, allá por 1985, cargando a cuestas con su ceguera, estuvo en la Feria del Libro de Madrid garabateando cada libro que le dieron a firmar hasta contar 333 lectores. En ese punto, el poeta decidió parar. Había alcanzado un número mágico. Guardó su bolígrafo y con ayuda de sus asistentes se marchó tan dignamente como había llegado.

Hay que tenerlos bien puestos también para saber qué dedicatoria escribir a cada admirador. Imposible ser original más de 300 veces seguidas. Es evidente que se debe optar por algo neutro, con poca profundidad, dado que no conoces a los fulanos que se te presentan, y que a la vez satisfaga a tu lector. Como recordaba Juan Tallón en el programa ‘A vivir que son dos días’, de la Cadena Ser, el escritor Javier Marías se encontró una vez a una lectora que le sugirió directamente el texto a escribir. “Ponga Para Manoli, que tiene el mejor cuerpo de Madrid”. Y él, escogió una variante que le comprometía menos: “Para Manoli, que dicen que tiene el mejor cuerpo de Madrid”.

Hay escritores especialmente dotados de ingenio e imaginación, que se crecen aún más en función del destinatario. Se comenta que hace años los humoristas Tip y Coll, dedicaron uno de sus libros a los reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía con la siguiente dedicatoria: "A Don Juan Carlos Primero y a Doña Sofía Después".

No quiero cerrar este post sin mencionar otro tipo de dedicatorias, las que no están escritas a mano, sino que ya vienen de imprenta. La frase con la que el autor encabeza su relato. Esa que dice tanto (o más) de él como la breve reseña biográfica que se adjunta en la solapa del libro. De esas sí que soy muy fan.

Dicen los organizadores de esta feria que han aumentado las ventas un 8%, unas buenas cifras que nos animan a vislumbrar un repunte del consumo cultural, aunque la realidad aplastante de los datos nos recuerde cada año que el 40% de los españoles no lee un libro ni con dedicatoria.

  

viernes, 9 de junio de 2017

El despatarre y otros despiporres

El Ayuntamiento de Madrid, a petición popular, va a luchar contra el despatarre masculino. De momento se va a empezar por alertar a los escarranchados a través de pegatinas que estarán bien visibles en los autobuses de la EMT. Todo con el fin de que aquellas personas con tendencia a repanchigarse con las piernas bien separadas, invadiendo el terreno natural de sus vecinos de asiento, desistan de tan molesta costumbre. 

Por lo general suelen ser hombres, que se escudan en sus atributos para no sentarse correctamente. Pero no es un problema de presión testicular, lo corroboran los expertos, es básicamente un no saber estar, un abuso y una falta de respeto hacia quienes te rodean. Y esto –creo yo- no tiene que ver con el género o la huella genética; también existen casos de féminas invasoras de espacio común, aunque son pocas, más que nada porque las mujeres, sobre todo si vamos con falda, preferimos cruzar las piernas o juntarlas, así que ocupamos la mitad.

El despatarre, o manspreading, como lo llaman los anglófilos ilustrados, es más común de lo que creéis y resulta particularmente molesto en verano. Decidme si no os ha llegado a pasar eso de ir en pantalón corto, sentaros en el metro y que en el asiento de al lado otro viajero, también con atuendo estival, separe sus extremidades y pegue su muslo sudoroso al vuestro en un contacto indeseado que violenta a la más pintada. Igual de asqueroso que cuando en hora punta te toca hacer equilibrios al lado de un pasajero poco dado a la higiene y tu nariz queda a la altura de su axila.

