Blog personal de Ángela Beato. Escribo lo que siento. Digo lo que pienso. Procura no tomarme demasiado en serio.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Que levante la mano quien no haya criticado nunca al jefe a sus espaldas

Me sorprende que la gente esté disfrutando tanto con las conversaciones entre Eduardo Zaplana e Ignacio González, intervenidas por la UCO de la Guardia Civil en el marco de la Operación Lezo y que ahora se han difundido. Sobre todo con esas en las que mencionan con llamativos adjetivos a algunos responsables del partido a los que todos pensábamos que les unían fuertes lazos. Por resumir, para los que no las hayáis escuchado, en estas grabaciones ambos políticos, ya alejados de la primera línea y sin cargos públicos de responsabilidad, se despachan a gusto hablando de Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy, entre otros. Los diálogos fueron grabados a principios de este año, evidentemente sin el conocimiento de los protagonistas, así que se les oye charlando muy naturales, nada encorsetados ni formales, con lenguaje llano y algún que otro taco, igual que hablamos vosotros y yo. De esta manera se pueden escuchar algunas perlas como que “Rajoy es un hijo de puta del que no te puedes fiar” o “A Aguirre todo le importa un pito menos ella”.

Qué queréis que os diga. A mí me parece de lo más normal, al menos en este país. ¿Creéis que, en este mismo momento que estáis leyendo, no hay miembros del PSOE, Ciudadanos o Podemos quejándose de los que mandan en su partido con algún compañero de fatigas o con su pareja? Os recuerdo que hace poco más de un año en Ferraz andaban a gorrazos. El partido naranja, eufórico ahora por los sondeos, en los últimos meses ha sufrido un goteo de ciento y pico bajas de concejales en varios Ayuntamientos. Y en cuanto a la breve historia de Podemos, está plagada de conflictos internos. 

Pero la falta de armonía no es algo exclusivo de los partidos, por eso de que está en juego el poder. Fuera de la política, en la vida ‘real’ cotidiana, es algo muy común y consustancial con el ser humano. Por ejemplo, que levante la mano quien no haya hablado mal nunca del jefe o de un compañero a sus espaldas. No conozco ningún entorno laboral tan idílico, a no ser los mundos de Yupi. Que si es un incapaz que ha llegado donde ha llegado por méritos cuestionables. Que si es un trepa de mucho cuidado. Que si ha resultado ser el rey del escaqueo. Que si estoy hasta las narices de cubrirle las espaldas… No me negaréis que son algunos de los argumentos más recurrentes en los lugares de trabajo. O así era hasta que tuve mi última experiencia laboral. 

Por definición el empleado suele echar pestes del jefe, probablemente por envidiar su puesto o más bien su sueldo. En cuanto a la difícil relación con los colegas, en estos ambientes siempre suele colarse algún empleado tóxico que va generando malos rollos y peores vibraciones. Este tipo no es el único peligroso. Hay muchos otros tipos de empleado que también pueden inquietar, tantos como tipos de seres humanos, así que detectarlos a tiempo y saber cómo relacionarse con ellos es vital para mantener la paz laboral y la salud mental. Con este panorama se consideraría un triunfo digno de medalla abstraerse tanto como para no caer en la tentación de criticar al vecino de escritorio, con el que tratas de tener el mínimo contacto porque no le soportas.

Yo también he coincidido laboralmente con gente a la que no tragaba y sobre la que me resultaba imposible destacar nada bueno. Recuerdo un compañero que tenía la costumbre de comer maíz tostado con la boca abierta para matar el hambre a mediodía y se cortaba las uñas de las manos en su escritorio cuando las veía demasiado largas. No sé cuál de las dos prácticas me consumía más. Nunca fui capaz de recriminarle nada, aunque sí comenté con otros compañeros a sus espaldas esas dos insoportables manías. En mi itinerario laboral también me he visto obligada a compartir espacio con colegas cuyo penetrante olor a sudor llegaba a marearme. Tampoco osé alertarles sobre el particular ni aconsejarles un buen desodorante, pero eran habituales los chascarrillos con el resto de compañeros al respecto. Y, cómo no, también me he cruzado en el camino profesional con caraduras, trepas, manipuladores, egoístas, incapaces, traidores, vagos y algún adjetivo más, que en ocasiones me pusieron las cosas difíciles y a los que no llegué a hacer vudú de milagro. Nunca les dije a la cara lo que me provocaban, pero con otros damnificados, en petit comité, me explayaba a gusto.

Imagino que esas personas (a las que incluso se llega a añorar cuando uno esta desempleado) serían conscientes de la antipatía que despertaban en mí, dada mi incapacidad para disimular mis sentimientos o reírles las gracias. Es más, sospecho que la animadversión podría ser mutua. Pero evitar el trato o mantener las distancias no suele ser la reacción habitual. En todos los lugares de trabajo por los que he pasado he visto conflictos y he oído comentarios que no aguantarían la prueba del micrófono oculto, auténticas historias para no dormir que luego se evaporaban cuando coincidían todos los implicados presentes, más dispuestos a abrazarse y darse palmaditas en la espalda que a expresar de frente lo que opinaban los unos de los otros. Inmediatamente después, una vez dispersados, volvían a pitarles a todos los oídos, en especial el izquierdo que, como dice la leyenda urbana, es el que pita cuando a uno lo están poniendo de vuelta y media. 

Lo peor no es que alguien critique a otra persona a sus espaldas; lo realmente patético es que luego a la cara le diga te amo o que se emocione hasta las lágrimas tan solo con citar en público su nombre. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

Nos espían por nuestro bien

Hace unos días quedaba por correo electrónico con un colega para encontrarnos después de algún tiempo. En su mensaje me proponía fecha, lugar y hora, a lo que yo le respondí con otro email aceptando la propuesta. Inmediatamente después, para que no se me olvidara, me dispuse a anotarlo en el calendario de mi teléfono móvil. Mi sorpresa fue que, al localizar la fecha en cuestión, en el espacio para la anotación figuraba una sugerencia de recordatorio. ¿Quiere usted anotar la cita con fulanito a las x horas? Mi cuenta de gmail había dado instrucciones previas a mi calendario adivinando mis intenciones. Alguien, aunque sea una máquina, observaba mis conversaciones privadas. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.


