Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 25 de mayo de 2017

Oposiciones: un refugio para desempleados

En vista de que el retorno al mercado laboral se me resiste, mientras desespero esperando que alguna empresa se interese por mí o que alguien decida contratar mis servicios, no me ha quedado más remedio que apuntarme a la oferta pública de empleo anunciada a bombo y platillo por el Gobierno. Afortunadamente han salido varias plazas de lo mío en distintos Ministerios, así que he empezado con los trámites. ¡Ay, los trámites! El papeleo, las bases, los requisitos, los certificados, las compulsas… El trabajo fijo para el Estado tiene un alto precio. Y tan alto. Desorbitado, diría yo.

He llegado a pensar que lo tedioso del proceso tiene el oculto y firme propósito de intimidar a los posibles candidatos para que se echen atrás y no concursen. ¿Habéis reparado en la cantidad de folios que ocupan las bases de este tipo de procesos selectivos? Por poner un ejemplo, la resolución del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte anunciando plazas de personal laboral fijo en 12 categorías así como todas las especificaciones de la convocatoria se detallan a lo largo de 89 páginas, anexos incluidos. Es cierto que se incluyen también requisitos, procedimiento, plazos, temarios, y hasta el último detalle de cada uno de los grupos, pero eso no hay cuerpo humano que lo resista. 

Por si las dimensiones del documento no han podido contigo, luego está la parte de acreditación de méritos. Te piden, por ejemplo, fotocopia del título compulsada, certificado de servicios prestados en todas las empresas para las que has trabajado, de vida laboral, de los contratos que hayas firmado, de los cursos completados, de todo lo habido y por haber, como si fuera tan fácil reunir cierta documentación. No todo el mundo conserva su primer contrato, así que ahí me veis contactando con los departamentos de Personal de mis antiguas empresas para pedirles el favor de hacerme un papelito que vaya usted a saber si resultará válido y al gusto del tribunal. Por no hablar del dineral en fotocopias que te vas dejando. Hablando de dinero, se pagan también unos derechos de examen. En el caso que he citado ascienden a casi 30 euros, que no son reembolsables si al final, por lo que sea, no puedes acudir a la prueba. Los desempleados están exentos de pagar la tasa siempre que demuestren que, además, carecen de rentas superiores al salario mínimo interprofesional, para lo que tienen que presentar su última declaración de la renta. En mi caso, como esa documentación correspondería a un ejercicio en el que afortunadamente mi situación laboral era más favorable, no me puedo beneficiar de esa exención… ¡Vaya por Dios! Otra cosa que no entiendo es la manía de no especificar una fecha concreta para definir el cierre de plazo de presentación de solicitudes para concursar, sino recurrir a la retorcida fórmula de ’20 días hábiles a contar a partir del día siguiente de la publicación de este convocatoria’. ¿Qué pasa? ¿Que quieren comprobar si sabes sumar?

Ayer perdí todo el día solo en papeleos -¡Viva la era digital!-. Y me puedo sentir afortunada porque dispongo de tiempo libre; no alcanzo a imaginar cómo se lo montará quien decide presentarse a este tipo de procesos siendo esclavo de un puesto de trabajo de 8 horas. Una vez en este punto, existe un obstáculo más que salvar. El temario del examen. Más de 60 temas que estudiarte, desde la santa Constitución, hasta el Convenio Unico, pasando por el secreto profesional o las tecnologías aplicadas a la información. ¡Qué pereza! Hay gente que se prepara a conciencia, compra temarios o se apunta a una academia. Yo voy a encomendarme a san Google. En fin, que este es el panorama que contemplo en este momento y del que solo me libraría un trabajo por sorpresa o la recurrente Primitiva que nunca llega.

No acaba aquí la carrera de obstáculos. Hay una segunda parte, la que comienza una vez que has hecho el esfuerzo de completar todos y cada uno de los requerimientos y te plantas –probablemente pasados varios meses- a hacer el examen. O, mejor dicho, exámenes, en plural. Porque en esta fase funcionan a base de cribas. Hay un primer cuestionario que debes superar si quieres enfrentarte a la segunda prueba, ya más peliaguda, consistente en desarrollar por escrito dos temas de los muchos que has debido empollar y que luego deberás exponer oralmente ante el tribunal. Y si tienes la brillantez o la fortuna de aprobarlo, pasas a un tercer ejercicio con un caso práctico que también hay que terminar defendiendo ante el tribunal. Vamos, un paseo. Y llegados a este punto, es inevitable que te surja la duda sobre si las plazas a las que tú estás aspirando tienen o no tienen 'bicho', es decir, si alguien dentro de la Administración y, por lo tanto, con más puntos que tú, también se presentará a este proceso y peleará por lo que cree que merece más que tú. Entonces es cuando el castillo de naipes se desmorona y, ya sí, la duda se instala en el que piensa en afrontar esta aventura y se plantea si de verdad merecerá la pena.