El despatarre es un despiporre aquí y en todo el mundo. No somos los primeros ni seremos los últimos que tengamos que recurrir a pictogramas para que algunos individuos entiendan de qué va convivir. Otra cosa es que sean capaces de descifrar lo que quiere decir el dibujo y entender que va con ellos. Hay múltiples ejemplos de falta de urbanidad en espacios de uso colectivo donde están bien indicadas las reglas del juego y todavía te encuentras gente que hace caso omiso. Me refiero, por ejemplo, a esos que ponen los pies encima del asiento que tienen delante, ya sea en el metro, el autobús y hasta en el cine, y cuando osas pedirles que te dejne utilizarlo, tienes la sensación de estar arruinándoles el día. O los que depositan la bolsa de basura fuera del contenedor en vez de arrojarla dentro, una tarea nada complicada de ejecutar, basta con levantar la tapa. O esos conductores que ocupan dos plazas de aparcamiento, así los coches contiguos no les rozan el suyo al abrir la puerta. O los que siguen dejando encendido el móvil en el teatro a pesar de los continuos avisos sonoros previos a la función que piden lo contrario, y luego, por culpa de Murphy y su ley, suena bien alta una llamada en el mejor momento de la trama.

Podría seguir desgranando ejemplos y seguro que vosotros también, pero tampoco quiero abusar. Solo una cosa más dirigida a quienes se han tomado a chufla este movimiento: os aseguro que va más allá de la simple anécdota. Y nada tiene que ver con los micromachismos. Reflexionen.

lunes, 5 de junio de 2017

Cuando interesarse por la cultura a los 11 está mal visto

La revista Tiempo dedica su última portada a la princesa Leonor con un titular que ha dado mucho que hablar. Parece ser que la niña a sus 11 años lee a Stevenson y Carroll, y le gusta el cine de Kurosawa. Al conocer tales revelaciones, rápidamente el populacho tuitero ha comenzado a competir por ver quién hace la broma más graciosa al respecto. Vale que las películas del japonés Kurosawa a simple vista echan para atrás, o mejor, no se parecen a las que suele demandar la infancia. Pero leer ‘La isla del tesoro’ o ‘Alicia en el país de las maravillas’ es lo mínimo que se espera de un niño que se inicia en la literatura. Así que tampoco es para tanto. Resulta que criticamos que los niños quieran ser youtubers, que se tiren todo el día colgados de la Play, o que las niñas den el salto de ñoñas a lobas en un clic, pero un día encontramos un ejemplo de lo que deberíamos considerar admirable y también tiramos piedras.


Los niños son lo que ven en casa, lo que maman de sus padres, lo que les inculcan sus mayores; si a unos niños desde pequeños les lees cuentos antes de dormir, les llevas a la biblioteca, les animas a elegir un libro para su cumpleaños y a que te cuenten qué les ha parecido, probablemente crearás en ellos un hábito que durará toda su vida. Si en una casa hay gusto por el cine, se establece la costumbre de ver películas con frecuencia, de todo tipo y estilo, y se comentan entre todos, los pequeños de la casa considerarán un hábito más el de ver cine. Lo mismo ocurrirá si desde su más tierna infancia visitan museos y exposiciones o les llevas a conciertos. Está en manos de quienes educan a esos mocosos que evolucionen hacia más o menos becerros a través de la cultura. Cierto es que algunas veces el crío te sale poco motivado, con una vida interior a la que te cuesta acceder y que ni chantajeándole consigues sembrar nada en él. Pero entonces lo que hay que cuestionarse es si la estrategia que estás utilizando con él es la adecuada o debes replanteártela. 

En cualquier caso, a todos aquellos que se mofan públicamente de esa niña para, de paso, atacar a la madre a la que -imagino- atribuyen los ramalazos culturetas de la criatura, debería darles vergüenza. Mejor, lean a Stevenson y Carroll, vean ‘Dersu Uzala’ (El cazador) y entonces, al menos, ya estarán en igualdad de condiciones. 



martes, 30 de mayo de 2017

El difícil reto de sobrevivir a la adolescencia

Imagino que estaréis al tanto del suceso ocurrido en el metro de Madrid. Un niño de 13 años cayó a las vías cuando se entretenía jugando a montarse en los acoples que enganchan un vagón con otro. El tren le seccionó las piernas. En cuanto escuché la noticia pensé en la madre del chaval y luego en mí. Imaginé que cualquiera de mis hijos adolescentes decidiera un día lanzarse a la aventura de hacer el gilipollas por diversión mientras yo permanecía ajena a ello e ignorante del drama que nos venía encima.