No cabe duda que es un gran avance. La tecnología se anticipa a nosotros para hacernos la vida más cómoda. Ya podemos evitarnos el duro trabajo de teclear un recordatorio, ahora se encarga el móvil. Simplemente tenemos que aceptar y casi darle las gracias. Caminamos hacia un futuro en el que no seremos nosotros quienes pensemos, sino que un dispositivo electrónico estudiará –ya lo hace- nuestro comportamiento cotidiano para adivinar nuestros deseos e invitarnos a satisfacerlos antes incluso de que nuestro cerebro haya mandado el impulso.

Algunos piensan que es fantástico, una revolución, pero a mí a ratos me sigue dando repelús. Además, en mi caso, los algoritmos no funcionan, porque la lógica no suele ser la que guía mi comportamiento a la hora de utilizar internet. De modo que con frecuencia la red me ataca con mensajes a los que nunca accedo porque no me interesan.

También me inquietan las denuncias planteadas últimamente por varios usuarios de Facebook. Aseguran que esta compañía, a través del micrófono del móvil, espía sus conversaciones de la vida cotidiana, no las producidas durante las habituales llamadas telefónicas, sino con el teléfono en reposo. Uno de ellos demuestra su afirmación en un vídeo donde hace un sencillo experimento. Se coloca al lado de su dispositivo y comienza a hablar con su pareja de comida para gatos, un tema que nunca había formado parte de sus conversaciones. Repiten en varias ocasiones esa palabras mientras el teléfono descansa sobre una mesa a su lado. A los pocos días muestra la pantalla de su teléfono para permitirnos ver cómo han empezado a aparecer anuncios de comida para gatos en su muro de Facebook. Si no lo termináis de creer y tenéis tiempo, haced la prueba.

Sea o no cierto, los propósitos comerciales de esta red social son evidentes. Así que desengañaos, su fin último no es propiciar un espacio en el que comunicarse con familiares y compañeros del colegio o subir fotos llenas de felicidad, sino monitorizar nuestro perfil para saber qué tipo de productos serían los más adecuados para nosotros, de manera que los anunciantes puedan llegar más fácilmente a su público objetivo, tentarnos como potenciales consumidores que somos y generar incluso una necesidad en nosotros que hasta el momento no teníamos.

Otros están más preocupados por el uso que pueda dar la empresa responsable de su robot limpiador a los datos que obtiene este pequeño electrodoméstico cuando recorre la casa tragando pelusas, grabando en su memoria auténticos planos valiosísimos para empresas que comercializan productos conectados para el hogar.

Para seguir ‘emparanoiándoos’ os cuento la última. La semana pasada estuve en un centro comercial en el que había wifi gratis y abierta, algo que celebro cada vez que me sucede, así no gasto mis datos. Se me ocurrió comentarlo en Twitter y un usuario me recomendó que viera una entrevista del programa ‘Salvados’ en la que el hacker Chema Alonso, demostraba lo fácil que les resulta a los piratas informáticos sin escrúpulos  acceder al contenido de nuestro dispositivo y datos privados cuando usamos este tipo de redes.  Y no digo yo que no pueda suceder, pero teniendo en cuenta que lo más que hice mientras me tomaba un café fue ver las noticias y poco más, sospecho que los hipotéticos hackers poco podrían llevarse a la boca conmigo. De todos modos, nunca está de más tomar una serie de precauciones cuando nos conectamos a internet de esta manera. Ya sabéis lo que se dice: Si te dan algo gratis piensa que tú eres el producto.

Así que, igual que en la vida real tomamos mil precauciones, deberíamos hacer lo mismo en la virtual, sobre todo si empleamos redes wifi abiertas: nada de entrar con nuestra contraseña en ninguna página de un banco, ni enviar documentos privados por correo electrónico o aprovechar para comprar una ganga metiendo los datos de nuestra tarjeta. Pero seguro que todo esto ya lo sabíais.  
  

domingo, 5 de noviembre de 2017

El crepúsculo de los dioses


Kevin Spacey siempre me pareció un actor algo inquietante. Quizá deba echarle la culpa a la película 'Seven', que me predispuso a verle como un psicópata enfermo y peligroso. Luego 'American Beauty' me reconcilió un poco con su faceta de pobre diablo y 'Cadena de favores' terminó por convencerme de que debía incluirlo en mi lista de sufridores intérpretes favoritos. Más tarde vinieron muchos otros destacados títulos y la serie 'House of Cards', que definitivamente apuntalaron mi entrega. Por eso me ha dejado helada su comunicado pidiendo disculpas si hace años, estando borracho, había abusado de un joven -parece que ni siquiera lo recuerda-. Y ver que aprovechaba la coyuntura para salir definitivamente del oscuro armario, me ha parado el pulso.

Lo de que quiera vivir su sexualidad como gay la verdad es que me da igual, nunca me había planteado cuáles serían sus gustos en ese campo; pero la manera en que afronta la denuncia de abuso, parapetándose en el alcohol, le ha bajado de mi pedestal de un plumazo. Que conste también que no entiendo por qué la víctima lo denuncia ahora, 31 años después del supuesto abuso, y no ante la justicia, sino en una entrevista en BuzzFeed. Imagino que algo habrá tenido que ver el movimiento #MeToo #YoTambién, surgido a raíz del escandalazo que han supuesto las denuncias contra otro depredador sexual, el afamado productor cinematográfico Harvey Weinstein. Hay una auténtica efervescencia de nuevos casos, tanto de mujeres que se declaran víctimas del productor, como de hombres que sintieron el acoso del actor. Historias terroríficas de personas que han sido toqueteadas, si no forzadas sexualmente, en un ambiente desinhibido, el del showbusiness, donde se asume que todo el mundo alguna vez ha echado una canita al aire, con más o menos ganas, sin darle mayor importancia, y donde parece que impera la ley del silencio. Pero cuando rascas, cuando escuchas a esas víctimas que han estado calladas durante años para evitar represalias, soportando la vergüenza en silencio, incluso en algunos casos la culpa, solo tienes ganas de vomitar y te planteas si detrás de toda esa fábrica de ilusiones, camuflados entre el material del que están hechos los sueños, bajo tan brillante tapadera, se acochinan muchos tipos repugnantes, sin escrúpulos, enfermos, incapaces de vivir su sexualidad de manera sana, respetando a los demás, y dispuestos a utilizar su poder y el atractivo que creen les otorga su posición, para someter a la fuerza a personas que se encuentra en una situación de inferioridad.

