Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 27 de julio de 2017

Nace una nueva generación de bandoleros al abrigo de Internet

A sus catorce años, mi hija acaba de experimentar qué se siente cuando te roban. Afortunadamente no ha vivido ningún incidente violento, tranquilos. No ha sufrido ninguna agresión, ni un hurto en la calle, ni un timo, ni nada por el estilo. El delito ha sucedido en el mundo virtual y el botín ha sido una foto. Digamos que alguien se ha pasado la propiedad intelectual y los derechos de autor de mi hija por el forro, y quiero creer que lo ha hecho por desconocimiento o inocencia. Dejémoslo en el socorrido ‘cosas de críos’.

Aficionada a la fotografía, mi hija posee una cuenta pública en Instagram (@imrealc) donde exhibe el material que va recopilando a base de disparos con el móvil o la cámara réflex, imágenes ‘estilosas’ fruto de las sesiones que organiza con sus amigas, convertidas en modelos improvisadas, o que idea en solitario. Junto con la fotografía, otra de sus pasiones es el grupo juvenil Gemeliers. Precisamente desde la cuenta de los artistas hace meses se invitó a sus seguidores a subir fotos en sus perfiles donde se pudiera ver claramente merchandising del grupo -prendas de vestir y otros cachivaches con el logo GMLRS-, acompañadas por la correspondiente etiqueta para que fuera más fácil localizarlas. Las más originales y vistosas serían seleccionadas por la cuenta oficial del grupo que las compartiría. No había más premio, por tanto, que el gran honor de ser autor de una imagen compartida por el grupo musical. Así que mi hija, ilusionada por hacer confluir sus dos pasiones, montó una sesión de fotos con un par de amigas ataviadas con sus sudaderas de los Gemeliers. De entre todos los disparos que hizo, eligió el que ella consideró mejor y allá por el mes de abril subió el retrato a su cuenta con la esperanza de que los Gemeliers se fijaran en su obra y la eligieran. Es esta. 


Hace unos días, cuando casi se nos había olvidado el tema, mi hija empezó a dar gritos mirando su móvil. Pensábamos que había pasado algo grave. En realidad su histeria se debía a que los Gemeliers habían compartido en su perfil de Instagram nuevas imágenes realizadas por sus fans y la primera de ellas era la de mi hija. Recuperada de la primera impresión, comprobó que no se la mencionaba como autora de la foto, algo que nos extrañó. Así que escribió un comentario en la publicación alertando del olvido y pidiendo que se la etiquetara al menos en la foto, dado que era suya. Al César lo que es del César. Fue entonces cuando nos percatamos de que la foto se le atribuía a otra persona. Escarbando comprobamos que la cuenta colectiva @graciastouralgeciras había realizado una captura de pantalla de la foto de mi hija el mes pasado, evidentemente sin permiso, y la había subido con la mención correspondiente para participar en la convocatoria, pero ‘olvidando’ reconocer que era una imagen ajena. Ahí nos tenéis, con cara de idiotas, asistiendo a aquel robo virtual perpetrado por unas chavalitas que, para más inri, agradecían todas orgullosas a sus ídolos que hubieran seleccionado su propuesta.

Por supuesto enviamos mensajes a las ladronzuelas ‘invitándolas’ a confesar el hurto y a desvelar la autoría real de la foto, pero lo más que conseguimos es que nos bloquearan para impedirnos seguir accediendo a su cuenta y que terminaran haciéndola privada. Ahí fue donde la pifiamos. Tendríamos que haber recurrido directamente a la web de Instagram y rellenar el formulario creado al efecto (se ve que estos casos son más que habituales) donde deberíamos haber señalado los datos y enlaces a la cuenta de las cuatreras; pero ya sin acceso a ella poco podíamos hacer. También le hicimos saber al grupo a través de su red social que habían elegido una imagen que no pertenecía a la persona que decía ser su autora, pero de nada ha servido, porque no hemos recibido respuesta y ahí sigue la imagen sin que nadie haya deshecho el entuerto.

Sí, vale, la foto no es nada del otro mundo, no se trata de un fotón, probablemente no ganaría el prestigioso World Press Photo, ni el Pulitzer. Lo sé. Y soy consciente de que no deja de ser una pequeña tontería, una simple anécdota, pero refleja la impotencia que se siente cuando alguien se adueña con tanta facilidad y descaro de una propiedad tuya, aunque sea en el mundo virtual. A partir de ahora mi hija cambiará algunos hábitos a la hora de publicar sus fotos en su cuenta. Quizá incluir una marca de agua o su firma y, por supuesto, recordará a quienes sientan la tentación de apropiarse de alguna de sus creaciones que no está autorizado el uso de su material sin permiso y que, en cualquier caso, debe citarse siempre su autoría. Porque aunque las redes sociales en la letra pequeña de sus condiciones de uso reservan interesantes sorpresas para los usuarios, por encima de todo están los derechos de autor y la propiedad intelectual, igual en el mundo virtual que en el real. De hecho una de las condiciones exigidas por Instagram para poder abrir una cuenta es garantizar que eres el propietario del contenido que publicas o que estás autorizado por él, de manera que no se vulneren los derechos de privacidad, de publicidad, de autor, de marca comercial u otros derechos de propiedad intelectual.

Este episodio es una diminuta gota de agua dentro del océano de usurpadores y parásitos que viven y tratan de medrar en el ámbito digital a costa del trabajo de los demás. Que una niña haga pasar por suya la foto de otra, sin pedir permiso, en un fandom con relevancia más bien escasa dentro de una red social, aunque sea sin ánimo de lucro, revela que mucha gente tiene la equivocada creencia de que todo lo que encuentra por la Red es libre y puede utilizarlo a su antojo. Pero esto no deja de ser un chiste si lo comparamos con la cantidad de plagiadores, profesionales del copia y pega, o refritadores de primera que se nutren de lo que han publicado otros y comercian con ello. Entonces, cuando hay cuartos de por medio, la cosa se pone mucho más seria, aunque la impotencia del robado sea exactamente la misma. 