En Las Rozas, donde vivo, algunos niños de la edad de los míos se entretienen merodeando por edificios abandonados; van allí con la música de sus teléfonos móviles a todo trapo, hacen pintadas, posan para Instagram, se fuman sus primeros cigarrillos mientras le dan al Red Bull o cualquier otra bebida energética y terminan chutando latas en imaginarios partidos de fútbol, como si la infancia aún se resistiera a abandonarles. A ciertos chavales les gustan particularmente las azoteas de esos edificios cuya construcción quedó paralizada con la crisis y que duermen el sueño de los justos. Por ejemplo, la que iba a ser la Casa del Actor y otros varios complejos de oficinas vacíos en los márgenes de la A6.
 
Todos estos edificios inacabados tienen abiertos los huecos de ascensores y escaleras, así que con poca luz un traspiés puede hacerte caer de una buena altura, la suficiente para romperte una pierna o la cabeza, si es que el aterrizaje es forzoso. Eso sí, desde esas azoteas las vistas son espectaculares y las fotos quedan impresionantes, sobre todo si hay una buena puesta de sol, un elemento importante para conseguir una imagen de mil 'likes' que acompañan con un pie de foto que ni siquiera han escrito ellos mismos, sino que extraen de canciones de raperos españoles o ‘pseudopoetas’ surgidos al abrigo de Youtube. 

Los hay que tienen querencia a los trenes y se introducen en una zona de vías muertas próximas a la factoría de Talgo de Las Matas. Hay que reconocer que la escenografía del lugar se presta a imaginar historias apocalípticas de videojuego y debe darles cierto morbillo. También es recurrente el uso de carros de la compra de los supermercados, que sustraen a las bravas y se los llevan de paseo al punto donde han decidido perder el tiempo ese día. ¿Para qué?, os preguntaréis. Pues para meterse a presión unos cuantos en el interior de la cesta, hacer el cabra y de paso dejar constancia de la gamberrada en vídeo o foto para la posteridad. He llegado a verlos también haciendo una especie de ‘parkour’ en la fuente de la avenida principal del barrio, aprovechando que estaba apagada y no soltaba agua, arriesgándose a resbalar sobre los tubos y meterse uno por el mismísimo culo. 

Son jóvenes, bordean el peligro, pero no tienen miedo, no piensan en los riesgos, no se acuerdan de la muerte ni la enfocan como lo hacemos los adultos. Acaban de nacer, como quien dice, así que les falta mucho para eso. En cambio tienen todo el tiempo del mundo para buscar emociones fuertes. Yo también he hecho el imbécil en mi adolescencia –poco, todo sea dicho-, aunque creo que lo más grave que se me puede achacar es haber llamado a algún timbre y haber echado a correr. En cualquier caso, tendría que contrastarlo con mis amigas de toda la vida, por si se me escapa alguna fechoría. Pero aquí estoy, he sobrevivido a la peligrosa adolescencia, a la inolvidable juventud y ahora convivo con la sensatez de la edad adulta. 

Ya sé que la mala suerte influye, que si es tu día, es tu día, pero siempre he pensado que quien evita la ocasión, evita el peligro. Por eso he sido y soy de esas madres petardas y agoreras que avisan constantemente: “Si te subes ahí te puedes caer”, “No metas los dedos en el enchufe que te puedes electrocutar”, “Ten cuidado con la bici, con el patinete, con los patines…”. Son algunas de las frases más recurrentes de mi guion. Y con esta estrategia no sé si al final he criado unos hijos demasiado miedosos o demasiado prudentes. Cierto es que a veces no me han hecho caso y han probado en sus carnes lo que yo barruntaba más el posterior “te lo dije” que tanto molesta.

A dónde quiero llegar con esta divagación. Pues a la triste conclusión de que nos acechan multitud de peligros en este mundo, algunos asociados particularmente a la adolescencia, una etapa que es en sí todo un verdadero 'challenge': desde las absurdas modas, pasando por esos macabros retos, hasta el acoso por las redes sociales o los arriesgados primeros jugueteos con el sexo, el alcohol y las drogas. Así que esos bebés que protegimos desde su nacimiento y a los que llevamos más de una década enseñando a volar, un día por culpa de la hormona, del amigo, del primer amor, de Internet, de la moda o de la casualidad, van a correr un riesgo evitable y no calculado que les va a hacer sufrir y, con ellos, a quienes les queremos. Y seremos afortunados si todo queda en una anécdota.