Si todo este barullo sirve para atajar futuros casos, no solo en la meca del cine, también en la industria patria, habrá merecido la pena. Ahora bien, en este punto tengo mis dudas sobre si como espectadora cambiará mi manera de ver a Spacey en pantalla. De confirmarse todas y cada una de las acusaciones en su contra y de formalizarse las denuncias en un tribunal, el ser humano que hay bajo el actor me parecería un ser tóxico y despreciable, merecedor de cualquier sentencia que decidan imponerle si es que alguien se atreve a dar el paso de llevarle ante un juez. Pero, a pesar de todo, no puedo dejar de considerarle un intérprete con mayúsculas. Así que no voy a participar en ningún boicot espontáneo que invite a dejar de ver sus películas o series, porque eso supondría renunciar a lo único bueno de su persona, su talento para dar vida a tantos personajes de ficción. Ya he visto que Netflix no piensa como yo, de modo que es probable que esta revelación le pase una cara factura y sea el principio del final de su carrera, su particular crepúsculo de los dioses.

Lo cierto es que este tipo de prácticas no son exclusivas del mundo del artisteo. En el día a día, en la vida cotidiana, en la oficina, en el vecindario, en mayor o menor medida, existen personas trastornadas incapaces de controlar sus impulsos sexuales ni discriminar entre sus deseos y los de los demás, con o sin sustancias de por medio. Las redes sociales están plagadas de testimonios de mujeres que padecen a diario los asaltos inesperados de alguno de estos especímenes. Y termino con un ejemplo patético de esta cruda realidad. Hace unos días una joven en paro bastante angustiada publicaba un anuncio en un portal de servicios y compra-venta de segunda mano por internet, con la esperanza de encontrar de esta manera un empleo. Pues bien, la mayoría de las respuestas que recibió a su anuncio fueron bromas, propuestas indecentes o, lo que es más grave, ofertas reales de hombres dispuestos a contratarla, pero no para ocupar un puesto relacionado con su perfil profesional, sino como pornochachá -bien pagada, eso sí- o acompañante con derecho a roce. Es cierto que quizá la chica no acertó del todo eligiendo ese portal para encontrar trabajo; probablemente en Linkedin no habría recibido ese tipo de feedback. Pero nadie tiene derecho a tratar con tan poca consideración a nadie y nadie tiene por qué aguantar sin desearlo a babosos impresentables como los muchos que habitan este planeta necesitando con urgencia tratamiento específico o aislamiento de por vida. Puede que algunos de esos babosos vivan dos existencias paralelas y cuando no están acosando a mujeres con ordinarieces, se dedican a buscar un remedio contra el cáncer. Aunque, francamente, lo dudo. No lo concibo en alguien con tan poco respeto por el prójimo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Entre el deber y el querer

No importa que el director de TV3 sea independentista. Como tampoco importa que el presidente de RTVE sea votante del partido que gobierna. No pasa nada por serlo. Igual que ocurre con un cronista deportivo al que le toca informar sobre el mismo equipo de fútbol del que es hincha. Es de lo más común. No pasa nada. No está prohibido. De verdad os lo digo.

Claro que no pasa nada por ser independentista y dirigir la tele pública catalana en este convulso momento que atravesamos; pero podría pasar si pierdes la perspectiva, te dejas arrastrar por la pasión, lanzas consignas políticas a los empleados que están a tu cargo, te pasas por el forro no ya el concepto de objetividad, sino el de honestidad periodística y, persiguiendo tu aspiración personal, olvidas el principal sentido del periodismo, su responsabilidad social. Entonces ya sí tendríamos un problema, pero no sería en sí el independentismo, sino tu propia incapacidad para ser un buen profesional de lo tuyo y, en cambio, bordarlo como comisario político.

Claro que no pasa nada por presidir un medio público y compartir las mismas ideas políticas de quienes gobiernan. Pero empezaría a pasar si marcas una línea editorial acorde con esas ideas, arrinconas las de aquellos que no piensan como tú  y silencias lo que crees que puede perjudicar a la mano que te da de comer. Entonces el medio deja de ser público para servir solo a los intereses de unos cuantos. Y ahí sí tendríamos un problema, que no sería estrictamente la ideología del directivo en cuestión, sino su nulo compromiso con los principios básicos del oficio.

Claro que no pasa nada por ser un cronista deportivo que sigue a un equipo de fútbol y a la vez ser socio de ese mismo club, tener en el armario una bufanda con sus colores, que presida tu salón un poster de la plantilla y te sepas de memoria la letra y acordes de su himno. El problema surgiría si durante los partidos, en acto de servicio, te dejas llevar por la pasión, empleas la primera persona del plural para hablar de las victorias del equipo, discutes todas las jugadas que lo perjudican y cuando consigue un título, te exhibes sin pudor embutido en la camiseta oficial, dando botes con lágrimas en los ojos y coreando ‘loroloroloro’. Ahí vendría el problema, que no tendría nada que ver con ser madridista, culé o colchonero, sino con renunciar a ejercer dignamente de periodista deportivo para convertirse en un hincha más. 

Seamos benevolentes. Estas tres clases de periodistas se enfrentan a una gran misión, ser capaces de separar lo personal de lo profesional, o lo que es lo mismo, sobrevivir a la lucha entre el deber y el querer, entre el ángel y el demonio, algo que a veces se antoja complicado. Pero no solo en esta profesión. Porque imaginad dirigiendo una empresa de productos cárnicos a alguien vegetariano, ejerciendo el sacerdocio a quien se siente agnóstico o a un pacifista alistado en el ejército. Difícil, pero no imposible. Quién sabe lo que puede conseguirse con una buena dosis de fuerza de voluntad.


jueves, 19 de octubre de 2017

Mis dudas sobre la Ley de gratuidad de libros de texto

La Comunidad de Madrid está haciendo un sondeo por los centros escolares públicos para saber qué familias estarían interesadas en participar en el Programa Accede, el sistema de préstamo de libros de texto y material curricular gratuitos en la enseñanza básica que pretende implantar el ejecutivo regional a partir del próximo curso. Según la circular, hay que remitir esta información al centro educativo como muy tarde el día de hoy, 19 de octubre, fecha que algunos padres han interpretado como limite para apuntarse. Lo cierto es que la encuesta pretende hacer una estimación del número de alumnos con que se contaría, pero no es nada definitivo o que comprometa ni a los apuntados ni a los que han olvidado rellenarlo a tiempo. Tranquilos, la Administración tampoco ha terminado de hacer su trabajo.