Os invito a leer el caso de Elia Guardiola, autora de un blog dedicado al marketing de contenidos y una de esas víctimas cuyo caso conocí recientemente. Su relato sobre cómo supo que en la versión digital del periódico La Razón aparecían textos escritos por ella pero firmados por otra persona y lo que sucedió después os dará una idea de la calaña que se mueve por ahí y con qué impunidad. O el caso del escritor y articulista José Ángel Barrueco, quien descubrió cómo fusilaban directamente en un programa de RNE, y sin citarlo siquiera, críticas literarias escritas por él y extraídas de su blog. 

Internet está lleno de bandoleros. Esta es solo la punta del iceberg. 


lunes, 24 de julio de 2017

10 razones por las que un trabajador no debería renunciar a sus vacaciones

Acabo de regresar de una semana de desconexión. Un cambio de aires. Un respiro. Una escapada al mar. Doy tantos rodeos para no decir la palabra maldita: vacaciones. Cuando uno está desempleado suena a cachondeo comentar en público que estás de vacaciones. Seguro que alguien piensa que llevas disfrutando de ellas desde el mismo día que pasaste por el INEM y el contador se puso en marcha. Y nada más lejos de la realidad. El caso es que si compartes tu vida cotidiana con dos menores y un trabajador en activo que están deseando –y lo tienen bien merecido- gozar del verano, te subes al carro vacacional tan ricamente. Y, ¡qué narices! El descanso es necesario tanto para unos como para otros. Oxigenar un cerebro dedicado por completo a buscar trabajo es casi más prioritario. Así que comprenderéis que tenga algo que decir sobre el agrio y encendido debate que ha surgido estos días a propósito de la intención de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, de renunciar un año más a las que ella considera voluntarias vacaciones de verano y, con su postura, cuestionar toda una conquista social, un santo derecho que, junto con la jubilación, han adquirido con el sudor de su frente todos los trabajadores.


Partiendo de la base de que cada uno puede hacer con su vida lo que le plazca, mientras no moleste al vecino ni se salte la ley, he encontrado poderosas razones para que quienes prefieren trabajar todos los días de su vida quizá se replanteen su decisión. Queridos adictos al trabajo, aquí os detallo solo 10 de los numerosos motivos por los que merece la pena frenar al menos una vez al año, aunque solo sean ocho días, que por lo que parece se considera la cifra perfecta

1-Das un respiro a tus colegas de trabajo y a tus vecinos de abajo.

2-Actividades a priori anodinas como elegir destino, buscar ofertas, hacer la maleta, leer un mapa o parar a estirar las piernas y hacer pis en un área de servicio, se convierten en fabuloso preámbulo de una fantástica aventura.

3-Te baja el estrés y te sube el ánimo, así que tu salud te lo agradece.

4-Contribuyes a mantener el motor de la economía del país, que es el turismo.

5-Sales de tu burbuja y ves en primera fila el mundo real que existe ahí fuera.

6-Das un poco de color y vidilla a tus redes sociales.

7-Pierdes la noción del tiempo, aprendes a vivir sin reloj ni calendario y te vuelves primitivo: Duermes cuando tienes sueño y comes cuando tienen hambre. 

8-Valoras lo que dejaste en casa, por ejemplo, tu almohada o tus escarpines.

9-Si te regalas unos días libres en realidad te estás brindando el más valioso de los regalos: tiempo. Que, por ejemplo, puedes emplear en leer más y mejor.

10-Y, por último, aunque adores tu trabajo, recuerda que vivir es lo que haces cuando concluye tu jornada laboral. De hecho, por lo general, las personas que van a morir coinciden en arrepentirse de haber trabajado tanto en su vida.

Frente a estas diez razones de peso para desconectar, solo hay un inconveniente: los beneficios de este merecido descanso duran muy poco, lo que tardas en volver a la oficina y a la cruda realidad. Pero, ¿sabes? Que te quiten lo bailao.

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuando los 'likes' deciden qué es noticia

O estoy oxidada o me he quedado 'en órsay', que diría un antiguo. En estos años separada de la primera línea del periodismo -por darle un poco de empaque a mi discreto papel de ‘chica para todo’ en emisoras de radio- me he debido perder el momento en que los manuales de estilo de los medios incorporaban a los asuntos de interés nuevos enfoques y argumentos que poco tienen que ver con el concepto de noticia que yo estudié en la Universidad, allá por el Pleistoceno.

Leo en la cuenta de La Sexta Noticias en Twitter: ‘Un hombre muere mientras dormía después de discutir con su mujer y marcharse al sofá’. Tardo unos minutos en entender por qué la cadena ha convertido en noticia algo así. Imaginaos la cantidad de gente que muere a diario de manera natural, porque le llega su hora, dejando asuntos pendientes, sin haberse despedido de sus seres queridos o saldado cuentas con sus enemigos, así, simplemente porque sí. Si los medios informaran de cada uno de estos fallecimientos no quedaría tiempo para reality shows ni concursos ni cine de sobremesa; la programación se limitaría a relatar uno por uno cada uno de los óbitos y sus circunstancias, sin diferenciar anónimos de célebres, ni distinguir entre muertes violentas y naturales.


Horas antes asistía perpleja a la elevación a noticia del vídeo de un hombre y una mujer que salían del baño de un avión, discretamente ella primero y él unos segundos más tarde con cara de haberlo pasado muy bien. La grabación la había realizado con su móvil un pasajero que, evidentemente, no estaba en las nubes y la subió a sus redes sociales, con efectos y todo, para deleite de sus seguidores. La propia aerolínea, Virgin, compartió el vídeo en su página de Facebook y añadió la frase jocosa: “Estamos bastante seguros de que ese es nuestro avión! La iluminación del ambiente ciertamente pone una sonrisa en sus caras #smilehighclub”. A continuación numerosos medios de comunicación digitales colgaron en sus webs el vídeo por si quedaba algún internauta por ponerle cara a la pareja que, supuestamente y por otra parte, habían hecho realidad una de las fantasías sexuales secretas de buena parte de la población, que no es otra que montárselo a 30.000 pies de altura. 