No sé si la merece pero, aunque no tengo alma de funcionaria, voy a probar suerte en tres de estas convocatorias (para dos ministerios y un museo) y ya os contaré. Estuve tentada de presentarme a unas cuartas, las de Policía Nacional; no me pareció que el temario fuera muy difícil, a pesar de que tengo una conocida que dedicó meses a prepararse para la edición pasada y se la zumbaron. En cuanto a las pruebas deportivas y las marcas mínimas exigidas, yo creo que con un poco de entrenamiento las podría sacar. Siempre pensé que eran muy rigurosos con el aspecto físico a la hora de permitir el acceso a este cuerpo, pero me subió la moral leer en las bases que si eres mujer basta con medir 1,60. Además, la edad no es un obstáculo porque permiten presentarse a cualquiera con tal de ser mayor de 18 años y no exceder de la edad máxima de jubilación. Este 25 de mayo -si no he hecho mal las cuentas- sería el último día para presentar la solicitud y pagar su correspondiente tasa. Pero me acojoné al leer el punto en el que dice que el aspirante se compromete a portar armas y, en su caso, llegar a utilizarlas… No me veo disparando. Soy demasiado pacifista para eso. Y algo torpe también; lo mismo terminaba metiéndome un tiro en el pie. Era ya lo que me faltaba.

martes, 23 de mayo de 2017

Lo confieso: el regreso de Twin Peaks me ha parecido un pestiño

A los 20 minutos de empezar el primer capítulo del esperado regreso de Twin Peaks, decidí que ya había visto suficiente. Coincidió con la vomitona del que parecía el agente Cooper, 25 años más viejo y desgreñado, dentro de su coche. No estoy segura de cómo había llegado allí, porque hasta entonces el relato narrativo había sido tan caótico, onírico y surrealista que yo andaba totalmente fuera de juego. De hecho estuve tentada de desengancharme antes; que haya que esperar al minuto 5 para escuchar la primera frase no ayuda, la verdad, así que creo que demostré mucha paciencia. 


Yo fui una de esos miles de españoles que a principios de los 90 se pegaban a la tele cada semana (con mayor avidez la primera temporada y con menos furor la segunda) para enterarse de quién había matado a Laura Palmer. Fue toda una revolución televisiva en la que participé como audiencia entregada. De aquel Twin Peaks, del que no me perdí ni un capítulo, comprendí las primeras entregas, que aún tenían un pase; pero hacia la mitad de la serie, el delirio se apoderó del relato y comenzaron a suceder cosas de frenopático que te hacían dudar no solo de la salud mental de su creador, sino de la tuya propia. Me compré incluso el libro ‘El diario secreto de Laura Palmer’ en inglés, tratando de alcanzar una experiencia 360º y completar las lagunas que habían ido dejando en mi cabeza algunos de los capítulos. Pero meses después, cuando terminó la historia en aquella habitación roja, el invento televisivo del complejo David Lynch se diluyó y dejó paso a una nueva serie de estreno a la que engancharse: Expediente X. Y debo admitir, que yo siempre preferí, como agente del FBI, a Mulder antes que a Cooper. 

Resumiendo. Imagino que los fieles incondicionales de Lynch y su oscura trayectoria estarán encantados con este retorno. Pero lo que es a mí no me van a tener entre los seguidores de la tercera temporada. Ya sé que declararse fan de Lynch y sus rayadas lisérgicas puede parecer muy intelectual, muy chic y muy moderno, pero me resulta incomprensible. Cuando encuentras un producto difícilmente comestible y de digestión claramente pesada, cuesta entender que alguien pueda consumirlo, decir que le encanta y gritar a los cuatro vientos que sería capaz de repetir ración, a no ser que que busque epatar o dárselas de gourmet –si se me permite la metáfora gastronómica-. 

Ya he tenido suficiente con el tostonazo de los primeros 20 minutos de este Twin Peaks ‘el retorno’. Para ser justa -más que nada porque de esa misma cabeza salieron joyas como Terciopelo Azul y Corazón Salvaje-, como penitencia y como gesto de respeto hacia un realizador de culto que, a base de parir 'frikadas', ha conseguido alcanzar ese estatus en el que puede rodar lo que le de la gana, haré un esfuerzo por volver a ver la serie original de los 90.

En el país de maestros del surrealismo como Buñuel y Dalí, lo siento David Lynch, esta vez no te compro el producto.

domingo, 14 de mayo de 2017

Eurovisión ha muerto, ¡viva Eurovisión!

No os confiéis. No os vengáis arriba. No penséis que el mundo ha cambiado, que de repente hemos recuperado la cordura y el buen gusto, que la sensibilidad ha ganado a lo erótico-festivo, que empezamos a valorar lo natural por encima del artificio, lo sencillo frente a lo recargado. Siento bajaros de la nube, pero no es así. 