Os digo esto porque precisamente hoy, la Asamblea de Madrid debate por segunda vez esta Ley de gratuidad de los libros de texto. Y os preguntaréis, ¿pero no estaba ya aprobada? ¿No nos la vendieron ya en verano a bombo y platillo? Es más, los propios padres acogimos el anuncio con alborozo; quizá a algunos la incredulidad les hizo tardar en reaccionar y celebrarlo a lo grande –ahora vemos que obrar con cautela es siempre una virtud-, pero en general todos nos alegramos porque al fin teníamos un argumento positivo entre las noticias sobre educación. Pues resulta que había algunos flecos que cortar o alguna imprecisión que pulir. Se ve que en su momento, por el error de una diputada popular que equivocó el sentido de su voto, se introdujeron en el texto unas enmiendas presentadas en el último momento por el PSOE que ahora se quieren eliminar. Da la casualidad que esas partes de la norma hablan de ayudas económicas directas para las familias, imagino que al estilo de Andalucía, donde se manejan con el chequelibro, o la Comunidad Valenciana, donde también hay dinero de por medio. El caso es que a estas alturas, cuando los centros educativos ya han remitido a las familias la circular informándonos sobre el programa y solicitando que rellenemos el cuestionario rapidito, la ley está aún siendo retocada. En fin…

Es en esta misma misiva que hemos recibido las familias donde figura la madre del cordero de este sistema que cuanto más analizo, más me inquieta. “Para participar en esta iniciativa será indispensable que los alumnos conserven sus libros y el material curricular en perfecto estado a partir del presente curso 2017-2018”. Es decir, que la base de este proyecto pasa, de entrada, por que las familias entreguemos los libros que hemos pagado este curso y recibamos a cambio los del curso siguiente, que a su vez habrán pertenecido a otra familia que los ha pagado y se desprende de ellos a cambio de otros, y así sucesivamente. Toda una cadena de favores de unos padres a otros, pero con el centro educativo de por medio. Hasta donde logro entender el primer año de este plan es perfecto, a la Administración le cuesta bastante poco, los que prestamos somos los padres, no el centro, que simplemente hace de organizador e intermediario. Algo que, por cierto, ya hacíamos muchas familias por nuestra cuenta, intercambiar libros de texto con conocidos e incluso revenderlos a un módico precio, cualquier cosa menos soportar el abuso de tener que soltar el equivalente a la mitad del sueldo mínimo interprofesional para que nuestros hijos reciban formación en la escuela pública.

El caso es que me surgen varias dudas acerca de cómo se va a gestionar este programa. A saber:

-¿Qué pasa si un alumno no conserva en perfecto estado el material? Porque los padres podemos ser muy pesados y machacones con eso de ‘Cuida los libros’, ‘No escribas en ellos’, ‘Trata bien tus cosas’, pero al final algunos ya son autónomos y no puedes estar supervisando lo que hacen todo el día. Entonces, si las esquinas del libro de matemáticas están dobladas y en alguna hoja del de Lengua un día alguien pintó un garabato que no se quita, ¿qué pasa? ¿Se le excluye del sistema? ¿Se le sanciona? Después de repasar algunas de las claves sobre esta Ley, supongo que habrá un desarrollo de la norma para saber cómo actuar en estos supuestos, pero no descartéis las sanciones y con ellas los conflictos.

-A pesar de la advertencia de esta circular, todavía hay profesores que les dejan e incluso piden a sus alumnos que rellenen los ejercicios en el libro, aunque sea con lápiz. No estaría mal que se coordinaran en ese aspecto. Además, siempre hay material de un solo uso, el workbook de marras. Entiendo que ese se facilitará nuevo cada año. Incluso, bien mirado, puede que ahora que la Administración corre con los gastos, envíe una consigna a los centros para que alarguen la esperanza de vida de los libros y no cambien de editorial con tanta frecuencia, así se ahorran unos eurillos.

-Este sistema es universal, puede participar cualquiera, es decir, no se va a tener en cuenta la renta para adjudicar los libros, así que tienen el mismo derecho la familia que gana 5.000 euros al mes que la que tiene a alguno de sus miembros en paro y va ahogada. Y ya se sabe cómo son estas cosas. Cuando se ofrece algo gratis, se apunta hasta el más pintado. Creo que si yo tuviera una posición económica holgada no entraría en esta rueda, de hecho nunca he reclamado ayuda ni beca para ninguno de mis hijos; pero quizá el resto no son como yo, y aunque no les suponga un roto el pago anual de los libros de texto, prefieren que les salgan gratis los libros y dedicar el dinero que se ahorran a mandar al niño a esquiar o simplemente a una mariscada. Lo veo poco justo, la verdad.

-Si este primer curso salen más peticiones de cursos inferiores que de superiores, es decir, si no hay suficientes libros usados para prestar, entonces digo yo que se recurrirá a la compra de los libros a las editoriales. Entonces, con qué criterio se van a repartir los nuevos. Todo el mundo prefiere estrenar libros, así que ¿harán un sorteo o será aleatorio? Lo único que está claro es que los del último curso tendrán libros nuevos y gratis. Ellos sí tendrán el honor. Que se queden tranquilos los editores, van a seguir recibiendo pedidos. ¡Ah! Los de Bachillerato que se olviden. Lo mismo que los de Infantil de 3 a 5 años. Ellos están fuera de la educación obligatoria.