Sin entrar en debates sobre el puro que se les podría meter al ‘intrépido reportero’, a la propia compañía que le rió las gracias y a los medios que compartieron el episodio y se lucraron publicitariamente con él, todos exhibiendo perfectamente y sin ningún reparo a los protagonistas, me pregunto dónde está el interés periodístico de este calentón de altura. Si me apuráis, más bien la relevancia del asunto comenzaría si los anónimos protagonistas se decidieran a denunciar y el caso pudiera sentar algún precedente para frenar esta locura de saltarnos a la torera el derecho al honor y la imagen cuando se trata de ese mundo virtual y paralelo que se llama internet. Incluidos los propios medios que, supongo, se arriesgan a tales prácticas sabiendo que pocos de los anónimos damnificados pleitean y si lo hicieran siempre sería mayor el beneficio económico de publicar esos contenidos que la hipotética multa que podría imponerles un juez.

Entiendo que los medios de comunicación no pueden obviar el imparable crecimiento del uso de las redes sociales y la proliferación de usuarios con alma de paparazzi y ansia de likes, y que sería de estúpidos no explotar también para beneficio propio el material que triunfa en esos foros. Pero creo en esa enloquecida fiebre por captar seguidores no deberían olvidar algunas reglas básicas y primordiales del periodismo. A pesar de la crisis y reconversión del sector, no todo vale. 

Para terminar y argumentar aún más gráficamente cómo se convierten en noticia absolutas gilipolleces surgidas de las redes sociales y a las que regalamos un valioso tiempo informativo, aquí tenéis los últimos casos que han merecido el interés de los medios considerados serios. Comienzo por las de índole sexual que suelen aflorar especialmente en esta época de calores:











¡Mira! A esta última por lo menos se le puede encontrar algo de moraleja.

martes, 11 de julio de 2017

Me propuse no gastar ni 1€ en libros de texto nuevos y esto es lo que pasó

Lo siento por los editores y libreros, pero este año no van a contar con mi aportación para el sostenimiento de su negocio. Adiós a los más o menos 700€ que les iba a reportar -y a mí me iba a costar- el simple gesto de comprarles a mis hijos sus correspondientes libros de texto nuevos para el curso entrante. En esta ocasión nos marcamos un reto: intentar no gastarnos ni un euro en libros a estrenar y en su lugar apostar por los manuales usados. Que yo sepa no existe ningún informe científico que acredite peor rendimiento, menor motivación, ritmo más lento de aprendizaje o mayor índice de fracaso escolar en los alumnos que estudian con libros heredados, así que todo son ventajas en esta práctica, al menos para el cliente; imagino que el librero no pensará igual. 

La venta de libros escolares de segunda mano está proliferando en los últimos tiempos. Ayuda el hecho de que muchos centros educativos no los estén cambiando con tanta frecuencia, probablemente ante la incertidumbre de no saber si volverá a modificarse la ley educativa o se alcanzará el ansiado pacto entre todos los partidos. El caso es que esto beneficia a quienes tienen hijos que solo se llevan uno o dos años, como es mi caso. Tantos años deseando que al pequeño le sirvieran los libros de la mayor, como pasaba en mi infancia, y por fin mi sueño se hace realidad. El pequeño tendrá el honor y la suerte de reutilizar los textos fenomenalmente conservados de su hermana mayor, mientras que esta hará lo propio con los libros de otros estudiantes de un curso superior, algunos conocidos y otros desconocidos. Hemos tenido la fortuna de conseguir gratis a través de su primo y un vecino de la abuela cuatro de los libros que le tocará estudiar el curso que viene, y el resto los hemos localizado en portales de internet dedicados a la venta de segunda mano. Algunos tienen anotaciones o ejercicios a lápiz, pero así este verano tenemos entretenida a la chiquillería dándole al típex y la goma para borrar las huellas del anterior propietario. 


No os imagináis la cantidad de género que se mueve en el mercado de segunda mano y lo bien conservado que lo tienen muchos. Cualquiera diría que los chavales no han pisado por clase. Bien es cierto que algunos de los padres vendedores con los que hemos contactado, además de calificar a sus retoños como muy cuidadosos, nos comentaban una triste realidad bastante frecuente, esa que apunta a que algunos profesores no utilizan el libro que el centro elige para impartir esa asignatura, vaya usted a saber por qué. Así que al menos con esta reventa, las familias recuperan parte de lo invertido y no se les queda cara de idiotas de manera perpetua. Además experimentan la sensación de estar realizando una labor social al ayudar a otros.

Ya que hablamos de dinero, recurriendo a la venta de segunda mano te puedes llegar a ahorrar la mitad de lo que cuesta el libro nuevo. En algunos casos incluso más, si se trata de mercadillos organizados por las AMPAS de los propios centros, donde se favorece un espacio de encuentro entre vendedores y compradores y se suele establecer un precio fijo y único por cada ejemplar (5€ en el caso del instituto de mis hijos). Así que pensando en que hay libros que cuestan nuevos 35€, la idea de ahorrarse 30 yo diría que parece más que tentadora. Calculo que, al final, este año la inversión en culturizar a mis hijos rondará los 70€, una cifra con un cero menos que la que nos habría costado la anual ‘fiesta educativa’ si no hubiéramos optado por esta opción tan sostenible.

Después de esta experiencia tengo la sensación de haber estado malgastando el dinero todo este tiempo. Cada año, cuando llegaba el verano, encargaba los dos juegos de libros nuevos en una gran superficie y asumía que era un gasto obligado. Por supuesto, mis hijos estaban encantados de estrenar material. Normal. Yo también considero muy placentera la sensación de desnudar el libro quitándole el precinto de plástico, y doy fe que el olor a páginas recién salida de imprenta es adictivo. Tan obnubilados estábamos con los efluvios del libro virgen que no sospechábamos el trasiego de material desvirgado que se realizaba a nuestro alrededor. Y yo que soy de engancharme rápido, una vez que he empezado ya no puedo parar. Por lo pronto hemos logrado colocar los libros del pequeño por un módico precio a una conocida del colegio a la que le venían bien. No descarto seguir dejando espacio libre en el trastero.