Sí, celebramos la diversidad, como proponía el lema de la edición del Festival de Eurovisión de este año, pero seguimos en la época del ‘Despacito’, el perreo y el twerking, de los trolls anónimos que insultan por Twitter, de ‘Supervivientes’y de los ciberataques. Así que pronto olvidaremos el espejismo de haber dado el trono de Eurovisión a Portugal por una balada de amor clásica interpretada en su propio idioma por el luso Salvador Sobral, un joven músico de jazz con una traje que le va grande y problemas de corazón, algo excéntrico y absolutamente diferente a todo lo que habíamos conocido en el festival de la canción europea. 


Portugal. El hermano pobre. Nuestro vecino humilde. El único sitio donde viajar nos sale más barato que quedarnos en casa. El país al que siempre le dábamos algo en el festival, aunque fueran las migajas, un puntito, cortesía de la buena vecindad, incluso si su canción era un truño. Y resulta que este año nos conquista de verdad y nos sumamos al furor continental por el minimalismo luso, les premiamos con 12 puntos y envidiamos secretamente su valentía por apostar por una bella composición cantada en portugués.

Eurovisión no era esto. Al menos la Eurovisión que yo he seguido en mis muchos años de televidente. Eurovisión era espectáculo. Era folclore multiétnico. Era crear dentro del pop la subcategoría de ‘canción festivalera’. Era exotismo y era coña. Era Uribarri o, en su ausencia, Íñigo adivinando a qué países vecinos iban a ir los votos de unos y otros. De modo que, si a partir de ahora el festival va a ir en serio, entonces esto ya pierde la gracia. Por su propia condición, por su historia, por su espíritu kitsch, por todo lo que hemos vivido, si en adelante se va a premiar a las buenas canciones, independientemente de la geopolítica, el espectáculo, el chunda-chunda, la puesta en escena y la proyección comercial, quizá habría que hacerlo desaparecer, matar Eurovisión. Porque, quién quiere un certamen de la canción así, serio, sobrio, con criterio y calidad musical... 

Quizá aquel producto del siglo pasado nacido para impulsar la reconstrucción de la Europa de posguerra ya ha caducado y ha llegado el momento de reconvertirlo en algo parecido a un talent show televisivo para lanzar a nivel continental carreras de artistas conocidos solo en sus países; o quizá simplemente nos hemos hecho mayores, hemos afinado el gusto y ya no necesitamos esa clase de circos en mayo… (No, no lo creo, en vista de lo mucho que se divirtió Twitter con los animales que participaron en el evento, en particular el gallo).

Supongo que lo mejor, antes de dar un diagnóstico, es esperar al año que viene para comprobar si esto de votar en serio se convierte en tendencia.


jueves, 11 de mayo de 2017

Ahora toca el spinner

Llegamos tarde a la época de los tamagotchi, pero en casa hay pulseras hechas con pequeñas gomas de colores, Gormitis, Bakugan, un frisbee, cromos de varias ligas, beyblades, tazos, chapas, gogos, yoyós, peonzas, diábolos, canicas, monopatines en miniatura, sky landers, tarjetas de Pokemon, cubos de rubik, cartas de Star Wars, muchas botellas abolladas después de someterlas a tanto water bottle flip challenge… 




Y ahora un spinner. Es lo último. Alguien llevó un artilugio girador de estos al colegio y entró en acción de inmediato el efecto contagio. Mis hijos lo compraron por tres euros (con sus ahorros, que quede claro) en una tienda de chucherías del barrio. Eso fue antes de que se agotaran. Ahora se comenta que hay un mercado negro en el instituto de la zona donde circulan por el doble de precio. Es lo que tiene este barrio, que está plagado de futuros emprendedores con alma de CEO de startup y ganas de dar el pelotazo rapidito.

Aunque lo último de lo último es tunear tu spinner. Mi hijo, devorador de todo tipo de vídeos de Youtube, ha visto algún tutorial para pintarlos y no ha parado hasta montar en la terraza de casa un carajal de campeonato con el propósito de hacer lo propio con el suyo. Pintura en spray, un barreño, guantes, ropa vieja, gafas para proteger los ojos, papel de periódico que cubra las superficies más próximas y algún sistema para colgar el elemento hasta que se seque. "Así de sencillo", nos dijo. No le ha quedado mal -podéis comprobarlo en el vídeo-, y ahora se plantea que quizá podía dedicarse profesionalmente al tema y ofrecer a sus compañeros del colegio spinners únicos y exclusivos a, por ejemplo, 10 euros, para recuperar así la inversión (giradores, pintura y esfuerzo) y espero que también para ‘reparar’ las molestias ocasionadas. Creo que ya ha olvidado su plan de negocio. 