Por lo pronto yo seguiré siendo la madre machacona que alerta de los peligros y, que les bombardea con noticias como la del niño del metro, esperando, en el fondo, que mostrarles las terribles consecuencias de estas arriesgadas prácticas les persuada para que no las imiten. Sí, ya sé, a estas edades tienen a hacer lo contrario de lo que les dice su madre, pero que por mí no quede.

jueves, 25 de mayo de 2017

Oposiciones: un refugio para desempleados

En vista de que el retorno al mercado laboral se me resiste, mientras desespero esperando que alguna empresa se interese por mí o que alguien decida contratar mis servicios, no me ha quedado más remedio que apuntarme a la oferta pública de empleo anunciada a bombo y platillo por el Gobierno. Afortunadamente han salido varias plazas de lo mío en distintos Ministerios, así que he empezado con los trámites. ¡Ay, los trámites! El papeleo, las bases, los requisitos, los certificados, las compulsas… El trabajo fijo para el Estado tiene un alto precio. Y tan alto. Desorbitado, diría yo.

He llegado a pensar que lo tedioso del proceso tiene el oculto y firme propósito de intimidar a los posibles candidatos para que se echen atrás y no concursen. ¿Habéis reparado en la cantidad de folios que ocupan las bases de este tipo de procesos selectivos? Por poner un ejemplo, la resolución del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte anunciando plazas de personal laboral fijo en 12 categorías así como todas las especificaciones de la convocatoria se detallan a lo largo de 89 páginas, anexos incluidos. Es cierto que se incluyen también requisitos, procedimiento, plazos, temarios, y hasta el último detalle de cada uno de los grupos, pero eso no hay cuerpo humano que lo resista. 

Por si las dimensiones del documento no han podido contigo, luego está la parte de acreditación de méritos. Te piden, por ejemplo, fotocopia del título compulsada, certificado de servicios prestados en todas las empresas para las que has trabajado, de vida laboral, de los contratos que hayas firmado, de los cursos completados, de todo lo habido y por haber, como si fuera tan fácil reunir cierta documentación. No todo el mundo conserva su primer contrato, así que ahí me veis contactando con los departamentos de Personal de mis antiguas empresas para pedirles el favor de hacerme un papelito que vaya usted a saber si resultará válido y al gusto del tribunal. Por no hablar del dineral en fotocopias que te vas dejando. Hablando de dinero, se pagan también unos derechos de examen. En el caso que he citado ascienden a casi 30 euros, que no son reembolsables si al final, por lo que sea, no puedes acudir a la prueba. Los desempleados están exentos de pagar la tasa siempre que demuestren que, además, carecen de rentas superiores al salario mínimo interprofesional, para lo que tienen que presentar su última declaración de la renta. En mi caso, como esa documentación correspondería a un ejercicio en el que afortunadamente mi situación laboral era más favorable, no me puedo beneficiar de esa exención… ¡Vaya por Dios! Otra cosa que no entiendo es la manía de no especificar una fecha concreta para definir el cierre de plazo de presentación de solicitudes para concursar, sino recurrir a la retorcida fórmula de ’20 días hábiles a contar a partir del día siguiente de la publicación de este convocatoria’. ¿Qué pasa? ¿Que quieren comprobar si sabes sumar?

Ayer perdí todo el día solo en papeleos -¡Viva la era digital!-. Y me puedo sentir afortunada porque dispongo de tiempo libre; no alcanzo a imaginar cómo se lo montará quien decide presentarse a este tipo de procesos siendo esclavo de un puesto de trabajo de 8 horas. Una vez en este punto, existe un obstáculo más que salvar. El temario del examen. Más de 60 temas que estudiarte, desde la santa Constitución, hasta el Convenio Unico, pasando por el secreto profesional o las tecnologías aplicadas a la información. ¡Qué pereza! Hay gente que se prepara a conciencia, compra temarios o se apunta a una academia. Yo voy a encomendarme a san Google. En fin, que este es el panorama que contemplo en este momento y del que solo me libraría un trabajo por sorpresa o la recurrente Primitiva que nunca llega.