Para quienes no hayáis encargado aún los libros de vuestros críos, sabed que hay muchos lugares en Internet donde se pueden conseguir libros de segunda mano a precios muy ajustados. Incluso existen interesantes iniciativas creadas ex profeso que ponen en contacto a compradores y vendedores, funcionan a nivel nacional y permiten filtrar en función de los intereses del usuario. Tened en cuenta, eso sí, que la oferta es siempre más amplia en cursos superiores, dado que los materiales que se utilizan en Infantil y los primeros años de Primaria prácticamente son de un solo uso, salvo alguna excepción. Aquí recojo diez de estas herramientas para quienes queráis probar a darle una segunda oportunidad a los textos académicos y ahorraros un buen pellizco:

Wallapop: Empiezo por ella porque es una auténtica mina de todo tipo de cachivaches, también libros de texto de segunda mano. Con este producto se funciona igual que con el resto de objetos que se encuentran en la plataforma: Buscas el que necesitas, conectas con el propietario a través de su aplicación y cerráis la venta. 

Vibbo: El antiguo portal de anuncios clasificados Segunda Mano, ahora con esta nueva denominación, pone a disposición de sus usuarios un espacio de compra-venta donde se descubren ejemplares usados. Eso sí, la oferta de libros de texto no es tan amplia como la de Wallapop, pero merece la pena echar un vistazo.

Tablón de anuncios: Es otro portal de anuncios clasificados, que incluye desde ofertas de empleo hasta compra-venta entre particulares de productos de segunda mano, incluidos los libros escolares. Puedes acotar la búsqueda por municipio para localizar a los vendedores dentro de tu radio de acción.

Bolsa de libros: En esta web se fomenta la cultura del intercambio, hay más de 500 anuncios y puedes elegir la opción de regalar, vender o comprar. Es una herramienta específicamente creada para el intercambio de libros de texto de forma interactiva, visual, práctica y sin intermediarios. 

Relibrea: Fundada en 2012 en Valladolid, es la mayor comunidad online para comprar, vender y descubrir libros de segunda mano por todo el territorio nacional. Tiene un catálogo de más de 95.000 ejemplares. Como añadido, cuentan con un blog literario y hacen un sorteo entre sus seguidores en el que el regalo es precisamente un juego de libros de texto para el curso que viene.

Truequebook: La idea surgió de una madre emprendedora que creó el proyecto pensando en facilitarles las cosas a las familias que en septiembre se enfrentaban al difícil reto de equipar a los niños para el nuevo curso. Incluye una categoría de centro educativo para simplificar la búsqueda y facilitar los trueques con otras familias del entorno del usuario. La gama de productos que se puede canjear van más allá de los libros, también aparecen uniformes, elementos deportivos y otro material infantil.

El Giralibro: Nació en 2012 en Santander para dar respuesta a la carestía de los libros de texto y al sinsentido de tirar algo que otros necesitan. La idea era entregar los libros del curso pasado y reservar los del siguiente. La acogida fue tan buena que en cinco años se ha creado un importante banco de libros que se ofrece a través de la web. Tiene entrega gratis a toda la península siempre que se recoja el pedido en las oficinas de Correos. 

Bolsabooks: Es una librería de estudiantes para estudiantes. Ayudan a gestionar la venta de los libros de segunda mano y a ahorrar dinero en la compra de los textos académicos. Tienen su sede en Pamplona, pero a través de la web se pueden comprar los ejemplares disponibles, con un ahorro de entre un 15 y un 40%.

Donaz: Se trata de una herramienta pensada para AMPAS de centros de enseñanza a nivel nacional, con la que se facilita la tarea de gestión de los bancos de libros en cada centro educativo. 

Casa del libro: Esta importante cadena de librerías que funciona a nivel nacional también incluye dentro de su oferta editorial a través de la web libros usados con ligeros descuentos.

Si a pesar de todo lo que os he contado seguís decididos a invertir en libros nuevos para que estudien vuestros hijos y que las editoriales no vayan a la quiebra, quizá os interesen los comparadores de precios textolibros.com, ahorraenlibros.com y oklibros.com, otras herramientas digitales muy útiles creadas para saber en qué tienda se pueden encontrar los ejemplares más económicos.

jueves, 6 de julio de 2017

El fracaso

Tengo una amiga que siente que ha fracasado en todos los ámbitos de su vida. En el plano laboral está, como otros 3.362.810 españoles, desempleada. Después de haber trabajado durante años sin descanso tras acabar la Universidad, su última apuesta laboral le salió rana y todo se torció. Desde entonces le está costando reengancharse. Su edad no ayuda, la verdad. Pertenece a uno de los sectores más castigados, el de mujeres mayores de 45. El otro día, en una cita de negocios a la que acudió valorando si había llegado del momento de lanzarse a la aventura de ser su propia jefa, le preguntaron cómo era posible que con su currículum, su experiencia y su nivel profesional aspirara a un empleo tan poco relevante. Y casi se echó a llorar.

Mi amiga tiene hijos y también se siente una fracasada en el papel de madre. Cree que se ha volcado demasiado en ellos descuidando su faceta profesional, que siempre les ha puesto por delante de todo, les ha dedicado los mejores años de su vida, se ha dejado exprimir al máximo por ellos y ahora que están creciendo comprueba que no la necesitan ni le agradecen todos sus desvelos. Se han convertido en desconocidos que parecen haber olvidado todas sus enseñanzas. Incluso cuenta que hace poco se le ocurrió preguntarles si ella era la persona más importante de sus vidas, y ellos le contestaron: ‘Por supuesto que no’.