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La mayoría de estos juegos sirven para entretener a los chavales y crear competiciones e intercambios en el entorno escolar. Por ese mismo motivo también suelen generar conflictos en el patio, cuando un juguete desaparece, se rompe, te lo ganan después de una apuesta o alguien se arrepiente de haberlo regalado. Aunque esta última moda del spinner dicen que posee propiedades antiestrés y su uso mejora la concentración, es habitual que los profesores los prohíban en las clases y que se recomiende a las familias que los niños no los lleven al colegio o lo hagan bajo su responsabilidad, pero es raro que no terminen llegando a la escuela al fondo de las mochilas esperando la hora de salir al recreo. 

Cuando yo era pequeña recuerdo se llevaba eso de saltar a la comba o manejar un yoyó, pero lo que estuvo muy de moda, lo que pegó el pelotazo, fueron las tabas. Era un juego de habilidad muy entretenido que se mantuvo varios años como gran atracción en los recreos. Las modas no eran tan efímeras. Ahora el tiempo medio de furor por estos cachivaches no suele llegar al mes. Y a una moda inmediatamente le sigue otra; de hecho una atropella a la anterior, así que preparaos para la siguiente. Tengo curiosidad por saber cuál será y si, como esta, también saltará del patio del colegio a oficinas y bares para arrastrar a los adultos con personalidad adictiva o tendencia a engancharse.

martes, 9 de mayo de 2017

13 razones para ver ‘Por 13 razones’ con tus hijos adolescentes

Hace algunas semanas vi completa 13 reasons why o, como la han traducido aquí, Por 13 razones, la serie de moda de Netflix, de la que todo el mundo habla. Polémica para unos, ejemplar para otros, está ambientada en un instituto norteamericano y aborda abiertamente temas delicados como el acoso escolar, la violación y el suicidio adolescente. Para quien no haya oído hablar de ella, que me parecería raro, está basada en la novela homónima de Jay Asher (el Blue Jeans estadounidense), ha sido adaptada por Brian Yorkey para el canal de suscripción y recrea la historia de una adolescente que antes de quitarse la vida graba siete cintas de cassette explicando los motivos que le llevan a tomar esa decisión tan radical. Dos semanas después un compañero del instituto recibe en su casa una caja que contiene esas cintas. Cada cara es un capítulo de la serie y está centrada en una persona que influyó de alguna manera en crear el caldo de cultivo que arrastró al abismo a la chica. 

Debo confesar que fue mi hija de 14 años la que me habló de la serie. Aunque es raro en mí, no me cercioré previamente de si era o no tolerada para su edad. Fue luego, al terminar los 13 capítulos, cuando averigüé que era para mayores de 16 años. Y mis hijos tienen 14 y 12… Me la habían colado. Pero me alegro de haberla visto con ellos. Al margen de la clasificación por edades o los útiles avisos de contenido explícito, resulta de vital importancia acompañarles en esta aventura, compartir el visionado, comentar los momentos críticos, debatir si es necesario. Así que, intentando no hacer spoiler, tirando del tópico y siendo más que previsible, aquí tenéis 13 razones para ver Por 13 razones en compañía de vuestros hijos preadolescentes o ya profundamente sumidos en la edad del pavo:

-CINTA 1-CARA A: Las cintas de cassette. En la era del Smartphone, el Whatsapp y Spotify, lo de grabar un mensaje en cintas y que el protagonista las escuche en un viejo walkman es un guiño nostálgico a los 80 que inspira ternura y que viene bien para enseñarles a las nuevas generaciones de dónde venimos y hacia dónde vamos. 

-CINTA 1-CARA B: Su planteamiento narrativo. El salto del presente al flashback a través de las grabaciones está muy bien afinado y ejecutado con originalidad a lo largo de toda la serie. Ayuda a despertar los sentidos del aborregado público juvenil, les obliga a estar alerta y hacer trabajar su pequeña cabecita.

-CINTA 2-CARA A: Los diálogos de Hannah y Clay. Gracias precisamente a esos flashback asistimos a brillantes diálogos entre la suicida y el amigo que recibe las cintas, sobre todo los que se desarrollan en el cine donde ambos trabajaban juntos. El guión en general está bien hilvanado. Mantiene enganchado al espectador adolescente durante todo el capítulo. Y no es habitual conseguir que estos sacos de hormonas estén callados frente a una pantalla más tiempo del que dura un vídeo chorra de Youtube.

-CINTA 2-CARA B: Su fantástica banda sonora. Mezcla viejo y nuevo, apoya la narración dramática y es casi un personaje más de la historia. Educarás el oído musical de tus hijos y conseguirás que amplíen sus gustos musicales más allá del reguetón.

-CINTA 3-CARA A: Los temas espinosos que enfrenta. Puede que no haya inventado nada, que ya se hayan tocado estos asuntos en otras series, incluso españolas -como Física o Química, Compañeros…- pero el mérito de esta producción es abordarlos todos juntos, enredarlos, situarlos en la ubicación correcta. Y lo más fascinante es ver cómo reciben y asimilan tus hijos esa carga de denuncia.