-¿Y quién se va a comer el marrón de organizar este trueque? Porque no van a ser ni uno, ni diez, ni veinte los alumnos que van a apuntarse en cada centro. Me apuesto lo que queráis a que será como mínimo más del 50% del alumnado por colegio o instituto. La logística para recibir todo ese material y distribuirlo no me parece fácil. Para empezar necesitas un espacio amplio donde almacenar los libros, seleccionarlos, organizarlos, entregarlos... Sospecho que, como siempre, la inestimable colaboración de las AMPAs va a resultar de vital importancia.


Vale, sí, probablemente todo esto que me planteo son menudencias si se comparan con el fondo de la cuestión, la gran idea de evitarnos pagar entre 300 y 400 euros cada curso. Demos tiempo al tiempo y empecemos por ver si nuestros políticos se aclaran con la norma, para después esperar al final de curso y descifrar todos estos misterios.



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viernes, 13 de octubre de 2017

Estudiar en la edad adulta, ese gran desafío

El lunes tengo un examen. Debería estar estudiando en vez de estar escribiendo este post, pero ese es uno de los problemas de ponerse a estudiar cuando uno ya es adulto, que siempre encuentras alguna cosa mejor y más urgente que hincar los codos. Por eso se hace tan cuesta arriba. Os preguntaréis por qué a estas alturas me da por volver al cole. No es exactamente así. En realidad la culpa la tiene el desempleo. Entre los numerosos puestos de trabajo que voy encontrando y a los que me postulo figuran también las plazas que oferta la Administración, muchas de las cuales requieren de un concurso-oposición para su adjudicación. A lo largo de los últimos meses me he ido apuntando a todas las que salían. Confiaba en que los plazos de unas y otras no coincidieran y hubiera margen entre los distintos exámenes, pero no ha sido así. De aquí a final de año, se me acumulan las pruebas. Concretamente esta próxima semana tengo tres.

Pensaréis que siendo una adulta responsable decidida a pelear por un puesto de estos me habré preparado bien los temarios durante todo este tiempo. Bueno, no ha sido exactamente así. Intención sí le he puesto. He rastreado por Spotify en busca de listas de música clásica para estudiar y tengo mi favorita. Con el mismo propósito, concentrarme en el estudio y aislarme del exterior -que son mis hijos merodeando-, he aprovechado además para confeccionar yo misma una playlist de bandas sonoras instrumentales míticas. Cualquier cosa con tal de procrastinar


También he buscado en Internet consejos para enfrentar este reto y he encontrado información muy útil. Pero claro, cada vez que me conecto no puedo evitar ojear las noticias, entrar en Linkedin por si aparece alguna buena oferta, dar una pasada por las redes sociales y consultar mi correo electrónico. Sí, lo sé, un desastre. Pero es que siento que centrarme solo en el estudio me obliga a estar ausente y si no se me detecta en el mundo virtual, nadie se acordará de mí en el mundo real. Y todo me lleva a la pescadilla que se muerde la cola. Entonces me entra hambre, voy a la cocina y termino montándome un buen aperitivo. Allí me acuerdo de que debería poner una lavadora o que falta algo por comprar o que tenía pendiente alguna otra cosa. 

Resumiendo, que de los 25 temas que me entran en el examen del lunes solo me ha dado tiempo a leer de momento cinco. Confío en que la suerte y la inspiración se alíen y me den un empujoncito. De todos modos el hecho de saber que me enfrento a casi 150 personas por una plaza de periodista en un gran museo no contribuye a motivarme en exceso, sobre todo cuando comparo las puntuaciones del concurso de méritos y veo que parto en clara desventaja. 

Es impresionante la cantidad de periodistas que estamos necesitados de un empleo. Ya era consciente de ello, pero ahora que mi DNI aparece en listas de admitidos junto con otros muchos como yo, lo visualizo más claramente. Hasta el momento me han descartado de dos de estos procesos. En uno de ellos, para un par de contratos de relevo en la Comunidad de Madrid, ni siquiera tuvieron en cuenta mi experiencia ni mi formación, a pesar de reclamar puntualmente y darme paseos de casa al Registro. En el otro, para el Mando del Estado Mayor de la Defensa, sí logré que reconocieran mis méritos y hasta llegué a la entrevista, pero ni el puesto estaba hecho para mí ni yo para el puesto. Aunque soy bastante guerrera, tengo alma pacifista. 

Me quedan cuatro oportunidades más. Para enfrentarme a ellas debo zambullirme en la Constitución, la Administración del Estado, el Derecho Administrativo, el Convenio Único y demás peaje burocrático. Un infierno, vamos, que me hace reflexionar sobre lo injustos que son algunos con los funcionarios. Después de haber tenido el valor de tragarse todos estos temarios y hacer un esfuerzo sobrehumano para sacar su plaza, qué queréis que os diga, para mí son unos héroes. De hecho tengo serias dudas sobre si podré emularles. Confío, de todos modos, en ser capaz de contestar al menos las preguntas relativas a lo mío, el periodismo. Que esa es otra, digo yo que lo interesante sería ponerme a prueba en ese aspecto, en si estoy capacitada para trabajar en un gabinete de prensa institucional. Porque para el resto de materias, en caso de necesitar solventar alguna duda, siempre tendré al señor Google, como todo el mundo.

Lo peor de todo es que siempre he pensado que lo de un puesto para toda la vida no iba conmigo, que yo tenía un espíritu libre y que eso de las oposiciones era para gente conservadora. Puede que en el fondo ese sea el problema.

En fin… ¿que por qué os cuento todo este rollo? Por lo que os decía al principio. Siempre busco cualquier excusa para no estudiar. Y así no se puede. Soy incorregible. Con qué autoridad les voy a decir luego a mis hijos que se apliquen.

martes, 3 de octubre de 2017

Guerra sucia en las redes

Conservo en el móvil un texto, que me llegó a través de una amiga, supuestamente escrito por Isabel Coixet a propósito del conflicto catalán. Nada más comenzar a leerlo me dio por dudar de que aquello lo hubiera vomitado la Coixet. No obstante, para asegurarme, entré en Google, hice un pequeño rastreo y confirmé mis sospechas. El texto ha ido difundiéndose a través de los perfiles de Facebook de distintos periódicos gracias a que un par de ‘ciudadanos’ han tenido a bien compartirlo en el apartado de comentarios de las noticias que van publicando estos medios y donde, por cierto, otros usuarios que sintonizan con el mensaje declaran su admiración por la directora, elogian su arrojo y manifiestan su intención de compartirlo en otras redes por su importancia. Curiosamente nadie lo pone en duda o lo cuestiona. La directora de cine siempre se ha expresado libremente sobre el conflicto pero no en esos términos. Y como muchos otros a los que se les han atribuido textos que no habían escrito, ha tenido que desmentir públicamente su autoría.