Relata un poco avergonzada que el fracaso se ha instalado también en su vida sentimental. No recuerda la última vez que sintió mariposas en el estómago. Le hago ver que eso hasta cierto punto es normal y muy común, ya no somos adolescentes, pero no le consuela. Lo peor, dice con resignación, es que pasa tanto tiempo enfadada y discutiendo con su pareja que las sesiones de sexo se van espaciando cada vez más. ‘Quién va a tener ganas de un revolcón con el que te acaba de sacar de tus casillas’, reflexiona. Porque con los matrimonios añosos no funciona eso de que lo mejor de las discusiones son las reconciliaciones. Así es que echa de menos los abrazos espontáneos, las caricias inesperadas, los halagos, los momentos dulces. Y echa de más los reproches, que las conversaciones de pareja se limiten a la intendencia de la casa y que los niños siempre estén en el centro de cada conflicto.


Me divierte verla sulfurarse cuando alguien se atreve a asociar su cada vez más frecuente mala leche con la proximidad de la menopausia. ‘Al que vuelva a decirme que la edad me está agriando el carácter le arranco la cabeza’, suelta como poseída en uno de sus arrebatos. Y suma a su lista de fracasos uno más, el de no estar sabiendo aceptar con deportividad el paso del tiempo y la transformación de su cuerpo. Ella, que cuando tuvo que elegir entre cara o culo, apostó sin dudarlo por centrarse en cultivar su trasero, comprueba ahora lo poco que le ha servido haber invertido tanto en cremas anticelulíticas. Digamos que sus hábitos no contribuyen a ralentizar su deterioro. Cada vez le cuesta más decir no al alcohol y a otros sabores que, aunque incompatibles con lo saludable, evitan que se vuelva loca. Le digo que no se queje, que dé gracias por estar sana, y me dice algo avergonzada: ‘Tienes razón’. Pero al minuto sigue anotando en su agenda vital nuevos fracasos que echarse a la espalda.

Esta amiga ha tenido toda la vida multitud de asignaturas pendientes: siempre ha querido hablar varios idiomas, saber dibujar, aprender a cantar, ir a clases de bailes de salón, ser capaz de patinar, surfear, hacer un crucero, colaborar con una ONG, conocer los cinco continentes, escribir un novelón, plantar un jardín urbano en su terraza, estudiar otras carreras por el placer de ampliar sus conocimientos… y una lista interminable de deseos más o menos irrealizables que te den la sensación de estar aprovechando tu corto tiempo en este mundo. Con esa presión y en este momento de su vida en el que todo se le hace cuesta arriba, no puede evitar sentir que también ha sido incapaz de hacer realidad alguno de sus sueños. Un fracaso más.

Se lamenta mi amiga, además, porque su teléfono no suena; no le entran llamadas, no le llegan whatsapps, ni recibe correos electrónicos. Incluso sus publicaciones en redes sociales ya no reciben más interacciones que las de su reducido grupo familiar. Y aunque le digo que es verano y que la gente está más desconectada y dispersa, le da por pensar que también en el aspecto social ha fracasado, ha sido incapaz de tejer una red de amigos del alma preocupados por su persona dispuestos a sacarla a bailar por sorpresa para hacerla olvidar las penas. Entonces mira a su alrededor y ve cómo, efectivamente, todo el mundo comparte en su perfil de Facebook sus idílicas vacaciones en distintos puntos del planeta mientras ella, muerta de asco en casa porque hay que apretarse el cinturón en épocas de vacas flacas, no tiene nada digno de compartir en su muro. Y mirando todos esos lugares a donde le gustaría teletransportarse y que no sabe si algún día podrá visitar, vuelve a notar en el paladar el regusto amargo del fracaso. 


Me pregunto qué podría decirle a esa amiga, algo que le consuele sin parecer una manida frase motivadora de esas que te llegan al whatsapp o te encuentras en redes sociales. Nada, no puedes decirle nada, salvo escucharla y, si acaso, recordarle que el fracaso solo existe cuando te rindes.


sábado, 1 de julio de 2017

Mejor solas que mal acompañadas

Hay varias cadenas de gimnasios que son de uso exclusivo para mujeres. Nunca he estado en uno de ellos. De hecho no soy usuaria de gimnasio. Pero por lo que dicen sus clientas, resultan ideales para hacer ejercicio sin sentirte observada ni desnudada por el género masculino. Desengañémonos: es mucho más fácil hacer las sentadillas sin el peso extra de las miradas ajenas al final de tu espalda. Es así de triste. Hay hombres que mientras musculan, analizan culos. Lo mismo que hay mujeres que pierden la cuenta de las series que llevan por no quitarle ojo a los bíceps sudorosos de ellos. Y hay personas que prefieren no caer en esas distracciones mientras se ponen en forma. Bien por ellas. Nadie ha considerado discriminatoria ni ilegal la existencia de estos negocios privados que funcionan con total normalidad porque, entre otras cosas, tienen su público.

Luego está la educación diferenciada, que practican algunos colegios privados convencidos de que separar a niños de niñas para enseñarles es mucho más efectivo, logra mejores resultados y evita que los alumnos se descentren y pierdan el foco de lo que es realmente importante. En particular se argumenta que las chicas rinden más en asignaturas tradicionalmente masculinas, como las científico-técnicas, cuando están solas, sin chicos que las intimiden. Este estilo formativo no es ilegal, todo lo contrario, se sustenta en la libertad de enseñanza y en el derecho de los padres a elegir el proyecto educativo para sus hijos. Y sigue funcionando porque realmente hay gente que apuesta por esa clase de enseñanza y con su dinero puede hacer lo que le plazca.

Yo particularmente prefiero vivir en el mundo real y huir del artificio. Si la sociedad está formada por hombres y mujeres, lo suyo es no refugiarse en burbujas o universos paralelos, sino convivir todos juntos en cualquier situación. Pero entiendo perfectamente que las mujeres busquen espacios libres de machos y quieran desarrollar actividades solo para ellas, sobre todo cuando se trata de cotos privados tradicionalmente reservados para hombres y en los que difícilmente tenemos nosotras acceso u oportunidad para destacar. 