-CINTA 3-CARA B: Caras nuevas. Se agradece descubrir nuevos actores y actrices jóvenes en televisión que cumplen con su papel. Y si encima todos son guapísimos mucho mejor, porque contribuye a hacerles ver a tus hijos que la belleza también puede generar repulsión.

-CINTA 4-CARA A: Los padres de la serie. Viene bien que nos comparen con los progenitores de los chicos que ven en la pantalla -adultos ausentes, que no se enteran de nada-, y que valoren si son o no más afortunados. En general los adultos no salen muy bien parados en la serie, lo que ya de paso nos conduce a una profunda reflexión.

-CINTA 4-CARA B: Ser popular no es para tanto. Sí, son guapos, juegan al fútbol, van con animadoras, dan fiestas en casa y conducen coches caros, pero al final la historia consigue que tus hijos les vean como losers, perdedores, y se identifiquen más con los pringados, los que van en bici al instituto, tienen un trabajo para costear sus gastos, no van pavoneándose de sus éxitos sexuales y aguantan con inteligencia y dignidad las idioteces de los otros. 

-CINTA 5-CARA A: Hablar de sexo sin que parezca forzado. Ver con tus hijos esta historia propicia conversaciones que no se dan espontáneamente y en las que los adultos podemos hacerles entender que si una chica está borracha y un chico abusa de ella, eso se llama violación con todas las letras. Y que si una chica no quiere practicar sexo con un chico y éste aprovecha su situación de superioridad para forzarla y conseguirlo, también es violación. 

-CINTA 5-CARA B: Hablar de bullying con otro enfoque. Puedes explicarles, por ejemplo, de una manera gráfica que robar una foto comprometida de una chica y distribuirla por redes sociales para dárselas de machito y de paso arruinar su reputación, es sexting, otra modalidad de bullying tan perniciosa como, por ejemplo, obligar a beber alcohol a palo seco a un compañero bajo amenazas.

-CINTA 6-CARA A: Quitarles la manía de decir "me quiero suicidar" con una sola escena. Aprovechar la coyuntura para demostrarles que el suicidio de un adolescente no tiene nada de romántico, que se sufre antes de morir, que se hace sufrir a quienes te quieren y, lo que es peor, no hay vuelta atrás, no es posible rebobinar.

-CINTA 6-CARA B: Sacar el tema del alcohol y las drogas sin parecer que les vas a dar un sermón. El hilo argumental de esta serie ofrece la oportunidad de que sean ellos mismos, los espectadores adolescentes, los que se pregunten cómo chicos de 17 años pueden organizar fiestas y adquirir y consumir alcohol y droga a diario a ese nivel, y perciban los resultados bien evidentes de su ingesta.

-CINTA 7-CARA A: El tabú de la condición sexual. Resulta sintomático comprobar cómo los adolescentes de este país aceptan (al menos los míos) con mayor naturalidad la homosexualidad que los norteamericanos que vemos en pantalla; de hecho los personajes que 'sienten distinto’ lo ocultan por miedo a ser rechazados en la pequeña comunidad en la que se mueven. Será que algo estamos avanzando.

-CINTA 7-CARA B: Una serie sobre adolescentes que interesa por igual a padres que a hijos. Aquí me tenéis, celebrando que vaya a haber una segunda temporada de 13 reasons why. Y qué queréis que os diga. Siempre es de agradecer encontrar una excusa para sentarte a hablar con tus hijos y hallar un punto de conexión, un interés común, algo que te aproxime a la siguiente generación, la de esos niños que hasta hace cuatro días te pedían que los arroparas y les dejaras la luz encendida hasta que se durmieran, por si los monstruos...

miércoles, 3 de mayo de 2017

Sí, Chef… Sí, Jefe… Sí, Bwana

Somos todos una pandilla de hipócritas redomados. Nos echamos las manos a la cabeza al leer el reportaje en el que se denuncia las precariedad de los aprendices de los grandes cocineros con estrella Michelin. Y cuando los chefs se defienden de las críticas explicando las particularidades de los negocios de restauración, recargamos los ataques contra ellos por negreros y abusadores. ¡Por favor! ¿A qué viene de repente todo este escándalo? No es lo que se dice una ‘gran exclusiva’, pero su difusión en vísperas de la celebración del Día del Trabajo dio argumentos a quienes buscaban soltar tuits de fácil digestión.


No es por defender al televisivo Jordi Cruz, a quien, por cierto, le han llovido particularmente las pedradas virtuales, pero antes de quemarle en los fogones, convendría diferenciar entre formación y empleo. En una cocina, los aprendices que piden trabajar con un grande para descubrir los secretos de la cocina de vanguardia saben lo que hay y a lo que voluntariamente van. Y, sobre todo, persiguen empaparse del arte culinario de los grandes chefs y que figure en su currículum, aunque secretamente en el fondo deseen terminar destacando tanto como para figurar en la plantilla del restaurante hasta poder dar el salto por libre. 