Unas horas antes, mi hija, consternada, me vino con la noticia de que un pequeño de 6 años se había quedado parapléjico por los ataques de la policía el 1-O. Se había enterado del suceso por el móvil. No tuve que confirmar nada. Inmediatamente le dije que aquello no podía ser verdad. Le pregunté por qué vía le había llegado la noticia, cuál era su fuente, qué datos le habían aportado y ya, viendo que me estaba pasando de ‘profesional’, le hice ver un pequeño gran detalle de pura lógica. Si una sola persona, adulto o niño, hubiera muerto el 1-O por los sucesos de Cataluña, la noticia estaría en la portada de todos los periódicos, abriría todos los telediarios y habría provocado la dimisión en cadena de todo el gobierno nacional y el catalán. Aún así, para que se quedara más tranquila, pues su móvil seguía recibiendo mensajes airados de amigos que seguían dando por cierta la noticia, le pasé el tuit oficial en el que se desmentía la atrocidad y se desmontaba el bulo.

Hasta ahora, como veis, son anécdotas de poco recorrido; ni mi amiga ni mi hija son creadoras de opinión ni tienen muchos seguidores ni responsabilidad alguna en la sociedad. Lo malo es cuando un eurodiputado como Ramón Tremosa, del PDCat, tuitea esta foto con el hashtag #CatalánReferendum y da a entender que capta un instante de tensión de los vividos en Barcelona entre policías antidisturbios y jóvenes criaturas pacíficas. La realidad es que esa foto no es ni de Barcelona ni de este fin de semana. Es de Chile de hace un año. Pero da igual. Todo vale.

Y podría seguir mencionando mentiras que algunos siembran con el propósito de que florezcan en aquellas cabezas que son terreno propicio para el cultivo. Afortunadamente, arruinando esa burda estrategia, surge quien no deglute sin paladear previamente y que no está dispuesto a que nos tomen por tontos y nos intoxiquen. Os invito a seguir la cuenta Maldito Bulo para seguir sorprendiéndoos con la cantidad de material incendiario que van arrojando los pirómanos en este polvorín. 

Con todo esto quiero apuntar que esta guerra en la que nos vemos inmersos apela al sentimiento más que a la razón y se está librando con todas las armas posibles, incluido el gran altavoz de masas que son las redes sociales, que amplifican también las mentiras. Quien se inventa este terrorífico relato cuenta con varias bazas:

-Hay una buena parte del público que solo se informa en las redes sociales y da todo el crédito a lo que le llega, sin cuestionarse si es una auténtica barbaridad. Se informa en sus medios afines, sigue a gente en la que cree y quiere creer lo que le cuentan.

-Internet es un medio en el que las noticias, también las falsas, circulan a la velocidad de la luz. De tal manera que cuando ya el bulo ha sido desmontado, todavía sigue recibiendo likes de gente que aún vive en la ignorancia.

-Difama que algo queda, deben pensar. Y no se equivocan. Siempre resulta más fácil echar mierda que limpiarla.

Utilizar la guerra sucia de la desinformación para manipular al público es una estrategia vieja, lo nuevo es emplear para ello las armas virtuales que nos proporcionan los social media. Mi consejo: poned en cuarentena todo lo que os llegue por las redes sociales, contrastad si es una fuente interesada y si realmente queréis estar bien informados, recurrid a los medios tradicionales. 

martes, 26 de septiembre de 2017

El fallo del juez Calatayud

Cuando Emilio Calatayud abre la boca, nunca pasa desapercibido. Habitualmente las declaraciones del juez de menores de Granada tienen trascendencia porque suele conectar con buena parte de la población al verbalizar de manera contundente –sin eufemismos- lo que muchos adultos opinan -y callan- sobre asuntos relacionados con niños y jóvenes. Por lo general cuando se menciona su nombre te vienen a la cabeza las originales sentencias ejemplares para menores descarriados que le han hecho célebre. Pero a partir de ayer toda esa larga y brillante carrera ha quedado empañada por sus últimas declaraciones, más transgresoras de lo normal, y en concreto por una frase poco afortunada que le ha puesto en el punto de mira, principalmente en Twitter, donde merodea mucho ofendido con gatillo rápido.


Calatayud participaba en el programa Las Mañanas de la 1, en RTVE. Tomando como percha la muerte de una célebre influencer, se debatía sobre el uso que hacen los jóvenes de las redes sociales. Preguntado al respecto, el juez dijo textualmente: “Perdón por la expresión. Tomarlo bien ¿eh?, pero las niñas actualmente se hacen fotos como putas”. Los allí presentes, los espectadores tuiteros y en general todo el que escuchó la frase se quedó horrorizado. Algunos pensaron que el juez había perdido la cabeza, si no el juicio. Luego Calatayud ha tratado de matizar su frase y ahondar en la cuestión a través de su blog, incluyendo también como víctimas de la situación a los niños, pero la lluvia de piedras no ha amainado. 