Ese era el sentido del Gaming Ladies, un encuentro de chicas gamers, expertas jugadoras de videojuegos, que iba a celebrarse el 27 de julio en Barcelona para visibilizarlas dentro del sector, dado que cuando asisten a este tipo de encuentros mixtos siempre quedan eclipsadas por sus colegas hombres, así que creando este 'espacio seguro' conseguían hacerse oír y reivindicar su presencia en este campo. Pero la aventura se ha suspendido porque el patrocinador, King, el gigante de la industria, creador de juegos para redes sociales y móviles como Candy Crush, ha recibido presiones. ¿De quién? Pues de los hombres que no están dispuestos a que se hable de videojuegos sin que estén ellos, los amos del calabozo, los reyes del mambo. ‘Qué desfachatez. Cómo osa esta pandilla de tías reunirse para hablar de videojuegos sin contar con nosotros’, debieron pensar. Y empezaron a calentar las redes, insultar, chantajear y practicar ese bonito deporte llamado demagogia. ForoCoches echaba humo. ‘No quieren igualdad. Pues ahí tenemos que estar nosotros’, llegaron a decir algunos. Si evitas caer en la tentación de confundir un puñado de internautas cafres con la opinión pública, esto no dejaría de ser puramente anecdótico. 

Lo ocurrido en Argentina tiene aún más delito. Un partido regional ha presentado una lista electoral 100% femenina para concurrir a las elecciones legislativas de octubre en aquel país. Pero un juez ha rechazado esta ‘anomalía’ en el paisaje político por considerar que la lista es discriminatoria y ha exigido que haya al menos un 30% de hombres en la candidatura, un cupo similar al que se obliga en el caso de la presencia femenina. Lo que no ha debido valorar el magistrado es que los cupos nacen para ayudar al equilibrio e impulsar al colectivo desfavorecido, que históricamente no ha sido –que yo sepa- el hombre. Las responsables de la formación política femenina no tiran la toalla y andan buscando apoyos virtuales a través del movimiento #Dejenllegaralasmujeres

Resumiendo: los hombres llevan toda la vida acaparando y monopolizando las áreas de poder, cediéndonos sus migajas, decidiendo cuándo, cuánto y cómo nos permiten participar. Pero, de repente un día, cuando sospechan que podemos empezar a actuar prescindiendo de ellos, se plantean si no supondremos una amenaza y les haremos perder sus privilegios. Y es entonces cuando se revuelven y sacan las uñas poniéndose en evidencia. Lo peor de esta historia es que consigan su propósito y nos hagan renunciar.

Tendrían que salir muchos partidos exclusivamente formados por mujeres para siquiera igualar el número de políticos hombres que han formado y forman parte de las instituciones en todo el mundo durante siglos. Y habría que organizar muchos encuentros solo de chicas para que se colara al menos una voz femenina entre las millones de voces autorizadas masculinas que acaparan tantas áreas de actividad a lo largo y ancho del planeta.

Nos llevan siglos de ventaja, pero paciencia. Esto no ha hecho más que empezar. Sigamos haciendo méritos.

miércoles, 28 de junio de 2017

Feliz Día del Orgullo

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué las conversaciones sobre asuntos sexuales siguen provocando risas, ira, discusión, controversia…? Se llama inmadurez. Cuando seamos capaces de hablar de sexo sin ruborizarnos, sin descender al fango y echar mano del chascarrillo soez, de las exageraciones o del insulto, de una manera natural, como quien habla de su juanete, la cicatriz de una apendicitis o su dermatitis seborreica, entonces habremos superado la fase infantil en la que estamos instalados.

Hoy es el Día del Orgullo Gay y mientras unos defienden su libertad para amar y mantener relaciones sexuales con las personas que quieran, hay quien recibe esta fecha con urticaria. Las banderas del arco iris que enarbolan unos provocan acidez de estómago en quienes desde hace algunos días van comprobando cómo balcones oficiales, moscas de la tele, marcas comerciales y hasta el cupón de la ONCE van tiñéndose de todos los colores para significarse, aprovechar el tirón comercial del evento o, simplemente, parecer muy enrollado.

Madrid tiene el honor de ser este año sede mundial de la celebración del WorldPride, con todo lo que eso conlleva de visibilización a gran escala e ingresos. Así que el alboroto gay habitual por estas fechas se ha multiplicado, lo que a su vez amplifica las distintas maneras de afrontar la homosexualidad. Hay gente que sigue viéndola pecaminosa, enfermiza y ‘contra natura’ y que considera unos pervertidos a quienes se declaran gays. Y gente que sufre por no poder hablar abiertamente de lo que siente, cohibida por lo que esa confesión podría desatar. Al final todo se reduce a la herencia recibida -aquí sí que sí-, a una manera mojigata y poco sana de afrontar la sexualidad marcada por una educación católica tradicional que a fuerza de repetir siglo tras siglo este anatema, ha sembrado en la mente colectiva, particularmente la de las personas de mayor edad, el rechazo hacia este colectivo. 

A mí no me importa la condición sexual de la gente que conozco, con la que hablo, me cruzo o coincido. Cuando me presentan a alguien, no me interesa conocer su modo de desenvolverse en el amor o el sexo, prefiero saber antes su nombre y a qué se dedica en la vida, encontrar temas interesantes de conversación e intuir que se trata de una buena persona. Y no creo que nadie deba ir mostrando su tendencia sexual como si fuera su carta de presentación: ‘Hola soy fulanito y soy gay’. Igual que no vamos diciendo el resto ‘Hola, qué tal. Soy tu nueva vecina y te aviso que soy muy hetero’. Nunca he entendido tanto empeño en querer sacar del armario a la fuerza. Que cada uno actúe con naturalidad. Que respete y se haga respetar.