No acaba aquí la carrera de obstáculos. Hay una segunda parte, la que comienza una vez que has hecho el esfuerzo de completar todos y cada uno de los requerimientos y te plantas –probablemente pasados varios meses- a hacer el examen. O, mejor dicho, exámenes, en plural. Porque en esta fase funcionan a base de cribas. Hay un primer cuestionario que debes superar si quieres enfrentarte a la segunda prueba, ya más peliaguda, consistente en desarrollar por escrito dos temas de los muchos que has debido empollar y que luego deberás exponer oralmente ante el tribunal. Y si tienes la brillantez o la fortuna de aprobarlo, pasas a un tercer ejercicio con un caso práctico que también hay que terminar defendiendo ante el tribunal. Vamos, un paseo. Y llegados a este punto, es inevitable que te surja la duda sobre si las plazas a las que tú estás aspirando tienen o no tienen 'bicho', es decir, si alguien dentro de la Administración y, por lo tanto, con más puntos que tú, también se presentará a este proceso y peleará por lo que cree que merece más que tú. Entonces es cuando el castillo de naipes se desmorona y, ya sí, la duda se instala en el que piensa en afrontar esta aventura y se plantea si de verdad merecerá la pena.

No sé si la merece pero, aunque no tengo alma de funcionaria, voy a probar suerte en tres de estas convocatorias (para dos ministerios y un museo) y ya os contaré. Estuve tentada de presentarme a unas cuartas, las de Policía Nacional; no me pareció que el temario fuera muy difícil, a pesar de que tengo una conocida que dedicó meses a prepararse para la edición pasada y se la zumbaron. En cuanto a las pruebas deportivas y las marcas mínimas exigidas, yo creo que con un poco de entrenamiento las podría sacar. Siempre pensé que eran muy rigurosos con el aspecto físico a la hora de permitir el acceso a este cuerpo, pero me subió la moral leer en las bases que si eres mujer basta con medir 1,60. Además, la edad no es un obstáculo porque permiten presentarse a cualquiera con tal de ser mayor de 18 años y no exceder de la edad máxima de jubilación. Este 25 de mayo -si no he hecho mal las cuentas- sería el último día para presentar la solicitud y pagar su correspondiente tasa. Pero me acojoné al leer el punto en el que dice que el aspirante se compromete a portar armas y, en su caso, llegar a utilizarlas… No me veo disparando. Soy demasiado pacifista para eso. Y algo torpe también; lo mismo terminaba metiéndome un tiro en el pie. Era ya lo que me faltaba.

martes, 23 de mayo de 2017

Lo confieso: el regreso de Twin Peaks me ha parecido un pestiño

A los 20 minutos de empezar el primer capítulo del esperado regreso de Twin Peaks, decidí que ya había visto suficiente. Coincidió con la vomitona del que parecía el agente Cooper, 25 años más viejo y desgreñado, dentro de su coche. No estoy segura de cómo había llegado allí, porque hasta entonces el relato narrativo había sido tan caótico, onírico y surrealista que yo andaba totalmente fuera de juego. De hecho estuve tentada de desengancharme antes; que haya que esperar al minuto 5 para escuchar la primera frase no ayuda, la verdad, así que creo que demostré mucha paciencia. 


Yo fui una de esos miles de españoles que a principios de los 90 se pegaban a la tele cada semana (con mayor avidez la primera temporada y con menos furor la segunda) para enterarse de quién había matado a Laura Palmer. Fue toda una revolución televisiva en la que participé como audiencia entregada. De aquel Twin Peaks, del que no me perdí ni un capítulo, comprendí las primeras entregas, que aún tenían un pase; pero hacia la mitad de la serie, el delirio se apoderó del relato y comenzaron a suceder cosas de frenopático que te hacían dudar no solo de la salud mental de su creador, sino de la tuya propia. Me compré incluso el libro ‘El diario secreto de Laura Palmer’ en inglés, tratando de alcanzar una experiencia 360º y completar las lagunas que habían ido dejando en mi cabeza algunos de los capítulos. Pero meses después, cuando terminó la historia en aquella habitación roja, el invento televisivo del complejo David Lynch se diluyó y dejó paso a una nueva serie de estreno a la que engancharse: Expediente X. Y debo admitir, que yo siempre preferí, como agente del FBI, a Mulder antes que a Cooper. 