Si algo hay que reprocharle al juez es que en esta ocasión no haya calculado bien los daños colaterales de su provocación. Yo sí entiendo lo que quería decir Emilio Calatayud, aunque lo expresara de una manera muy torpe. Lo veo a diario. Cada vez las niñas tienen más prisa por parecer mayores. Les urge abandonar la niñez cuanto antes. Entre los 10 y los 12 años ya tienen un móvil y cuentas en redes sociales donde publican fotos tratando de emular a artistas o modelos a las que admiran o a las que sueñan parecerse. El baño de su casa suele ser un lugar ideal para retratarse frente al espejo vestidas con un top y un short minúsculo, en una postura que puede ser de todo menos natural, mucho menos infantil. Se encierran en su habitación y graban vídeos en plataformas como Musical.ly haciendo playback de éxitos reguetón mientras se mueven como si fueran las protagonistas de un videoclip, con contoneos y caricias incluidas. El mejor tutorial es la discografía de Maluma, baby

Igual que nos espanta a la mayoría contemplar a niñas disfrazadas de adultas en concursos de belleza infantil americanos, imagino que si algunos padres vieran las imágenes que comparten sus hijas en Instagram se quedarían horrorizados. Pero creo que no las ven y por tanto no pueden protegerlas de sí mismas y de los que sí las ven. No digo que les prohíban jugar a ser mayores -todas y todos nos hemos probado los tacones de mamá antes de tiempo- sino que procuren no olvidar la edad real de esas niñas, oculta bajo el maquillaje, y las traten como tal. Eso incluye, por supuesto, estar al corriente del uso que le están dando sus hijas al móvil y explicarles los riesgos que entraña. Porque esas crías sexualizadas, dentro de la inocencia de sus 11 años, no conciben que ese material vaya a despertar más que admiración entre los amigos que las siguen y aumentar su popularidad en el cole. Y lo mismo ocurre con los chavales, más preocupados en su caso por presumir de una tableta -que ni está ni se la espera- con sus correspondientes oblícuos imaginarios, que fotografían y distribuyen vía Whatsapp para que quede constancia entre sus colegas. Tampoco ellos entienden qué hay de malo en algo tan divertido. Y ahí es dónde quería incidir el juez, un tipo por lo general bastante sensato, en la necesidad de que los padres cumplamos con nuestro deber de padres y protejamos a nuestros hijos empezando por conocerles, saber en qué personas se están convirtiendo, y controlar lo que hacen con ese móvil que algunos les compraron pensando en tenerlos controlados y que ha resultado ser todo un descontrol. 

Y dicho esto, no voy a dictar una sentencia ejemplar contra el juez, porque bastante le ha caído ya. Me voy a limitar simplemente a indicarle dónde erró. El fallo de Calatayud fue la expresión “se hacen fotos como putas”. Porque una mujer poniendo morritos en una foto no es una puta. Una mujer posando en bikini no es una puta. Una mujer exhibiendo públicamente su lado más sexi no es una puta. Una mujer que decide libremente buscar likes despertando la libido o el deseo de quien vea su foto no es una puta. Una mujer que simplemente está orgullosa de su cuerpo y se lanza a mostrarlo en una red social no es una puta. Así que las niñas que juegan a ser mayores e imitan a esas mujeres adultas, libres y dueñas de su vida, señor juez, no se hacen fotos como putas. Hablemos con propiedad y respeto. Si no, se arriesga a tirar por la borda años de trabajo bien hecho.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Cuando informar sobre un huracán se convierte en un gran espectáculo

El paso de los huracanes Harvey e Irma por EEUU volvió a poner sobre la mesa el viejo debate de hasta qué punto es necesario que se la jueguen tanto los reporteros cuando informan sobre este tipo de inclemencias meteorológicas, en particular los que trabajan para la televisión. Partimos de que este medio basa su eficacia en el espectáculo visual, así que imagino que sus profesionales son conscientes de lo que se espera de ellos. En todo caso estoy segura de que se trata de un riesgo calculado. A mí, en principio, no me molesta que salga Almudena Ariza ofreciendo una crónica en TVE sumergida en agua hasta la cintura si la intención es dar una idea al espectador de la impresionante altura que ha alcanzado el agua desbordada y que eso nos ayude a imaginar cómo lo estarán afrontando los afectados. Aunque personalmente a mí me bastaría -y creo que es lo que más gráficamente puede servir para ese objetivo- con ver a los damnificados, acompañares a visitar lo que antes era su casa, dejarles expresarse y luego añadir los datos prácticos que puedan completar la información, incluido -si queremos- un paseo por la zona anegada. Pero es una cuestión de gustos. 


Unas de las intervenciones más comentadas han sido las de José Angel Abad, reportero de Antena 3, que se dejó azotar por el viento y la lluvia en directo, para regocijo de los espectadores del telediario. Ni él mismo ni su cámara debían estar disfrutando tanto. Las órdenes de las autoridades habían sido claras: Apártense del camino de Irma. Huyan. Pónganse a salvo. Pero el aguerrido reportero decidió hacer oídos sordos. Un periodista tiene que estar donde está la noticia y contarla. Claro que sí. Pero con un mínimo de calidad. Digamos que la conexión no tuvo el mejor de los sonidos, ni la mejor de las imágenes; es más, el propio cámara se las veía y se las deseaba para secar las gotas del objetivo con poco éxito. Algo normal en esas circunstancias. Aquí tenéis la secuencia.

Abad no ha sido el único que se la ha jugado para contarlo. Otras cadenas norteamericanas hicieron lo propio, aunque asegurándose muy mucho de que sus reporteros no corrieran ningún riesgo ni sufrirán ningún percance. ¿Cómo? Pues atándolos. Sí, sí. No es coña. Entrad en el enlace para verlo. 

Ahora analicemos. Para entender la ferocidad del huracán Irma, ¿necesitaba el espectador ver al corresponsal de esa guisa, atado o desatado, despeinado y empapado, hablando con dificultad y haciendo esfuerzos por mantener la verticalidad? No. ¿Habrían servido igualmente unas imágenes tomadas desde la ventana del hotel donde se alojaban? Pues probablemente, pero entonces se habría privado a los espectadores de un gran espectáculo, a la cadena de muchos clics para revivir esos momentos estelares en su web y a Twitter de unos vídeos que han provocado muchas risas. Lamentablemente soy de las que siguen venerando la regla de oro de que el periodista nunca debe convertirse en el centro de la noticia. Mucho me temo que en los casos mencionados se recordará más al reportero que a los protagonistas de la noticia. De todos modos en los últimos años se prodiga un nuevo estilo de reportero -que por el mismo motivo me gusta más bien poco- especialmente interesado en captar para sí toda la atención de la audiencia y situar en segundo plano la noticia que se supone debe contar. No abomino de la moda del reportero desenfadado, pero estoy segura que se puede cultivar un estilo cercano sin dejar de informar con rigor y, sobre todo, sin dar vergüenza ajena.