Es como quien se apunta a un Master que incluye prácticas en grandes compañías; paga por que completen su formación, por atravesar durante unas semanas los tornos de la empresa de sus sueños (aunque sea para dedicarse a servir cafés) y por llevarse un título que redondee su historial académico e incluso sirva de reclamo para lograr un empleo. Con una diferencia, ahora que lo pienso: mientras que el estudiante del Master paga miles de euros por que le enseñen y le den un trabajo en prácticas, el aprendiz de cocinero paga con algo que no se compra con dinero, su salud, y recibe su entrenamiento a cambio de sudores, presión y horas de sueño. 

Pero esta no es la cuestión, no os engañéis. Creo que el problema comienza cuando los jefes olvidan la condición de aprendiz, exigen más de lo que deben y aprovechan para ahorrarse un sueldo. Esa parte es la que no terminamos de procesar bien. Y ahí es donde habría que incidir. Sobre todo cuando se convierte en costumbre esa trampa de trilero de completar las plantillas con becarios. Y no pasa nada. Por eso me sorprende que ahora hagamos un escándalo monumental por esta cuestión, como si fuera algo nuevo, como si nadie conociera a alguien que hubiera pasado por el periodo de becario, con sus luces y sus sombras, en cualquier otro ámbito profesional. 

Ahora que paso tanto tiempo buceando por las ofertas de empleo, no sabéis la cantidad de puestos de trabajo que encuentro donde se repiten términos como Prácticas, Becario, Junior, Convenio con Universidad, Intern, Trainee… y donde, en el mejor de los casos, se pagan 400 euros. Eso sí, se buscan estudiantes o recién graduados con conocimiento de varios idiomas, dominio de todo tipo de programas y, como condición indispensable, poder firmar un convenio con su centro educativo. Este es el panorama en mi campo, el del periodismo y la comunicación. Y así, queridos amigos, es como se están llenando las redacciones y los gabinetes de prensa, con los clásicos becarios dispuestos a no cobrar -o cobrar poco- y a hacer lo que sea por quedarse después de la fase de entrenamiento. Proliferan en verano, periodo vacacional por excelencia, y terminan cubriendo puestos de trabajo cuyos titulares se encuentran ausentes disfrutando sus libranzas. En ocasiones dan con alguien que les explica cómo funcionan las cosas, les aconsejan y orientan, pero la mayoría de las veces van a ciegas, improvisan, imitan o dan por buenos vicios que nadie les corrige. Da igual que cometan errores, que se equivoquen en directo, que escriban con faltas de ortografía o que tropiecen en cultura general, ‘son becarios’, y cuando acabe el verano, si alguno ha destacado por encima del resto porque la ha cagado menos, puede que se quede y que el que se vaya sea un veterano de la empresa. Aunque eso no suponga que herede el puesto sobre el papel, de hecho no le aseguran que cambie su condición laboral de becario, porque si no a la empresa no le salen los números. 

Sospecho que el periodismo y la cocina no son los únicos campos en los que se ‘malemplea’ a becarios. Se me ocurren despachos de abogados, estudios de arquitectura, start-ups, departamentos de contabilidad en cualquier empresa… Y así seguirá siendo. Asumimos que para adquirir experiencia es preciso que haya una primera vez, un periodo de instrucción, unas prácticas, un romper el hielo. Y es cierto que todo trabajador debería comenzar desde abajo, pero siempre a cambio de una contraprestación acorde con las características y funciones del puesto. A partir de ahí, depende de cada uno decidir qué es lo que está dispuesto a tragar, cuánto valora su esfuerzo y qué renuncias merecen la pena. Y no olvidemos que cuando ciertas empresas siguen ofertando estos puestos y cubriéndolos sin problemas con becarios precarios o aprendices, es porque siempre hay becarios precarios o aprendices dispuestos a someterse a esa situación. A decir “Sí, Chef… Sí, Jefe… Sí, Bwana”. Si nadie se prestara, digo yo que no quedaría más remedio que articular otra fórmula que fuera no solo beneficiosa para la empresa, sino también para el trabajador y para todo el sistema. Y que conste que no juzgo a quienes aceptan cualquier oferta abusiva con tal de que les contraten o les den una oportunidad. En este momento yo más que nadie les comprendo. 