Creo y espero que las futuras generaciones sepan gestionar mejor que las nuestras este tipo de cuestiones. Que no variemos la manera de tratar a alguien cuando descubrimos que no es heterosexual. Que cambiemos la manida expresión ‘lo normal’, por ‘lo más común’. Que se destierre el insulto ‘maricón’ del vocabulario pensado para hacer daño y la violencia contra el distinto o el que no se ajusta a la idea socialmente establecida. Y que deje de recurrirse a los mismos tópicos para definir a estas personas, porque os aseguro que no por pertenecer al colectivo LGTBI te han tocado más papeletas para ser libertino y promiscuo. También los heterosexuales pueden llegar a ser muy ‘viva la virgen’. Y en cuanto a la pluma, que tanto molesta particularmente a los que no entienden la diversidad, conozco a muchos heterosexuales excesivos en sus maneras y modales, exhibicionistas y gesticuladores a los que nadie les recrimina. Somos distintos, cada uno de su padre y de su madre, y la riqueza reside precisamente en toda esa variedad. La aceptación y el respeto al que no es como tú debería ser la norma.

Como decimos cada vez que conmemoramos el Día de la Mujer, el día que no haya que salir a la calle para celebrar el Orgullo Gay será que hemos madurado. Entonces sí que será un orgullo. Hasta entonces, que salga quien quiera a celebrar, independientemente de su orientación sexual y aunque solo sea por el efecto contagio que generan el ambiente, el desmadre y el buen rollo. Quien quiera disfrazarse, que lo haga. Quien quiera besarse subido a una carroza o unos tacones, que lo haga también. Y al que le incomode o le moleste, incluidos los gays discretos, contrarios a la exaltación de la homosexualidad o el exceso de pluma, que no miren.

Hace algunos años escribí una novelita de amor gay, una comedia de enredos con la que disfruté mucho y en la que volqué más o menos lo que acabo de apuntar y que se resume en cuatro palabras: vive y deja vivir. Cada vez que llega esta fecha me acuerdo de ella. Si la queréis leer, está disponible en Amazon por poco más de un eurito.

Aunque la palabra orgullo no me termina de gustar por su principal acepción en el diccionario de la RAE (Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas), hoy es un día para no andarse con menudencias y desear a todos los que creen en la libertad y la riqueza de la diversidad un Feliz Día del Orgullo.

jueves, 22 de junio de 2017

Cinco razones de peso por las que no soporto los festivales escolares

Creo que no he tenido oportunidad de hablar en este blog de los festivales escolares, esas actuaciones con las que suelen deleitarnos nuestros hijos en Navidad y fin de curso, animados por el colegio o los centros donde realizan extraescolares. A esta categoría se suman también las inevitables graduaciones, esos actos solemnes que hemos instituido al final de cada etapa educativa. Debía parecernos poco aguantar esas dos galas anuales, así que nos han dado un extra. Quienes tengan hijos me entenderán. Los graduamos al terminar la antes llamada guardería; los graduamos con cinco años, cuando acaban Educación Infantil; los graduamos al llegar a 6º de Primaria; los graduamos en 4º de la ESO; y los volvemos a graduar en 2º de Bachillerato. Así que cuando alcanzan la educación superior, yo creo que ya estamos saturados. Y es precisamente al finalizar ese periodo cuando deberíamos celebrar a lo grande la graduación más importante de su vida, la que supondrá completar su formación para ir de cabeza al paro o a un contrato basura de becario.


Desde su entrada en Infantil hasta hoy mismo, que el pequeño se despide de Primaria, he cumplido con mis obligaciones como madre y he asistido uno por uno, religiosamente, a todos los festivales, actuaciones, shows, funciones, exhibiciones, conciertos, bailes y demás eventos protagonizados por mis hijos y sus compañeros de colegio. Así que hablo con conocimiento de causa -y quizá se deba a ese exceso- cuando afirmo que detesto este género artístico. Aunque siempre he tratado de disimularlo. Por si fuera necesario argumentar mi radical postura, ahí van cinco razones de peso por las que no soporto los festivales escolares:

1.-El infierno de la intendencia para el Evento. Conseguir el atuendo adecuado para cada actuación resulta un engorro. En cualquier fondo de armario de una familia con hijos debe haber un gorro de Papá Noel o cualquier otro elemento navideño susceptible de ser solicitado por el centro para disfrazar al niño por Navidad. Un polo o camiseta blanca es otro de los básicos. pero digamos que esto es lo fácil. Pero para el resto de eventos, todo depende de la imaginación desbordada de la profe. También influye mucho en este aspecto la madre hiperactiva, la que colabora estrechamente con el colegio y siempre tiene alguna idea que proponer. Este tipo de madres suelen florecer en las graduaciones y tienen fijación por calzarles a los niños una réplica del tradicional atuendo de graduado: la toga y el birrete con su borla. De esa guisa se graduó mi hijo en infantil y, lo que tiene más delito, me tocó fabricar artesanalmente con cartulina, lana y tela todo el disfraz. Ay, las inevitables manualidades escolares, también darían para otro post.

2.-La duración del Evento. Todos los padres disfrutan viendo a sus hijos hacer monerías. Sobre todo les encanta grabarles en vídeo para la posteridad y luego distribuirlo por el Whatsapp familiar, para que la abuela pueda disfrutarlo. De hecho sé de muchos padres que piden el día libre en el trabajo para acudir a este tipo de festejos, pero luego no aparecen por las reuniones escolares o las tutorías. En cualquier caso, ¿dónde viene escrito que el evento deba ser interminable? Debería ser suficiente con que cada grupo cantara una canción o se marcara un baile, pero claro, por lo general las líneas por curso en los colegios suelen ser dos o tres, así que ya de entrada sale una media de 18 actuaciones solo en Primaria; a tres minutos cada una, echad cuentas y sumadle el tiempo perdido entre entradas, salidas, colocación, fallo en la megafonía, etc. Hay colegios que establecen distintos días en función de los cursos para evitar que el show se haga insoportable. Aún así, no queda más remedio que aguantar las monerías de los demás mientras esperas que le toque triunfar al tuyo. La única receta, a falta de alcohol, mucha paciencia.