La verdadera esencia del reporterismo es informar desde donde está la noticia, transmitir al público de la manera más fiel lo que allí está sucediendo. Y el reportero no trabaja solo en televisión. Parece que se nos olvida que la radio y los periódicos también tienen reporteros, que juegan el mismo papel, realizan la misma labor, pero nadie les está mencionando. ¿Tenemos que desconfiar de ellos porque no les vemos empapados? ¿Pensar que lo que nos cuentan han podido inventarlo desde el confort de su hogar, mientras al reportero de la tele le daba Irma hasta en el carné de identidad en directo y ante millones de ojos asombrados? Cada medio tiene sus herramientas, su estilo, su manera, su código. Y la tele se rige por el show business. Para lo bueno y para lo malo. 

Voy acabando. Semanas antes de esta terrible época de huracanes y ciclones en EEUU, el sur de Asia vivía las peores inundaciones de la década con miles de víctimas. No recuerdo haber visto abrir ningún telediario con la imagen de un reportero entrando en directo, sumergido en el lodo y tiritando de frío, desde cualquiera de las ciudades más castigadas de la zona. Puede que se me haya pasado. O puede simplemente que ese ya no se considere un buen espectáculo para la sobremesa.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Un rompecabezas

Me resistía a hablar del tema de moda, pero al final no he podido evitarlo. Eso sí, me propongo tratarlo de manera sosegada, con argumentos algo pueriles, muy en plan parábola infantil.

Parto de un convencimiento: Se puede tener identidad propia, personalidad distintiva, incluso amplia autonomía de pensamiento, acción y gestión, y a la vez pertenecer a algo más grande, un ente superior bajo cuyo paraguas te cobijas junto con otros tantos como tú y a cuya prosperidad contribuyes. Imaginemos una especie de puzzle. Una pieza puede pensar que es la mejor, que aporta más que las otras, que ha hecho más méritos que el resto, que está en una zona estratégica del rompecabezas y sin ella nada fluye, que podría ir por libre y sobrevivir sola. Pero, aún en el hipotético caso de que fuera así, debe asumir que una pieza de puzzle presenta huecos y salientes que solo tienen sentido encajando con otros huecos y salientes. De modo que ese puzzle estará incompleto sin esa pieza, mientras que esa pieza en solitario no podrá ser puzzle y ya no tendrá gracia. Pero supongamos que en el universo de los puzzles existe la posibilidad de estudiar su modificación. Pensar en opciones. De entrada la pieza debería pulir sus bordes, porque ya no precisa huecos y salientes. Y al puzzle no le quedaría más remedio que cubrir el vacío de la pieza ausente modificando su imagen o estirando las piezas circundantes para hacerlas encajar. Pero para que esta ruptura no sea traumática para nadie, ambos, el todo y la parte, deberían estar de acuerdo, consensuar los pasos a seguir y dedicarle tiempo al proceso.

Pensemos ahora en una máquina de precisión. Piezas distintas y complejas forman parte de un engranaje en el que encajan unas con otras para conseguir que el artilugio funcione y cumpla la función para la que fue creado. Si la tuerca que acciona el movimiento de esa especie de mecano está harta de dar el impulso al mecanismo y sueña con moverse sola, fuera de ese diseño de ingeniería, necesita antes de nada que la desmonten y que se estudie de qué manera compensar su falta. Y ella misma debería calcular de qué forma seguir siendo útil porque –y eso también debe calcularse- quizá con esa operación pierda más que gane.

Si os resultan cargantes y poco atinadas estas metáforas, recurriré a otra más gráfica: imaginad una empresa familiar. Padres, hijos, hermanos, sobrinos trabajando juntos en distintos puestos de responsabilidad para sacar adelante un negocio bien posicionado. El cuñado lleva tiempo sintiéndose ninguneado, piensa que trabaja más que nadie, que consigue los clientes más fuertes y que tiene grandes ideas que no siempre puede poner en marcha porque depende de las decisiones que se tomen en el consejo de administración de la empresa. Protesta, pone malas caras, boicotea y genera mal ambiente en el entorno laboral. Un día decide que se quiere ir y llevarse su parte. Pero hay unos trámites, unos plazos, debe ajustarse a las normas que regulan la sociedad. Hay tiras y aflojas. La cena familiar de Navidad de ese año se convierte en una pesadilla. Y un buen día el cuñado monta un pollo, dice que se va, formatea el ordenador sin contar con nadie, saca del banco lo que considera que es suyo y llega a casa con la noticia. Uno de sus hijos aplaude la decisión valiente de su padre. ‘Ya está bien de someterse a la dictadura del abuelo, ese viejo cascarrabias’, dice. Otro prefiere no manifestarse, por no caldear más el ambiente, aunque en su interior piensa que esas no son maneras de romper con la familia. El tercero de los vástagos tímidamente le sugiere a su padre que quizá debería haberles consultado antes de tomar la decisión, porque él siempre había soñado con formar parte de esa gran empresa.

Aparco las metáforas, que ya habéis tenido suficiente, y voy concluyendo. Siempre he manifestado mi poco apego a banderas y territorios, pero entiendo que haya gente que sienta muy adentro la pertenencia a una tierra y que dedique todas sus energías a cumplir el sueño de figurar en el mapa con mayor entidad de la que le ha dado la historia. No estoy en contra de que se consulte a los pueblos sobre este particular, todo lo contrario (estoy segura que un referéndum certificaría que entre la población hay más sentido común que en las instituciones), pero siempre que se sigan las reglas del juego. Lo vimos en Quebec y Escocia. Si la ley marca unos pasos, lo suyo es seguirlos, no saltarlos. La ley es sagrada. Y las separaciones, como los enlaces, han de consensuarse, no son decisiones unilaterales. 

Desde que Puigdemont, Forcadell y compañía le dieron una patada a la legalidad en el Parlamento catalán y comenzó esta cuenta atrás delirante hacia el 1 de octubre, lo que han conseguido es dividir por completo a la gente de aquella tierra y desmontar su propio rompecabezas. Eso sí, hay que reconocerles un mérito, haber dado buenas razones a los indecisos para tomar por fin una decisión. Ahora ya solo queda esperar que se les escuche.