En fin. Puestos a seguir divulgando historias de precariedad laboral, propongo que el siguiente reportaje de investigación en profundidad explore otros fogones donde también se cuecen buenas historias, como por ejemplo la situación de los becarios en los medios de comunicación. Y el periodista que se atreva, que empiece por su propia casa.



jueves, 27 de abril de 2017

Decepcionada con mi nuevo lavavajillas Brandt

Hace alrededor de un mes cambiamos de lavavajillas en casa. El que teníamos llevaba con nosotros cerca de 14 años y el pobre, aunque seguía funcionando, mostraba ya los signos de la edad: sus bandejas estaban oxidadas por algunas partes y, tras la mayoría de los lavados, la carga salía con restos de comida. El caso es que pensamos que ya había cumplido de sobra su función y nos dispusimos a jubilarle y buscar un relevo. 

Después de mucho mirar, tanto online como offline, y comparar calidad-precio, nos decidimos por un Brandt, una marca desconocida para mí hasta ese momento pero que, por lo que leímos, es francesa y tiene gran aceptación en el país vecino. Lo que nos movió a decantarnos por este modelo fue, por supuesto, su calificación energética A+++, su excelente precio (294 euros) y su nivel de decibelios, por debajo del resto de la competencia. La verdad es que en Carrefour, que es donde lo adquirimos, estuvimos chequeándolo con detenimiento, lo abrimos, movimos sus bandejas, estudiamos el cajetín donde va alojada la pastilla detergente y lo sometimos a todo un examen visual exhaustivo antes de, por fin -somos particularmente indecisos cuando se trata de transacciones económicas importantes- encargarlo.

El día que los operarios lo trajeron a casa y se llevaron el viejo Balay, el vuelco del corazón que sentí al separarme de él para siempre debía haberme hecho sospechar que el nuevo Brandt no me iba a dejar tan satisfecha. La primera en la frente llegó nada más irse los técnicos. Lo habían probado previamente vacío sin que se registrara ninguna incidencia, así que todo parecía en orden. Pero cuando fuimos a poner el primer lavado nos topamos con la principal pega: el espacio entre las dos cestas es más estrecho de lo normal, así que los platos llanos de nuestra vajilla de IKEA chocan con el aspa que rocía de agua la carga, con lo que hay que colocarlos tumbados o cambiar de vajilla. Yo pensaba que esas medidas eran estándar, pero ya veo que desconocía muchas cosas sobre este electrodoméstico. 


Los 'pequeños' inconvenientes no terminan ahí. Los platos hondos, aunque son más pequeños, tienden a caer hacia delante por su profundidad y por la dirección de las varillas que los sujetan. Tampoco nos tiene satisfechos el sistema de rail por el que se extrae o introduce la bandeja inferior, entre otras cosas porque no existe un rail como tal y las ruedas se desvían, de manera que la cesta se sale o choca con el lateral a la menor ocasión. Además, en la parte superior, la bandeja prevista para cuchillos grandes, palas, cazos u otros cubiertos de medidas superiores a lo normal, no está diseñada para asegurar bien las piezas y al reposar ligeramente inclinada, terminan cayendo. Para más inri, después de algún lavado encontramos la pastilla de detergente entera. La culpa la tenía la puerta del cajetín, que choca con los platos más próximos si no son de postre, y esto le impide abrirse para soltar la cápsula e iniciar el proceso de lavado. Hasta que descubrimos el enigma estuvimos repitiendo el lavado varias veces. ¡Viva la eficiencia energética! Ahora, cada vez que hay que llenar el lavavajillas nos tiramos un rato diseñando la colocación de todo el menaje, como si fuera un Tetris. 

Se me ha olvidado comentar que en el primer lavado, sin reparar en que los operarios habían dejado seleccionado de prueba el programa largo, comenzó a funcionar el lavavajillas y a hacer ruidos extraños, por encima de los decibelios que marcaban sus características técnicas, eso seguro. Quizá fue la mala colocación de la carga, lo cierto es que llegamos a pararlo hasta en tres ocasiones pensando que algo no iba bien. Por no hablar de que cada vez que lo deteníamos, el programa se iniciaba de nuevo, así que las dos horas largas que dura el más intensivo se convirtieron en toda una tarde de emociones.

Os preguntaréis por qué no devolvimos el aparato cuando aún estábamos a tiempo, en el periodo establecido para ello, alegando incompatibilidad de caracteres. Eso mismo digo yo. Al principio fue por darle una oportunidad, hasta que nos conociéramos mejor. Y después la dejadez nos condujo hasta el punto donde nos encontramos. Ahora, rendidos a la evidencia de que somos un desastre como compradores de lavavajillas, soportamos la presencia de nuestro Brandt en casa como quien sufre resignado y en silencio las malditas hemorroides. 