3.-La lucha por el mejor sitio en el Evento. Me provoca urticaria hacer cola a la puerta del gimnasio para entrar en el evento. Y mucho más pelearme por los asientos en primera fila. O discutir con el que se levanta y te tapa la visión justo cuando tú estabas grabando el número de tu hijo. Pero es lo que fomenta este tipo de eventos: padres, madres, abuelos, tíos y demás parientes enloquecidos cual paparazzis cazando una exclusiva. Codazos e improperios es lo mínimo que puedes encontrarte, a no ser que llegues tarde y te quedes al fondo de pie, ajeno a la histeria, respirando profundamente.

4.-La calidad del Evento. Desengañémonos. Atrevámonos. Aunque alguien se ofenda. Seamos políticamente incorrectos. Los espectáculos escolares son basura. Vas para que tu hijo no sienta que le has abandonado y, ya de paso, para ir comprobando si mejora su coordinación y la sincronización con sus compañeros, pero como espectáculo es francamente mejorable. No hay ternura que valga. Bailes desacompasados, canciones desafinadas, meteduras de pata… Ya sé que no es la Juilliard School de Nueva York, es solo un colegio de Primaria, todo el mundo trabaja de manera desinteresada, por amor al arte, pero precisamente por eso. Quizá si el claustro, en vez de imponer el repertorio, consensuara con las criaturas aquello en lo que se sienten más cómodos o lo que les hace brillar, nos harían un favor a todos.

5.-El Pos-Evento. Cuando tu hijo te pregunta qué tal lo ha hecho, si te ha gustado. Cuando te pide machaconamente poder ver las grabaciones y las fotos que le has sacado. Cuando te repite una y otra vez la coreografía, que ya te la sabes de memoria, mucho mejor que él, porque llevas un mes ayudándole a ensayar en casa. Cuando por el grupo de Whatsapp de la clase se comparte más material gráfico, y tu móvil echa humo. Es entonces, solo entonces, cuando piensas en esta parte de la vida que se están perdiendo los que no tienen hijos a los que ir a aplaudir en una función escolar.

Justamente ayer asistí a mi último evento escolar de Primaria, la graduación de mi hijo. No me preguntéis qué tal. Solo os diré que seríamos más de 300 personas metidas en un gimnasio durante cerca de dos horas a 40 grados y sin climatización. Creo que hasta se me saltó una lágrima.



jueves, 15 de junio de 2017

Si tiene calor, abaníquese

Hay un refrán popular que dice ‘Más vale caer en gracia que ser gracioso’. No existe, pero habría que inventarla, una variación sobre el mismo que se resumiría en ‘Más vale no intentar hacerte el gracioso sin serlo, porque terminarás cayendo en desgracia”. Y esto es lo que le ha pasado al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Jesús Sánchez Martos, todo un Diplomado en Enfermería y Doctor en Medicina, Especialista en Medicina y Salud Laboral y Prevención de Riesgos Laborales, según reza su biografía, que cuando aportaba consejos de cara a soportar la ola de calor que nos visita, e interrogado por las altas temperaturas que se alcanzan en los colegios de la región, ha desaconsejado la instalación de aire acondicionado en las aulas. Con la excusa de que perjudica a la salud de los más pequeños, pudiendo ‘provocar alteraciones en ojos y cuello’, el consejero ha apostado más por la ventilación natural de estos espacios y por animar a los críos a hacer abanicos de papel. Se ha permitido incluso la licencia de dar instrucciones sobre como hacerlos: ‘Dobla, dobla, dobla, dobla y tienes el abanico’, como hacía él cuando era pequeño. Para terminar de redondear la ocurrencia, este insospechado fan de Locomía, ha calificado de terapia ocupacional esto de hacer papiroflexia para airearse. Y por si no se había cubierto de gloria lo suficiente, ha rematado diciendo que él no había tenido ningún problema dando clases a las cuatro de la tarde con este calor.

El señor Jesús Sánchez Martos se podía haber ahorrado esta lamentable actuación que anonada y avergüenza a partes iguales. Me voy a limitar a apuntar solo tres cuestiones:

1.-Los niños no necesitan terapia ocupacional, están en el colegio para aprender. Así que tranquilo, que no se aburren ni necesitan ningún tratamiento de choque, es la escuela, no un reformatorio.

2.-Si el aire acondicionado perjudica a la salud del niño y por eso no aclimatamos las aulas, ¿les decimos entonces a los padres que se abstengan de refrigerar su casa y su coche para no someter a sus hijos a la misma tortura, o que no les lleven a los socorridos centros comerciales, a la biblioteca o al cine, únicos lugares donde con estas temperaturas apetece estar?

3.-Y usted, señor consejero, ¿tiene aire acondicionado en su despacho, en su coche, en su casa, o mantiene esa bonita costumbre de dobla, dobla, dobla…? 

Está claro que es económicamente inviable climatizar todas las aulas de los más de 1.500 centros educativos públicos de la región, pero está en el ADN de padres y periodistas sugerirlo. Y lo que le toca al político es capear el temporal y, si no lo hace correctamente, aguantar ahora el nada refrescante chaparrón que le está viniendo encima. 

Qué bien podía haber quedado el señor Sánchez Martos limitándose a recordar esos sencillos consejos que cada año, impepinablemente por estas fechas, nos dan las autoridades para soportar el calor: llevar ropa fresca, estar a la sombra, hidratarse y evitar el ejercicio físico a pleno sol. Podía haber aprovechado también para incidir en que, precisamente, la jornada intensiva de verano, con clases hasta la 13:30, se estableció para mitigar en la medida de lo posible los efectos de la canícula sobre los jóvenes cerebros estudiantiles. E incluso no nos habría escandalizado si hubiera echado mano de esa estrategia tan recurrente en estos tiempos de anunciar una comisión de expertos para estudiar soluciones. Cualquier cosa mejor que arriesgarse a intentar ser gracioso sin tener ni pizca de gracia.