Resumiendo. Imagino que los fieles incondicionales de Lynch y su oscura trayectoria estarán encantados con este retorno. Pero lo que es a mí no me van a tener entre los seguidores de la tercera temporada. Ya sé que declararse fan de Lynch y sus rayadas lisérgicas puede parecer muy intelectual, muy chic y muy moderno, pero me resulta incomprensible. Cuando encuentras un producto difícilmente comestible y de digestión claramente pesada, cuesta entender que alguien pueda consumirlo, decir que le encanta y gritar a los cuatro vientos que sería capaz de repetir ración, a no ser que que busque epatar o dárselas de gourmet –si se me permite la metáfora gastronómica-. 

Ya he tenido suficiente con el tostonazo de los primeros 20 minutos de este Twin Peaks ‘el retorno’. Para ser justa -más que nada porque de esa misma cabeza salieron joyas como Terciopelo Azul y Corazón Salvaje-, como penitencia y como gesto de respeto hacia un realizador de culto que, a base de parir 'frikadas', ha conseguido alcanzar ese estatus en el que puede rodar lo que le de la gana, haré un esfuerzo por volver a ver la serie original de los 90.

En el país de maestros del surrealismo como Buñuel y Dalí, lo siento David Lynch, esta vez no te compro el producto.

domingo, 14 de mayo de 2017

Eurovisión ha muerto, ¡viva Eurovisión!

No os confiéis. No os vengáis arriba. No penséis que el mundo ha cambiado, que de repente hemos recuperado la cordura y el buen gusto, que la sensibilidad ha ganado a lo erótico-festivo, que empezamos a valorar lo natural por encima del artificio, lo sencillo frente a lo recargado. Siento bajaros de la nube, pero no es así. 

Sí, celebramos la diversidad, como proponía el lema de la edición del Festival de Eurovisión de este año, pero seguimos en la época del ‘Despacito’, el perreo y el twerking, de los trolls anónimos que insultan por Twitter, de ‘Supervivientes’y de los ciberataques. Así que pronto olvidaremos el espejismo de haber dado el trono de Eurovisión a Portugal por una balada de amor clásica interpretada en su propio idioma por el luso Salvador Sobral, un joven músico de jazz con una traje que le va grande y problemas de corazón, algo excéntrico y absolutamente diferente a todo lo que habíamos conocido en el festival de la canción europea. 


Portugal. El hermano pobre. Nuestro vecino humilde. El único sitio donde viajar nos sale más barato que quedarnos en casa. El país al que siempre le dábamos algo en el festival, aunque fueran las migajas, un puntito, cortesía de la buena vecindad, incluso si su canción era un truño. Y resulta que este año nos conquista de verdad y nos sumamos al furor continental por el minimalismo luso, les premiamos con 12 puntos y envidiamos secretamente su valentía por apostar por una bella composición cantada en portugués.

Eurovisión no era esto. Al menos la Eurovisión que yo he seguido en mis muchos años de televidente. Eurovisión era espectáculo. Era folclore multiétnico. Era crear dentro del pop la subcategoría de ‘canción festivalera’. Era exotismo y era coña. Era Uribarri o, en su ausencia, Íñigo adivinando a qué países vecinos iban a ir los votos de unos y otros. De modo que, si a partir de ahora el festival va a ir en serio, entonces esto ya pierde la gracia. Por su propia condición, por su historia, por su espíritu kitsch, por todo lo que hemos vivido, si en adelante se va a premiar a las buenas canciones, independientemente de la geopolítica, el espectáculo, el chunda-chunda, la puesta en escena y la proyección comercial, quizá habría que hacerlo desaparecer, matar Eurovisión. Porque, quién quiere un certamen de la canción así, serio, sobrio, con criterio y calidad musical... 