Por no terminar con mal sabor de boca, remataré diciendo algo a su favor: al menos la vajilla sale limpia.

domingo, 23 de abril de 2017

En proceso de recuperación de un bloqueo bloguero

Bloqueada. Descentrada. En blanco. Seca de inspiración. Rayada. Vacía. Así llevo ya demasiados días. He aquí el motivo por el que he tardado en actualizar este blog dos semanas, mucho más tiempo del habitual. No encuentro ni la idea, ni el momento, ni las ganas, ni el tiempo… ¡Pero si estás en paro!, me reprocharéis. Sí. Por eso mismo. Porque tengo la sensación de que nunca son suficientes las horas que le dedico a la búsqueda activa de empleo -mi objetivo principal en este momento-, así que cuando me digo que tengo que alimentar este blog y me pongo manos a la obra, a los diez minutos, si no me ha salido un puñado de líneas decentes, aparco la misión y vuelvo a pasearme por Linkedin o a rastrear Indeed, con la sensación de que todo lo que no sea tratar de reincorporarme al mercado laboral de la manera tradicional es procrastinar y evitando desperdiciar mi precioso tiempo en actividades que me desvíen de ese camino.

Y, claro, así es imposible, porque el proceso de parir un post requiere un tiempo de dedicación amplio. No vale entregarte a la tarea justo el rato que te queda libre hasta que termina de centrifugar la lavadora. Lo ideal es que puedas prometerle exclusividad al acto de escribir, es decir, nada de ejercer de mujer multitarea y comenzar a redactar el post mientras aireas la habitación o esperas que pite la olla a presión. Hay que ‘centrarse y con-centrarse’ en esa actividad de principio a fin. Para empezar, es preciso elegir un tema; documentarte al respecto para que no se quede simplemente en tu ‘modesta opinión’; enriquecer el texto con enlaces de interés; ilustrarlo y, finalmente, dejarlo volar. Y no resulta fácil hacer todo eso cuando tienes tareas por acabar, asuntos pendientes, el tiempo justo y gente a tu alrededor reclamando tu atención o esperando que termines de aporrear el teclado. Esta situación es la menos inspiradora del mundo. Y eso que yo soy de abstraerme bastante. 

Otras veces simplemente es mi cabeza la que no coopera. Me vuelco en mi propia tormenta de ideas interna, voy repasando temas sobre los que tendría bastante que decir, escojo el que considero que ofrece más posibilidades y, cuando empiezo a redactar, llego a un punto en el que me asaltan las dudas sobre si lo que escribo tiene la suficiente chispa como para interesarle a alguien y prestigiarme a mí. Es entonces cuando todas mis inseguridades se apoderan de mis dedos y, una de tres: aprieto la tecla de retroceso hasta que no quede una letra sobre el fondo blanco, selecciono todo el texto y le doy a suprimir o cierro Word sin salvar el documento. Y los tres caminos conducen al mismo punto: abortar el intento.

En ocasiones comienzo con muy buena predisposición. De hoy no pasa, venga, si te lo pasas muy bien haciendo esto –me digo-. Y me preparo. Reviso las noticias. Me detengo un momento para abrir el correo electrónico que me acaba de entrar. Lo contesto. Retomo el repaso de la prensa. Paro para contestar un whatsapp que me pita en el móvil. Continúo echando un vistazo a la información por internet. Llaman al telefonillo de la puerta. Atiendo a alguien que se ha confundido. Otro mensaje telefónico. Que si puedo hacer un favor de manera desinteresada, redactar un texto, diseñar un cartel. Lo hago, venga, que no me llevará mucho. Cuando acabo, la vejiga me pide una tregua. Se la doy. Vuelvo a sentarme para tratar de avanzar, pero reparo en que tengo sed y mi taza se ha quedado vacía, así que voy a la cocina a rellenarla. Allí me doy cuenta de que se me ha olvidado recoger los restos del desayuno. Me pongo a ello. Aprovecho para barrer un poco las migas del suelo. Ya que tengo la escoba en la mano, pienso que no le vendría mal al resto de la casa una pasada para hacer desaparecer las pelusas de los rincones y los bajos de la cama. Al final se me ha escapado una valiosa hora que podía haber dedicado a mandar currículum, avanzar en el enésimo MOOC en el que me he apuntado, estudiar inglés, ordenar mi archivo de fotos, limpiar de basura el Mac, ver el primer capítulo de una serie muy buena de la que me han hablado o pulir un poco más mi página web personal.

Ya veis cuál es el panorama. Y aquí no he incluido esos momentos en que, justo cuando parece que las musas se han presentado sin avisar, alguno de mis hijos me pide que le ayude a buscar algo que no encuentra, le planche una camiseta que necesita para mañana, le haga la merienda, le cosa una prenda que se le ha roto, le pregunte los temas que entran en el examen, le cure una herida o le dé mi opinión sobre un vídeo de no sé quién. Y si se me ocurre responderles que esperen un momentito, que estoy terminando una cosa importante, todavía tengo que escucharles echarme en cara que estoy todo el rato pegada al ordenador, mientras que a ellos les raciono las pantallas. 

Lo peor de todo es que, aunque busque mil excusas ajenas a mí, en el fondo soy consciente de que la principal causa del bloqueo que me tiene agilipollada está única y exclusivamente en mi maldita cabeza.