Quizá aquel producto del siglo pasado nacido para impulsar la reconstrucción de la Europa de posguerra ya ha caducado y ha llegado el momento de reconvertirlo en algo parecido a un talent show televisivo para lanzar a nivel continental carreras de artistas conocidos solo en sus países; o quizá simplemente nos hemos hecho mayores, hemos afinado el gusto y ya no necesitamos esa clase de circos en mayo… (No, no lo creo, en vista de lo mucho que se divirtió Twitter con los animales que participaron en el evento, en particular el gallo).

Supongo que lo mejor, antes de dar un diagnóstico, es esperar al año que viene para comprobar si esto de votar en serio se convierte en tendencia.


jueves, 11 de mayo de 2017

Ahora toca el spinner

Llegamos tarde a la época de los tamagotchi, pero en casa hay pulseras hechas con pequeñas gomas de colores, Gormitis, Bakugan, un frisbee, cromos de varias ligas, beyblades, tazos, chapas, gogos, yoyós, peonzas, diábolos, canicas, monopatines en miniatura, sky landers, tarjetas de Pokemon, cubos de rubik, cartas de Star Wars, muchas botellas abolladas después de someterlas a tanto water bottle flip challenge… 




Y ahora un spinner. Es lo último. Alguien llevó un artilugio girador de estos al colegio y entró en acción de inmediato el efecto contagio. Mis hijos lo compraron por tres euros (con sus ahorros, que quede claro) en una tienda de chucherías del barrio. Eso fue antes de que se agotaran. Ahora se comenta que hay un mercado negro en el instituto de la zona donde circulan por el doble de precio. Es lo que tiene este barrio, que está plagado de futuros emprendedores con alma de CEO de startup y ganas de dar el pelotazo rapidito.

Aunque lo último de lo último es tunear tu spinner. Mi hijo, devorador de todo tipo de vídeos de Youtube, ha visto algún tutorial para pintarlos y no ha parado hasta montar en la terraza de casa un carajal de campeonato con el propósito de hacer lo propio con el suyo. Pintura en spray, un barreño, guantes, ropa vieja, gafas para proteger los ojos, papel de periódico que cubra las superficies más próximas y algún sistema para colgar el elemento hasta que se seque. "Así de sencillo", nos dijo. No le ha quedado mal -podéis comprobarlo en el vídeo-, y ahora se plantea que quizá podía dedicarse profesionalmente al tema y ofrecer a sus compañeros del colegio spinners únicos y exclusivos a, por ejemplo, 10 euros, para recuperar así la inversión (giradores, pintura y esfuerzo) y espero que también para ‘reparar’ las molestias ocasionadas. Creo que ya ha olvidado su plan de negocio. 

video

La mayoría de estos juegos sirven para entretener a los chavales y crear competiciones e intercambios en el entorno escolar. Por ese mismo motivo también suelen generar conflictos en el patio, cuando un juguete desaparece, se rompe, te lo ganan después de una apuesta o alguien se arrepiente de haberlo regalado. Aunque esta última moda del spinner dicen que posee propiedades antiestrés y su uso mejora la concentración, es habitual que los profesores los prohíban en las clases y que se recomiende a las familias que los niños no los lleven al colegio o lo hagan bajo su responsabilidad, pero es raro que no terminen llegando a la escuela al fondo de las mochilas esperando la hora de salir al recreo. 

Cuando yo era pequeña recuerdo se llevaba eso de saltar a la comba o manejar un yoyó, pero lo que estuvo muy de moda, lo que pegó el pelotazo, fueron las tabas. Era un juego de habilidad muy entretenido que se mantuvo varios años como gran atracción en los recreos. Las modas no eran tan efímeras. Ahora el tiempo medio de furor por estos cachivaches no suele llegar al mes. Y a una moda inmediatamente le sigue otra; de hecho una atropella a la anterior, así que preparaos para la siguiente. Tengo curiosidad por saber cuál será y si, como esta, también saltará del patio del colegio a oficinas y bares para arrastrar a los adultos con personalidad adictiva o tendencia a engancharse.